jueves, 13 de octubre de 2011

NATO OGI


Vermú con soldadito de Pavía sin pimiento. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011


(Para los que no lo pillen: significa OTAN NO)


De la taberna en cuestión me gusta y no hay porqué disimularlo, el vermú. Es de barril, con su chorrito de ginebra, hecho con sifón de sifón, en vaso ancho y recio. La rodaja de limón corta el exceso de colores morados y granates de la bebida. Morados y granates que se extienden por los azulejos multicolores del zócalo, por el suelo y la barra cuadrada, por la luz que atraviesa los vidrios de las lámparas. Todo es magenta y carmesí. Al menos así me lo parece en la memoria cuando lo pienso.


Vermú en vaso redondo
Y seguramente que parecerían muy distintos si los pudiéramos poner el uno junto al otro, pero este bar se parece a otro bar que hay (o había) en la otra esquina del mar. Aquel también es (o era) céntrico pero a la vez también como de barrio. Son uno y otro de públicos tan distintos que se ofendería ambos con la mutua comparación. El uno es más nocturno, el otro más de mañana, el uno más de orden y el otro más de buscar un rato de desorden de todos los sentidos. Pero los dos como un poco de pueblo, de parroquianos, de costumbres fijas: los unos que cada mañana vuelven, contentos de poder continuar volviendo un día más, los otros que vuelven cada noche buscando, en su deseo, empezar otra noche más. No recuerdo bien los colores de aquel de allí. Creo recordarlos mas bien oscuros pero no puedo asegurarlo, porque mas que con colores está, o estaba, adornado con poca iluminación. Poca iluminación y en mi memoria demasiadas copas, demasiado gin tonic y demasiado ouzo.



La luz que entra desde la calle 
Batalla de conversaciones y vasos













Las tapas del local de aquí, genuino templo de la malafollá granaina, son corrientes. Dan mucha fritura, pescada y pescadilla, boquerones. También un bacalao o símil barato, que en lugar de con pimiento rojo remata con aceitunas el uniforme del Regimiento de Pavía. Por la puerta entra siempre una luz quizás demasiado brillante, que es cosa extraña en un barrio viejo de calles oscuras, rectas pero estrechas. 



Hace unas semanas, paseando con los perros, se me vino a la cabeza aquel bar donde entre tanto ouzo aprendí a decir con perfecto acento lo de NATO ogi. Y se me vino a la cabeza el anuncio de la vieja del yogur. Esa  que al parecer con su inmerecida y excesiva pensión ha puesto en peligro a este mundo y a parte del próximo. Ha  sido la cosa esa del efecto mariposa que se inició no se sabe bien si porque compró algo para los nietos o porque se compró una bragas nuevas (¿para que querrá unas bragas nuevas una vieja?). No se sabe bien que fue pero desde entonces todo ha sido un sin vivir. 


Vermú con símil de soldaditos de pavía


La nuestra de aquí es taberna y también de barrio, pero de barrio antiguo, del centro. Sin diseño diseño ninguno pero de una cuidada decoración: faroles de la tierra, toneles para el granel, banderas y bufandas de la cosa del fútbol, una reproducción en cerámica de la iglesia de las Angustias absolutamente desproporcionada y fuera de lugar que oculta o adorna los grifos de cerveza... Y no hay música ambiente, solo la batalla de vasos, platos y conversaciones y el vozarrón del oficiante llamando a voces a los bebedores para que acudan a la barra a recoger las tapas (si son raciones, es decir de pago, las acerca él mismo todo servicial y solícito para mayor comodidad del dispendioso cliente).


Cuando la conversación decae son muy
socorridos los faroles

Como decía antes, los pobres son tremendos y nos van a llevar a otra guerra mundial. Gastan sin tino. Aquí y allí las viejas consumistas gastan por encima de sus posibilidades, tocan a cinco médicos gratis por barba (es frecuente que las viejas tengan barba o que al menos se la pongan postiza para dar besos) y emplean todo su afán en comprar de todo, siempre que esté muy por encima de sus posibilidades. La que nos han montado estas viejas pobres. Se merecen todo lo malo que les pase.

En esas iba con mi paseo y mis pensamientos cuando los perros, gente sensata, me razonaron que alguien que en su invitación de boda puso la caricatura que le dibujaron en una servilleta de papel de aquel bar (que está, o estaba, enfrente de la iglesia de San Dionisio Areopagita, en la barrio de Kolonaki), en conciencia, no puede tener mas que una opinión sobre este asunto: NATO OGI.

Y que llenen.


Caricatura que nos hicieron 10 años antes de la boda. El calvo soy yo.


Otro vermú

2 comentarios:

  1. Recuerdo el vermú del cuadro. Ratos así compensan más de un disgusto.

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  2. Tienes razón en todo pero sobremanera en lo del vermú y la malafollá... por cierto no son soldaditos de pavía sino pimientos en gabardina (será por lo que caiga).

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