jueves, 26 de mayo de 2011

Montes de Muza y de Tarik

 




Estrecho y San Pedro de Alcántara. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x54. 2011



En el comedor de un barco, camino de Túnez, una tal Consuelito natural de un pueblo de Almería y vecina de Badalona,  recostaba sus bien despachadas tetas en la mesa mientras golpeaba el plato con el tenedor y hacía mohines de asco. No comía nada y no paraba de hablar mientras nos ilustraba sobre la próxima escala del barco:  África, según ella, es todo lo que queda por debajo de Melilla. Y lo sabía bien porque había estado una vez allí en la jura de bandera de un sobrino. Fui discreto y no la corregí pero ganas me entraron porque, como cualquiera menos ella sabe,  África es todo lo queda por debajo del Estrecho. El Estrecho es un puente sin tablero y con una inmensa luz donde África empieza y termina, según se vaya o se venga. Es la frontera entre dos orillas que se ven la una desde la otra, es todas esas cosas de cruce de caminos, encrucijada de culturas y demás versos de estantería de hipermercado que vendrían muy a pelo poner aquí pero que ahorro al distinguido y que doy por puestas, leídas y aplaudidas.


Lo que está menos dicho es que en el Estrecho acaba o empieza, también según se vaya o se venga, el mar de Alborán, que es como un estrecho muy ancho y largo. Al otro lado de Alborán, casi siempre invisible salvo que la nitidez del día le obligue a salir de su escondite, está Marruecos, África, Berbería o el Moro que de todas  las formas se llama. Entre que son pocas las ocasiones en las que aparece y que son aun mas escasas las personas que vigilan el horizonte, muy poca gente es capaz de interpretar lo que ve y saber, si lo ve, que es la otra costa. Menos gentes aun saben que para verla no hace falta acercarse a la parte estrecha de Alborán  y que desde las mismas sierras de Granada también se asoma por el horizonte.


Africa desde el Haza del Lino (II)
La noticia de que el otro lado del mar es visible desde Granada la oí como comentario perdido dentro de alguna conversación. Se dijo como algo accesorio pero que a mí me pareció relevante y sugerente. Imaginé que ver África desde Granada sería cosa tan extraordinaria como lo sería ver lo que hay al otro lado de un muro sin necesidad de saltarlo. 





Algún tiempo después de la anterior conversación, leyendo el Viaje a la Alpujarra de Pedro A. de Alarcón encontré nuevas y más precisas  noticias, aunque quizás un poco exageradas. Decía  Pedro Antonio que al espectador que mira desde  la Contraviesa, el mar le parece que queda por encima del horizonte. Decía también que en los días claros se ve África. El efecto óptico por el cual hay que levantar la vista para ver el mar lo pude comprobar pronto y efectivamente, lo parece. Imagino que se debe a la curvatura de la Tierra y a que la observación se hace desde una posición a la vez muy elevada y muy cercana a la costa. Menos suerte tuve para confirmar la segunda parte de la información, la de África. Por más que lo intentaba nunca lo lograba. Supongo que el accitano estuvo por allí poco tiempo, que tampoco tuvo suerte y que en realidad escribió lo que le contaron.



Como siempre ocurre en estas historias, cuando ya tenía perdida la esperanza y abandonado el anhelo, tras una mañana de escasa visibilidad, en un atardecer de invierno, al volver en coche a Granada y a la altura del Haza del Lino, de improviso, me topé con África. Digo que Pedro Antonio no vio nada porque si lo hubiera contemplado no lo hubiera contado así de pasada, como cosa de menor cuantía.  Porque cuando se ve, el mar de Alborán deja de serlo y se transforma en la  maqueta del mar, un charco sembrado de rayas  brillantes que son los barcos que van y que vienen de Gibraltar.  Enfrente, arriba, la costa africana está tan próxima que la fantasía crea espejismos  de pueblos y aduares y sus luces bailando en las sombras. El Estrecho allá perdido, al fondo de la escena entre los brillos del sol poniente. Queda el mar de Alborán empequeñecido, pero como cosa de otro mundo, grandiosa en su nueva pequeña escala. Al menos así lo recuerdo. Las fotografías que hice en aquella ocasión no fueron ninguna maravilla (pero es lo que hay) y por eso aquí pongo un par de ellas con exclusivo fin probatorio. No hacen en absoluto justicia a la fugaz aparición que se escapó enseguida, corriendo con la luz de la tarde. 


