martes, 29 de noviembre de 2011

Nuevo otoño con Mulhacén en el horizonte.

Nuevo otoño con Mulhacén. Photoshop. 92x65. 2011


El Mulhacén en otoño, sobresaliendo al chopo de la alberca




Se ha hecho de rogar pero por fin ha llegado el otoño nuevo, el de este año. Al otoño le da miedo el calor y la sequía y hasta que no se ha cerrado el verano de un portazo y no ha empezado a llover, ha estado escondido al otro lado del mar, esperando su momento.


Calle Mulhacén


Desde agosto estuve pendiente de su llegada, noche tras noche. Lo esperaba en la terraza de un bar de la calle Mulhacén, entreteniendo la ansiedad de la espera con una caña que va y con otras que también vienen. En agosto las hojas también se caen pero no por muerte natural, se caen asfixiadas, empapadas en sudor, jadeando y muertas de sed ¿cuando acabarán estas noches y estos bochornos?




Tengo la suerte de poder esperar al otoño aquí sentado, bebiendo, comiendo, comentando y a veces pontificando, mirando de reojo calle abajo por si apareciera. Ya tiene que llegar ¿porqué tarda tanto este año?



Volviendo a Granada un domingo en el coche y todavía con el aire acondicionado puesto, me di cuenta de que la luz de las tarde de otoño, porque ya era su tiempo, intentaba asomarse por las choperas. Pero al oler el olor a paja y a hierba seca, el olor de tarde de agosto (aunque fuera octubre en su final), la luz de las tarde de otoño se asustaba y corría a esconderse en la cuneta al otro lado de la carretera, corría cerro arriba desesperada buscando refugio en las riscas de las cumbres desde las que a veces se ve el mar.

Ya pasado el otoño, el Mulhacén y Sierra Nevada
desde la alberca del cortijo de Lacra



Hace semanas que no es verano pero que sigue abierta la terraza del bar de la calle Mulhacén. El poco aire que corre es caliente y áspero. Por las tardes a su hora ya es de noche, como debe ser, pero todavía nadie ha visto al otoño nuevo.  



Empecé a pensar el dibujo digital de hoy en aquellas tardes bochornosas del final del  verano, buscando con la imaginación alivio a los calores. Lo pensé tirando de fotografías y de recuerdos, añorando los mosaicos cubistas de hojas secas a los pies del chopo de la alberca. Recuperando del trastero de la memoria el frío y la humedad del atardecer. Echando mano de las ciento cincuenta, o más, fotografías que debo llevar hechas de la silueta del Mulhacén en el horizonte rojo de Lacra, al atardecer, cuando ya  se va el año. Eran tantos los registros, digitales y de recuerdo, almacenados que no hacía falta que llegara el nuevo otoño para que pudiera sentirlo y pudiera pintarlo. Y así lo hice.



Pero de repente, cuando ya no lo esperábamos, los árboles ardieron en amarillos y dorados por orden de especie, de altitud y de umbría.  Día a día las granadas se hicieron más dulces y se juntaron con las primeras naranjas.  Crecieron las noches ocupando casi todo el tiempo de las tardes y llovió, el aire se volvió azul y la tierra parda, húmeda y verde. Llegó el nuevo otoño de siempre. Para entonces ya tenía acabado el dibujo y no le había tenido que pedir a él nada. Tenía preparadas hasta las fotos de acompañamiento y explicación visual. Por oficio y años pude sacar todo adelante, yo solo. Y mejor así porque cada vez, año, fin de verano, desconfío más del otoño de siempre, soporto menos sus caprichos de viejo: se presenta cuando quiere y cuando le da, casi antes de empezar, acaba.

La luz de las velas en una tarde de noviembre o diciembre



La foto de las velas y de la copa es hija de las tardes y las largas noches del otoño avanzado, experimento de interior con el color del fuego, con  el vino y con luz de los cristales.



La foto de la fuente de la ninfa escondida detrás de las hojas y la de las hojas de plátano en el suelo del paseo de la Bomba, las hice la otra mañana, son de este otoño (lo único que es de este otoño). El día anterior había llovido.
Contrafuerte de la alberca y hojas
del chopo en el suelo
Rama del chopo de la alberca














Fuente de la Ninfa
Mosaico de hojas de plátano












Otoño en la terraza del bar
de la calle Mulhacén I
Otoño en la terraza del bar
de la calle Mulhacén II



domingo, 6 de noviembre de 2011

Cosas de cuando Madrid



                      Gran Vía. Excel-Paint. 65x50. 2001

He cambiado a carpetas más visibles de la memoria algunas cosas que hice a principios de los años dosmiles y aquí las pongo.


