sábado, 22 de octubre de 2011

Adiós de la luna en la Vega


                Adiós de la luna en la Vega. Photoshop. 65x50. 2011

La cosa del software libre y los excesos morales.



De la cosa del software libre había oído hablar pero no era asunto que me hubiera preocupado demasiado y tampoco entendía muy bien de que iba la cosa. Así fue hasta que este verano pasado, en los desayunos del trabajo, Dani se dedicó a darme la tabarra con el tema intentando evangelizarme: que si me mandaba el enlace de no se que programa guay, que si no se que blog de un conocido suyo donde te podías descargar no se cuantas cosas asombrosamente útiles y asombrosamente gratuitas. No entendía yo muy bien de que iba la cosa, pero como tengo casta, entraba al trapo con bravura y rebatía y discutía como si supiera de qué.

No me corté a la hora de sacarle inconvenientes al asunto. Hasta que una mañana llevé la crítica al terreno místico-religioso para atacar de paso a los creyentes de cierta marca cara (gente muy fundamentalista que tiene por dios a un pero mordido). Pues no se me ocurrió nada peor que preguntarle si acaso estábamos hablando no de herramientas funcionales sino de herramientas ideológicas. Me dijo que efectivamente, que de eso se trataba. Y ya se acabó para siempre la discusión. El software libre es cosa de ideología. De ideología libre.

Maiz y cipreses con las primeras luces


Al llegar la primavera, en mis paseos con los perros los sábados por la mañana, evito las zonas de pinos porque con la primavera también llega la procesionaria, bicho maligno y asqueroso capaz de dejar sin lengua o de matar a cualquier perro. Cambio los pinos por un recorrido en la Vega de unos diez kilómetros: carril bici paralelo a la circunvalación, seguido hasta llegar al río Beiro, luego por su ribera derecha hasta dar en Genil y ya desde allí, río arriba entre bicicletas, corredores y caminantes por placer o por salud. En verano mantengo el mismo itinerario porque es corto y puede uno estar en casa a cubierto antes de que apriete la calor.
Persiguiendo a la luna por el carril bici de la circunvalación



Son hermosas las primeras luces de la mañana en la Vega. No misteriosas como las de invierno. Estas son hermosas, claras, vivas, definidas. Sazonan de brillo los maizales verdes y las siembras. Por un rato hacen azul el cielo que más tarde el calor blanqueará. En la vega quedan por aquí y por allí algunos secaderos de tabaco y quedan algunos cortijos con sus almeces y sus cipreses, cortijos blancos como corresponde, de puertas y ventanas pintadas en verde. Los campos encharcados, que se riegan a estas horas para aprovechar la fresca, se llenan de pájaros chicos y de otros más grandes como garzas y garcillas. Todos picotean en el barro. Como hay feria en algún pueblo cercano y están tirando cohetes. En el recuerdo, lugar muy dado al libre albedrío, es fácil olvidar el ruido sordo de los coches, de los negocios de excavadoras y camiones cementeros, de la fábrica de leches... Por eso, los olvido.

Otra de la luna, con Sierra Elvira, en la circunvalación


Hay en mi recuerdo otra vista de la Vega, también de este verano pero recogida como una hora o así antes que la anterior, en la frontera entre la noche y el amanecer. No es vista de paseo sino de día laborable, de café cortado con leche fría en la cafetería del trabajo. Empieza esta vista con muchas luces, con las de los faroles de la autovía, con las del tráfico que corre porque llega tarde, con las de algún avión que se acerca al aeropuerto, con las de las ventanas abiertas de los que se levantan, con las de los ventanales donde alguien ya limpia. Y más cerca, casi a la altura del café, explota en ondas el reflejo de la iluminación del techo en la barra de metálica. Y en el horizonte oscuro tintinean las luces de los pueblos con el bailen que bailan las luces de los pueblos lejanos en los paisajes de campo sin ciudad.