Jebel Musa desde Nueva Andalucía
Sierras de Tetuán desde la playa











Desde que llegué a Marbella me llamó la atención, ya al principio, que para ver la línea de  Marruecos no hacía falta subir altas montañas, que incluso desde la misma  playa se consigue ver.  La cercanía permite observar más y mejores detalles. Pero estos nuevos detalles le quitan poesía, sueño y gracia (algo parecido a lo que ocurre con determinadas fotografías de índole sexual). Por eso y para compensar el defecto, el horizonte se completa con la presencia de las dos columnas aquellas que puso Hércules para señalar  el inicio de las tinieblas habitadas por monstruos. Los montes de Tarik y Muza. El Jebel Musa allí y el Jebel Tarik aquí.  Y no es chica la compensación. Pongo aquí una buena foto que no es mía pero que reproduzco por cortesía del autor, en la que se ven las Columnas no de frente como es costumbre sino de norte a sur, más o menos, desde los Reales de Estepona.


Para hacer las fotografías de  África el mejor momento es el amanecer y el atardecer, cuando el sol sale o se pone, cuando aumenta el contraste y se siluetea el horizonte. Partiendo de las decenas de fotos que tengo, hice la  vista que pongo hoy aquí. Se aprecian en primer lugar las  ventanas iluminadas de San Pedro Alcántara y se adivina, arriba a la derecha, como el sol desaparece detrás de Gibraltar escapando de la noche. Imagino, conociéndome, que no será la última vez que haga algo, pintado o fotografiado, sobre este tema.


miércoles, 18 de mayo de 2011

El sol desaparece sobre Baeza

Puesta de sol en Baeza. Óleo sobre lienzo. 55x46. 2001

Puesta de sol en Baeza. Excel, Paint, Photoshop. 2011





Recuerdo que hace ya demasiados años era costumbre en las tardes de verano subir al bar del Mirador para ver la puesta de sol. El espectáculo era, sigue siendo, bastante espectacular como suele ocurrir en casi cualquier sitio donde haya un horizonte a poniente y un sol muriendo. En esas tardes bochornosas las calimas brillan con tonos violentos y calientes. La luz redonda y enorme del sol tiembla rompiendo la geometría perfecta de su figura.  Mientras la temperatura de la luz elimina los matices y deja sólo la pura idea de fuego apagándose.



Entonces, en aquellos años,  las sillas y las mesas eran de esas de tijera, de madera, creo recordar que pintadas en verde. Los botellines de cerveza de aquellos chatos del Alcázar con el Castillo de Jaén serigrafiado en blanco. La tapa, garbanzos tostados o cosas parecidas, antípodas de cualquier sofisticación o exceso actual. Nada mas irse el sol empezaba a oscurecer y desde el río subían olores de huerta recién regada, de tamo y paja trillada. Por la carretera aquella tan modesta de entonces  subían por pares los faros de los coches que llegaban al pueblo, de los "lanrover" que volvían del campo. Por la parte de la Sierra apenas luces o ninguna, a veces un punto lejano y tenue de alguien bajando del Chorro. Desde el interior del bar se escapaba  el sonido metálico y chillón de Radio Jaén, del cante y de la copla.



No recuerdo si el sol se ponía exactamente encima de Baeza (imagino que no). Pero el resplandor del cielo descansaba sobre el perfil oscuro y casi horizontal de la Loma. En un extremo la silueta negra de la catedral de Baeza conquistaba la escena a pesar de su pequeñez. En mi recuerdo (imagino que recreado), el sol siempre desaparecía guiándose por la flecha de la torre.


Baeza desde Toaires
Hace muchísimos años que no subo por allí al caer la tarde en verano. No he subido por muchas razones entre las que no es la menor que ahora las tardes son muchísimo más calurosas o eso me parece a mí. Hoy en día a esas horas el ambiente es sofocante. Mi cuñado Salva dice que se debe a que ya no riegan las calles al atardecer. Yo creo que también influye el riego del campo y de las huertas que se hace por goteo y no a manta como entonces. Este es desde luego un debate que merecería tiempo y abundancia de opiniones y que, por supuesto, requeriría que llenaran bastantes veces.



Aunque la Loma, la catedral y el sol siguen en su sitio yo no he vuelto por allí . Desde el mirador nuevo que han hecho en la carretera de Huesa, encima de Toaires, la vista es parecida. No es necesario volver a los escenarios de juventud. 