La primera de ellas es de los inicios de mis experimentos digitales, cuando empezaba a manejar Excel para las líneas y Paint para los colores. En aquel momento le presté poca atención a lo que me parecía nada más que pruebas o borradores. Con el tiempo le fui tomando gusto y algo de ciencia a usar el ratón y ahora es la parte gorda de las cosas que hago. El dibujo es una vista de la Gran Vía desde Callao, desde la esquina donde estaba la cafetería Manila. Bueno, más que de la calle es de la Telefónica y más precisamente del reloj que hay debajo de la torre repleta (que estaba) de antenas que remata el edificio: el reloj iluminado de rojo con una cara a cada uno de los lados, la suciedad del aire provoca que los atardeceres despejados de invierno el cielo hacia levante tome un color rosado uniforme, paradojas urbanas.

Nevazo en Pza de Castilla

La Telefónica fue bandera republicana en el frente del Manzanares y por eso padeció bombardeos despiadados. Hoy sigue resistiendo y por las noches su reloj rojo de cuatro caras encabeza la defensa. No hay cañoneo pero sigue habiendo frente.



                            Nudo Supersur. Óleo sobre lienzo. 60x45.2001

El segundo dibujo es una vista más o menos imaginaria de Madrid desde el nudo Supersur. Así se llamaba antes, no se ahora si mantiene el nombre. 

Su historia:


Después de muchos años estando bien en Granada y cuando daba por sentado que Madrid sólo volvería a existir en forma de fin de semana, de andén de tren o enlace de aeropuerto, volví a tener allí zapatillas y cepillo de dientes. Más o menos cada dos fines de semana cogía el autobús, el de las 4 de la tarde, que llegaba a la Estación Sur sobre las nueve menos cuarto. Según la época del año la llegada era en noche cerrada, anocheciendo o con sol.

Especulación vista desde la calle Vinca

Mi ventana del paseo de Extremadura
Donde la nueva (que tiene ya unos años) carretera de Andalucía se cruza con la M-40 aparecen, de pronto, las siluetas de los edificios más altos (entonces). Más o menos por allí pasa el AVE. Un poco más adelante a la izquierda se abre el hueco del Manzanares y se distingue (o lo he soñado) la Sierra y la cúpula de San Francisco el Grande.

No se ve todo esto a la vez, incluso hay cosas que están en la pintura y que son invisibles desde allí, como el luminoso de Iberia en la avenida de América. La idea fue pintar la sensación, en esquema, de estar entrando en Madrid y para eso recorté trozos de recuerdos de distintas horas, de varios lugares, de cosas sueltas. Recuerdos  mezclados en el lienzo a conveniencia. Una especie de Frankestein hecho de partes, espero  no sea tan feo este mío.


                       Plaza de Chueca. Óleo sobre lienzo.65x54. 2002


La tercera cosa que traigo son balcones de casas y entre los balcones una boca de metro.

Siempre he sido muy adelantadillo para algunas cosas y ya por entonces usaba fotos para plantear las composiciones. Las juntaba y las retorcía para luego pintarlas con Excel (se agrupan en un solo objeto todas las líneas que has hecho, se borran las fotos que han servido de guía y ya está el dibujo para llevarlo al lienzo). Esta imagen de balcones es de la plaza de Chueca mirando hacia Gravina. Un paisaje urbano vacío de gente como los de Antonio López, aunque en mi caso no a causa de alguna razón talentosa o intención simbólica sino simplemente porque no se dibujar y quitando el público me quito un problema. Por el contrario puedo presumir de que el plano del metro lo pinté de memoria o de oído y sin embargo se puede comprobar como los colores de las líneas son correctos y el trazado razonable.

Amanecer nevado

¿Que decir de este sitio? Pues que no hay tanto que decir pues para mí ha sido más bien un lugar de paso. Agradable, pero de paso. Y es que no es fácil encontrar mesa en las terrazas ni tampoco tiene bares a los que  fuera demasiado aficionado (con la excepción de los vermús de la taberna que hace esquina con la calle de San Gregorio). Es decir, una plaza agradable, de paso entre alguna calle de su alrededor y alguna otra en el otro alrededor del otro lado. Desde un bar hasta otro bar, bares de los que sí fui aficionado. No voy a decir marcas.

Cena en la terraza de Vinca

Se de sobra que hoy en mi entorno más inmediato y laboral hay muchos y muchas que por razones que no vienen al caso, ven en Madrid un demonio, una amenaza, lo temen y lo odian. Y no seré yo quién valore el valor que cada cual le da a sus propios problemas. Lo que para uno es chico para otro es grande. Los problemas de uno nunca son pequeños y siempre lo parecen aquellos del prójimo.


Pero es inevitable que estas incertidumbres y temores  me traigan el recuerdo de como hace casi treinta años para mi fue el viaje contrario,  de Madrid a Granada, de estudiar Paleografía a trabajar en una Caja de Ahorros. También lo viví como un terrible fin del mundo del que, entonces, me parecía imposible salir. No puedo dejar de ver ese pueblo como algo propio y cercano, el escenario de muchos y continuados recuerdos, de muchos días y años pasados. No es este lugar para demasiados detalles explicativos pero lo que para otros es lo negro y  lo desconocido para mi no lo es. ¿Volveré de nuevo? Quien sabe, yo ya no aseguro nada.