Se va la luna de la Vega y los colores despiertan lentamente. Los árboles son todavía sombras mas o menos oscuras, todavía oscuros los secaderos, los cortijos, la nave abandonada de una iglesia evangélica y la nave sin abandonar de la empresa de seguridad. Ya  han pasado unos  cuantos minutos, cuando les llega la tenue claridad que asoma en el cielo, se desperezan las formas: chopos, cipreses, olivos, sauces, algún palomar. Un poco por encima del horizonte, gris, debajo de los primeros azules de la mañana, una franja  rosa difusa hace de aurora boreal de juguete en clima mediterráneo. Dura poco la estampa. Casi lo poco que dura mi cortado con leche fría. Para cuando lo he acabado el sol ya está quemando las piedras de Sierra Elvira.

Cortijo con secadero de tabaco


Y este fue el planteamiento. Tenía que pintar la Vega de mañana, la Vega amaneciendo o ambas a la vez. Y hacerlo con software libre que es cosa de ideología libre. Tenía que hacerlo aunque no entendiera bien los términos del debate. Era obligatorio, porque cada quien debe saber intuitivamente cual es su manifestación. Como los pájaros que vuelve a su colonia después de pescar, debe identificar su pancarta entre miles de nidos, aunque esté escrita en chino. Es una exigencia moral.  Eso era, es, el uso del software libre.

Me bajé varios programas (alguno con alguna basura incorporada). Me rompí la cabeza intuyendo su manejo (las ayudas no dejan de ser como los manuales de cualquier máquina, algo que sólo sirve, si es que sirve, para calzar muebles). Me agobié porque en vez de hacer lo que quería hacer tenía que buscar la tecla con la que hacerlo o  averiguar incluso si se podía hacer. Perdía la paciencia y volvía al software capitalista. Me daba cargo de conciencia y volvía a intentarlo. Y así varias semanas, inclinándome a un lado y al otro, como los chopos movidos por la tormenta.

La Sierra, la Vega y el río Beiro encauzado como una acequia medio seca

En paralelo ya había empezado la acumulación de bocetos. Uno tras otro. En este una luz tal, que al día siguiente cambiaba por otra cual. En ese lo reducía todo a unas esquemáticas y simbólicas manchas de color. En aquel ponía árboles, sierras y campos reconocibles. Un proceso trabajoso en el que nunca se identifica con facilidad el recto camino. Deben pasar a veces días hasta saber si tienes que volver al último cruce y  retomar el desvío que ayer creías que no llevaba a ninguna parte. Y mientras, la pelea con la cosa libre. Una tarde y de improviso, despejé las dudas y recorrí de un tirón el camino que buscaba. Lo malo fue que lo hice con el método fácil y desclasado, con software capitalista, pirata pero capitalista.

Un boceto de por la mañana

Fue un final de raro sabor, contento con el fruto, triste con el arado. Quería un triunfo a la vez artístico y político pero no fui capaz de alcanzar ambos. Mala cosa, malos sentimientos por no haber luchado en primera línea de fuego, por refugiarme nada menos que en la retaguardia enemiga (retaguardia pirata pero enemiga en todo caso).

Un boceto de al amanecer

Bueno. Después de un día viene otro y luego otro más.  En algún momento y en mitad de alguna discusión conmigo mismo reparé que si bien los excesos suelen ser buenos, los morales no lo son y que las virtudes heroicas son para los santos, lo que no es el caso. No recuerdo si fue durante algún cortado con leche fría o algún paseo con los perros (ya por el Llano de la Perdiz). No recuerdo ahora donde, pero me perdoné. Aunque sin agobios, lo intentaré de nuevo. Pero ese día, me perdoné.

Y por último, es cierto que el blog que cito es bueno y útil. Lo recomiendo:  http://bearnd.blogspot.com

jueves, 13 de octubre de 2011

NATO OGI


Vermú con soldadito de Pavía sin pimiento. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011


(Para los que no lo pillen: significa OTAN NO)


De la taberna en cuestión me gusta y no hay porqué disimularlo, el vermú. Es de barril, con su chorrito de ginebra, hecho con sifón de sifón, en vaso ancho y recio. La rodaja de limón corta el exceso de colores morados y granates de la bebida. Morados y granates que se extienden por los azulejos multicolores del zócalo, por el suelo y la barra cuadrada, por la luz que atraviesa los vidrios de las lámparas. Todo es magenta y carmesí. Al menos así me lo parece en la memoria cuando lo pienso.


