domingo, 29 de enero de 2012

Cerro del Sol


                                            Amanecer  en el Cerro del Sol. Excel-Photoshop. 100x65. 2012



Coches subiendo y bajando por la carretera de la Sierra. Aunque abajo  aún está oscuro, arriba amanece detrás del Veleta.




Hace ya años que descubrí, por mediación de un amigo ausente, la zona de excursiones y paseos que se conoce como Llano de la Perdiz y que termina en el Cerro del Sol. Después de pasar unos tiempos muy urbanos, de muchas barras y muchos bares, regresé a los colores, a las luces, a los olores y sonidos, a las formas de lo que antes se llamaba campo y ahora, más modernamente, naturaleza. El vehículo de este cambio y regreso fue un inesperado gusto por el senderismo (en esta tierra deberíamos llamarlo "veredismo" porque senderos, hay pocos). Aprendí que a la par de mover el cuerpo, andar permite pensar, mirar y observar, oír y por todo eso junto, también sentir. Andar es una ocupación tranquila y humilde que ocupa su espacio pero no más que el suyo. Como diría el sargento Paine, puedes andar y a la vez pensar en tus propios asuntos.

Plano de la excursión



Desde aquella primera ocasión comparto (parte de) mi tiempo con caminos y veredas, cuestas, repechos y llanos.  Y he conocido bastantes rutas, algunas muy novedosas, con un toque si no exótico al menos pintoresco. Otras, bien cercanas y conocidas aunque nunca caminadas por mi, algunas tan próximas que arrancan en la puerta del portal de mi casa. Y de estas últimas, las del portal, la que más gasto es la que llega hasta el Cerro del Sol. Tantas veces la he andado que no sabría contar cuantas. La he subido y bajado sólo y acompañado, en años secos y en años húmedos, en los calores del verano y en la nieve del mes de enero, por la mañana muy de mañana y en las largas tardes de mayo y junio.

Cerro del Sol desde el camino de Dúdar

Cerro del Sol se le llama a la parte final del monte alargado que empieza encima de la Alhambra y acaba sobrevolando Cenes. Es una especie de meseta elevada  y de forma elíptica, bordeada de barrancos y fuertes pendientes. Una especie de barca volcada que se orienta de oeste a este, hacia el sol naciente. Es un sitio de pinos repoblados, de chaparros,  encinas y monte bajo, a veces bien conservado. En su parte de arriba que es llano, tiene campos de futbol. Tiene también, un poco antes conforme se sube, un olivar de olivas viejas. Abundan por allí los caminos, vereas y cortafuegos pero solo hay una carretera estrecha y mala. Es por eso por lo que hay tantos andarines y bicicleteros pero tan poca gente en general. A un lado pasa el Darro, al otro el Genil y al llegar a su extremo, en el Cerro, la pendiente se hunde hasta el río desde donde, una vez que lo cruza, se levanta de golpe escalando las paredes de la Sierra. Levanta tanto el horizonte que solo los días muy claros de viento norte es posible alcanzar a verlo.


No procede aquí hacer el arqueo de los numerosos restos arqueológicos que pueblan el lugar. Es suficiente contar que los hay palaciegos y militares, ambos protagonistas de romances, también hidráulicos superficiales y subterráneos que no salen en ningún papel. Hay posiciones de artillería napoleónicas y minas de oro abandonadas, explotadas no hace tanto según el procedimiento clásico conocido como “ruina montium” (miniatura de las Médulas). En lo tocante a sucesos famosos pues decir que fue por aquí, según Mármol Carvajal, por donde Farax Abén Farax  llegó a Granada y por donde escapó durante la fallida entrada que hizo en la nochebuena de 1568.  Cuenta Mármol que un viejo le cerró la contraventana en las narices, diciéndole con cierta malafollá aquello de “sois pocos y venís presto”. Comprendió Farax que los moros de la Capital, muy burgueses y de flojas convicciones, no tenía intención alguna de unirse a la rebelión y apellidar el nombre y secta de Mahoma. No le quedó otra que volverse a la Alpujarra, muy corrido. En la huída fue visto con sus monfíes cerca de la Casa de las Gallinas, donde ahora están las minas de oro que decía antes.