En el 2001 pinté una primera versión de este ocaso resaltando la silueta de la torre y también las casas de Baeza, Úbeda y Torreperogil y además, la luna levantándose en el otro plato de la balanza. Hace un par de semanas hice una  segunda versión, ya muy moderna y digital, donde el dibujo no es más que lo que rodea y acompaña al sol y a la catedral de Baeza. Será melancolía o como dice mi prima Rosi, la búsqueda irreflexiva de lo que sabemos que ya no encontraremos nunca: el pasado.

sábado, 14 de mayo de 2011

Iconografía de la Virgen de Tíscar


Virgen de Tíscar. Cera y óleo sobre papel. 65x50. 1990


Cuando un primo mío armado de caña y cigala decía aquello de “Dios no existe pero la Virgen de Tíscar sí”, estaba expresando una verdad fácilmente contrastable al menos por lo que toca a la Virgen. Y es que se la puede ver en cualquiera de sus numerosas procesiones, en Tíscar y en Quesada. Se la puede ver también en las miles de estampas, fotografías enmarcadas, grabados más o menos antiguos, medallas, estadales y recuerdos de quincalla: navajas, mecheros, dedales, cajas metálicas de plástico que sirven para nada y cosas por el estilo. Lo de Dios es por el contrario bastante opinable y ahí no entro.
Principios s. XX

La imagen más difundida en estas representaciones es un fotomontaje con la Virgen en el cielo y abajo una vista de Tíscar, la clásica, desde la carretera por encima del Vadillo. Es una Virgen voladora que a los habituados no nos sorprende pero que a los neófitos quizás si. 

No siempre ha sido esta la norma. En los grabados antiguos y en las primeras fotografías la Virgen no volaba y apenas se acompañaba de algún ángel. Fue tras la Guerra cuando, después de un primer momento de indefinición en el que la Virgen Nueva intentó imitar a la Antigua, adquiere  personalidad propia y comienza a volar. Pongo aquí algunas reproducciones que reconstruyen la historia. Podemos apreciar como en los tiempos modernos los iconos han vuelto a la estampa clásica, sin vuelos,  abandonando esa muy  antigua tradición de casi cincuenta años. Eso sí, ahora se añade a la estampa, como detalle moderno y rompedor, un giro de cuarto de perfil.
Años 40
50, 60 y 70


La cosa de las tradiciones tiene estas paradojas. Que a pesar de ser modernas lloramos su desaparición como si fueran, que lo son, ejemplo y muestra del pasado que se nos va. Hace ya un tiempo, en la Lonja y el día de la Traída, con la Virgen encabezando al público extasiado, se entretuvieron en quemar un bonito castillo de fuegos artificiales amenizado con fondo musical de 2001(Sí lo de Odisea en el espacio). Faltó que apareciera un ovni con don S. Kubrick a los mandos para completar tan pío espectáculo. Pues seguro que si como temo se han venido repitiendo estos años parecidas escenas, se habrá constituido finalmente en costumbre antigua hasta el punto que en ese día, esperemos próximo, en el cual felizmente se suprima, llorarán por las esquinas y en la revista de las ferias los inevitables defensores de las nuevas costumbres y tradiciones locales de toda la vida.
Tiempos modernos


La Virgen que encabeza la pinté en 1990 en el mes de enero. En plena ola de frío, cuando vivía en Agustina de Aragón en una casa perfectamente climatizada y con una magnífica calefacción en verano y aire acondicionado en invierno. La Virgen la copié de un grabado antiguo, 1904, que no recuerdo de donde saqué ni donde está. Es uno de esos grabados de la Virgen un poco infantiles e ingenuos que han sobrevivido en cortijos y  rincones perdidos. A cera y a lápiz le añadí el Santuario tal como era moda hasta esos años noventa y también le puse un par de ángeles, chico y grande. Para darle más vuelo a la estampa, claro.

Cabecera de un folio de la Posguerra


Completo el estudio iconográfico, mediante el que acredito suficientemente mis conocimientos de Historia del Arte, con un retrato de la Posguerra en el que observamos una Virgen “comentada”. Y también adjunto  la fotografía de uno de esos grabados perdidos en lugares olvidados de los que hablaba antes. Está bién acompañado: cartones de ducados, botellín del Alcázar, banderines de fino Quinta, botellería de anís, "coñada" y güisqui nacional, servilletas enrolladas en un vaso de caña de cerveza… Obsérvese abajo a la derecha un cartel (puro marketing de vanguardia en aquella época y lugar) anunciando ricas raciones de queso. Por cosas del encuadre (la fotografía no era digital y se disparaba sólo una vez) nos quedamos sin saber el precio de tan acreditado plato.