Vermú en vaso redondo
Y seguramente que parecerían muy distintos si los pudiéramos poner el uno junto al otro, pero este bar se parece a otro bar que hay (o había) en la otra esquina del mar. Aquel también es (o era) céntrico pero a la vez también como de barrio. Son uno y otro de públicos tan distintos que se ofendería ambos con la mutua comparación. El uno es más nocturno, el otro más de mañana, el uno más de orden y el otro más de buscar un rato de desorden de todos los sentidos. Pero los dos como un poco de pueblo, de parroquianos, de costumbres fijas: los unos que cada mañana vuelven, contentos de poder continuar volviendo un día más, los otros que vuelven cada noche buscando, en su deseo, empezar otra noche más. No recuerdo bien los colores de aquel de allí. Creo recordarlos mas bien oscuros pero no puedo asegurarlo, porque mas que con colores está, o estaba, adornado con poca iluminación. Poca iluminación y en mi memoria demasiadas copas, demasiado gin tonic y demasiado ouzo.



La luz que entra desde la calle 
Batalla de conversaciones y vasos













Las tapas del local de aquí, genuino templo de la malafollá granaina, son corrientes. Dan mucha fritura, pescada y pescadilla, boquerones. También un bacalao o símil barato, que en lugar de con pimiento rojo remata con aceitunas el uniforme del Regimiento de Pavía. Por la puerta entra siempre una luz quizás demasiado brillante, que es cosa extraña en un barrio viejo de calles oscuras, rectas pero estrechas. 



Hace unas semanas, paseando con los perros, se me vino a la cabeza aquel bar donde entre tanto ouzo aprendí a decir con perfecto acento lo de NATO ogi. Y se me vino a la cabeza el anuncio de la vieja del yogur. Esa  que al parecer con su inmerecida y excesiva pensión ha puesto en peligro a este mundo y a parte del próximo. Ha  sido la cosa esa del efecto mariposa que se inició no se sabe bien si porque compró algo para los nietos o porque se compró una bragas nuevas (¿para que querrá unas bragas nuevas una vieja?). No se sabe bien que fue pero desde entonces todo ha sido un sin vivir. 


Vermú con símil de soldaditos de pavía


La nuestra de aquí es taberna y también de barrio, pero de barrio antiguo, del centro. Sin diseño diseño ninguno pero de una cuidada decoración: faroles de la tierra, toneles para el granel, banderas y bufandas de la cosa del fútbol, una reproducción en cerámica de la iglesia de las Angustias absolutamente desproporcionada y fuera de lugar que oculta o adorna los grifos de cerveza... Y no hay música ambiente, solo la batalla de vasos, platos y conversaciones y el vozarrón del oficiante llamando a voces a los bebedores para que acudan a la barra a recoger las tapas (si son raciones, es decir de pago, las acerca él mismo todo servicial y solícito para mayor comodidad del dispendioso cliente).


Cuando la conversación decae son muy
socorridos los faroles

Como decía antes, los pobres son tremendos y nos van a llevar a otra guerra mundial. Gastan sin tino. Aquí y allí las viejas consumistas gastan por encima de sus posibilidades, tocan a cinco médicos gratis por barba (es frecuente que las viejas tengan barba o que al menos se la pongan postiza para dar besos) y emplean todo su afán en comprar de todo, siempre que esté muy por encima de sus posibilidades. La que nos han montado estas viejas pobres. Se merecen todo lo malo que les pase.

En esas iba con mi paseo y mis pensamientos cuando los perros, gente sensata, me razonaron que alguien que en su invitación de boda puso la caricatura que le dibujaron en una servilleta de papel de aquel bar (que está, o estaba, enfrente de la iglesia de San Dionisio Areopagita, en la barrio de Kolonaki), en conciencia, no puede tener mas que una opinión sobre este asunto: NATO OGI.

Y que llenen.


Caricatura que nos hicieron 10 años antes de la boda. El calvo soy yo.


Otro vermú