Excepto en alguna ocasión rara al principio de la primavera, cuando las tardes ya son largas pero aun no hace calor, subo al Cerro a primera hora de la mañana. Salgo de casa cuando todavía no se han apagado las farolas. Al llegar arriba, el sol, que ha ido remontando las laderas por el otro lado de la Sierra, asoma por el Veleta. Desde allí se despeña, las cuestas de esta vertiente abajo, relampagueando en las neblinas y vapores que sueltan las escarchas y rocíos desde lo hondo de los barrancos. Son tantos los brillos que deslumbran  completamente la vista de quien mira desde aquí. No hay más color que el de la luz plata, no se ven más formas que las líneas difusas que trazan los  rasgos grandes del relieve. Los coches suben y bajan la carretera, forman largas filas haciendo, de cuando en cuando, sus cristales de espejo. En algún rincón han encendido una lumbre y el humo azul escribe una raya perpendicular a las cuestas, paralela al suelo.



Esto es lo que normalmente veo sentado en los pollos de piedra del mirador, descansando un rato antes de caminar la vuelta. Lo que no veo nunca, lo que nunca he visto desde allí es el amanecer. La pintura digital de hoy me la he inventado. Para poder verla hubiera tenido que llegar al amanecer y para eso tendría que haber salido tan temprano que hubiera andado solo por los pinares, olivares y descampados y no soy tan resuelto para tales aventuras. Esta vista, a esa hora, es un invento que traigo aunque es verdad que desde abajo, desde las calles, al ir a trabajar, sí veo muchas mañanas el amanecer encima del Veleta. Con el Mulhacén asomándose a un lado. La pintura digital  esta es una foto imaginaria del amanecer desde el Cerro del Sol. Imaginaria pero foto. Por eso las luces de los coches salen movidas, porque a esas horas hay que disparar a muy poca velocidad y cuando el obturador está mucho tiempo abierto las luces que se mueven son líneas. He añadido esos bordes de neón para darle forma reconocible a la Sierra porque el alba apenas ha despejado la oscuridad de las partes hondas, junto al río.



Las fotos que acompañan a la pintura y cuento no son buenas, es verdad. Son fotografías muy imperfectas, de móvil. Es el inconveniente de no tener una cámara mínimamente decente y pequeña que no de pereza cargarla durante las caminatas. Porque siempre me pasa lo mismo, que como es paseo de diario no la llevo y todos los días termino arrepintiéndome, porque en todos ellos hay algo que rompe la monotonía de las cosas y de los lugares. Unas veces es un rayo de sol perdido en medio de los árboles, otras la niebla estando de forma caprichosa en la Vega, aquí sí y allí no. A veces surge, en mitad de algún campo, un verde extraño, pariente del pardo pero luminoso. Siempre me ocurre pero nunca escarmiento. Quizá alguna vez llegaré a sacar provecho de tanto error y eche la cámara, aunque sea un peso y un engorro. 

O quizá compre una pequeña y llevadera. Seguro que ese día, cuando la haya comprado pequeña y llevadera, precisamente ese, la sorpresa será una perdiz escondida en las jaras que levanta espantada el vuelo o puede que una ardilla que con dos saltos escapa de mis fieros perrillos pino arriba. Ese día la cámara puede que sea buena pero mis reflejos, que no lo son, harán perfectamente inútil el artefacto recién estrenado. Fatalismo.


El Cerro del Sol
"Ruina montium"









La Sierra desde el Cerro del Sol
Y el viento levantando nieve en el Caballo















2 comentarios:

  1. Pese a realizarlas con el móvil, tus fotografías son muy visuales y éste lugar tiene su encantao.
    Buen trabajo Fotografía-Téxto.
    Saludos.
    Ramón

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  2. Gracias. (alguna foto no es de móvil, claro)

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