Bar de la esquina de la Plaza. Noche de la Fiesta de Tíscar. 1987

miércoles, 11 de mayo de 2011

Valle del Genal en otoño


Valle del Genal en otoño. Acrílico y óleo sobre lienzo. 61x50. 2008

La cosa del otoño. El que no sabe es como el que no ve. Tantas veces se pasa cerca de un lugar, de una persona, de una cosa sorprendente, interesante, o agradable y que por desconocimiento no vemos, que si nos obsesionáramos en evitarlo, además de no lograrlo nos agobiaríamos. A la vuelta de una esquina, detrás de una sierra, tras una expresión dura, seca o anodina se esconde la persona, la cosa que sólo un  instante inesperado, una situación azarosa o un conocimiento fortuito revelará.  Y eso puede suceder más veces que días tenemos. La sorpresa, si la buscáramos, terminaría siendo rutina.

Viene todo esto a cuento de que a muy pocos kilómetros de los sofisticados excesos, las apátridas costumbres y las ostentaciones a menudo horteras de la Costa, hay pueblos con teleclub de los tiempos de Licinio de la Fuente. Pueblos con gente  del campo, que tienen iglesias con santos de escayola pintada y lanrover moviéndose por las calles con las ruedas perdidas de barro. Y que tienen además castaños, mas castaños en el rincón de cualquier barranco que los que se ven en una comarca entera de otras partes.

Y en las semanas apropiadas de cada otoño según el tiempo, el calor y el frío, los castaños se ponen de ocasión con hojas doradas, amarillas y ocres. Millones de hojas que agonizan. Tantas que saturan el paisaje, lo convierten en irreal, fabricado artificialmente, pintado sin reparar en gasto y color.

Entre los castaños de las laderas hay manchas de encinas, de olivos, de verdes oscuros y apagados, de hierbas pardas, de matorrales rojos.  Por encima de todo esto, tremendos peñones calizos y pinos grandes y viejos en la Serranía. Y en medio de tanto color, más color aun en los nombres de los pueblos, que en esta excursión de noviembre de 2008 fueron Igualeja y Pujerra, viéndose al otro lado del barranco Cartajima, Parauta y seguramente algún otro que mi mala cabeza no dejó recuerdo…

lunes, 2 de mayo de 2011

Ribera del Benabola


Río Benabola. Óleo sobre lienzo. 73x60. 2011


El río Benabola es casi siempre un regato medio seco. Cuando llueve lo hace con mucha intensidad de manera que su cauce se vuelve torrencial. Los patos, galápagos, ranas, alguna garcilla y demás vecinos salen a disfrutarlo las pocas veces que, entre un exceso y otro, está tranquilo. Se tumban al sol encima de alguna piedra, nadan, corretean, buscan que comer.  En las orillas y en el pequeño descampado hay mimosas, plátanos de sombra, acebuches, cañas, algún pino y muchas hierbas y zarzales. También una planta que no se como se llama y que es una rara mezcla de palma y de higuera (con el tiempo supe que se llama ricino).

La ribera va cambiando con las meses.  Lo hace más por las mudanzas de luz de las estaciones que por las propias de las plantas que más o menos, siempre están igual. Todo el año hay amarillos, ocres, verdes claros, oscuros, brillantes y mates, verdes azulados, verdes plomo, verdes negros, ordenados caóticamente, entremezclados. Lo que va cambiando es la luz.



No es que sea especialmente bonito el Benabola ni más llamativo que otros muchos arroyos, barrancos o ríos,  pero está frente a mi terraza. Lo veo cuando salgo a regar las macetas, cuando salgo a mirar si llueve o si relampaguea, hace sol, calor o frío. En las noches de verano cenamos a la vista de nuestra selva doméstica de enfrente. Cuando no pasan coches el croar de las ranas se impone al silencio de la noche. En invierno, en el no invierno de aquí, las orillas se saturan de colores nuevos, húmedos y brillantes. Por las mañanas, al  amanecer, el sol se abre paso entre las ramas y deslumbra a las gotas de rocío. Por las tardes, al anochecer, la luna nace por la misma parte que lo hizo el sol y hace juegos de luz y sombra con los troncos y las hojas.



De tanto mirar al río y de tan continuo verlo me es ya familiar, de la casa. Por eso lo he pintado. No he pintado el agua pero he pintado las plantas de la ribera. Seguramente que esta no sea más y sí sea bastante menos que otras riberas famosas, pero es la que hay enfrente de mi terraza. Y aunque tampoco produzca vinos de especial calidad sí se los encuentra de muchos y variados tipos, de todos los precios, colores y sabores. Solo es cuestión de comprarlos.

Pongo aquí alguna foto del río, de la ribera, de los vecinos y de la luna. El vino ya lo he dicho: en el supermercado frontero.