Gran Vía desde un móvil
Una aclaración sobre las fotos, que se que alguna es impresentable. Me refiero a la de la Gran Vía. Pero hay un porqué porque si un sábado al atardecer vas por Callao y ves la luna llena a la altura del reloj de la Telefónica y el cielo uniformemente rosado de fondo ¿que haces? Pues sacar lo que lleves a mano (el móvil) y hacer una foto (y todo el mundo recordará que fotos hacían los teléfonos en 2001) aunque solo sirva como apunte del natural. Y por cierto, se puede comprobar que el rosado uniforme únicamente aparece en la parte inferior del cielo, el resto tiene tonos azules. Pero las cosas no son como son. Son como se recuerdan.

Café XXX


La otra foto especialmente mala es la de un bar. Pero en este caso del vicio nace su virtud. Se ve tan poco, es tan esquemática que en lugar de la foto de un bar es la foto del alma de un bar. O mejor, del alma de mis bares favoritos. Me gustaba sentarme en una mesa junto a los ventanales y "ver pasar a la gente". Como antiguamente mis mayores en mi pueblo. Pero con una o varias cervezas.



Otoño. paseo del Prado.


sábado, 22 de octubre de 2011

Adiós de la luna en la Vega


                Adiós de la luna en la Vega. Photoshop. 65x50. 2011

La cosa del software libre y los excesos morales.



De la cosa del software libre había oído hablar pero no era asunto que me hubiera preocupado demasiado y tampoco entendía muy bien de que iba la cosa. Así fue hasta que este verano pasado, en los desayunos del trabajo, Dani se dedicó a darme la tabarra con el tema intentando evangelizarme: que si me mandaba el enlace de no se que programa guay, que si no se que blog de un conocido suyo donde te podías descargar no se cuantas cosas asombrosamente útiles y asombrosamente gratuitas. No entendía yo muy bien de que iba la cosa, pero como tengo casta, entraba al trapo con bravura y rebatía y discutía como si supiera de qué.

No me corté a la hora de sacarle inconvenientes al asunto. Hasta que una mañana llevé la crítica al terreno místico-religioso para atacar de paso a los creyentes de cierta marca cara (gente muy fundamentalista que tiene por dios a un pero mordido). Pues no se me ocurrió nada peor que preguntarle si acaso estábamos hablando no de herramientas funcionales sino de herramientas ideológicas. Me dijo que efectivamente, que de eso se trataba. Y ya se acabó para siempre la discusión. El software libre es cosa de ideología. De ideología libre.

Maiz y cipreses con las primeras luces


Al llegar la primavera, en mis paseos con los perros los sábados por la mañana, evito las zonas de pinos porque con la primavera también llega la procesionaria, bicho maligno y asqueroso capaz de dejar sin lengua o de matar a cualquier perro. Cambio los pinos por un recorrido en la Vega de unos diez kilómetros: carril bici paralelo a la circunvalación, seguido hasta llegar al río Beiro, luego por su ribera derecha hasta dar en Genil y ya desde allí, río arriba entre bicicletas, corredores y caminantes por placer o por salud. En verano mantengo el mismo itinerario porque es corto y puede uno estar en casa a cubierto antes de que apriete la calor.
Persiguiendo a la luna por el carril bici de la circunvalación



Son hermosas las primeras luces de la mañana en la Vega. No misteriosas como las de invierno. Estas son hermosas, claras, vivas, definidas. Sazonan de brillo los maizales verdes y las siembras. Por un rato hacen azul el cielo que más tarde el calor blanqueará. En la vega quedan por aquí y por allí algunos secaderos de tabaco y quedan algunos cortijos con sus almeces y sus cipreses, cortijos blancos como corresponde, de puertas y ventanas pintadas en verde. Los campos encharcados, que se riegan a estas horas para aprovechar la fresca, se llenan de pájaros chicos y de otros más grandes como garzas y garcillas. Todos picotean en el barro. Como hay feria en algún pueblo cercano y están tirando cohetes. En el recuerdo, lugar muy dado al libre albedrío, es fácil olvidar el ruido sordo de los coches, de los negocios de excavadoras y camiones cementeros, de la fábrica de leches... Por eso, los olvido.

Otra de la luna, con Sierra Elvira, en la circunvalación


Hay en mi recuerdo otra vista de la Vega, también de este verano pero recogida como una hora o así antes que la anterior, en la frontera entre la noche y el amanecer. No es vista de paseo sino de día laborable, de café cortado con leche fría en la cafetería del trabajo. Empieza esta vista con muchas luces, con las de los faroles de la autovía, con las del tráfico que corre porque llega tarde, con las de algún avión que se acerca al aeropuerto, con las de las ventanas abiertas de los que se levantan, con las de los ventanales donde alguien ya limpia. Y más cerca, casi a la altura del café, explota en ondas el reflejo de la iluminación del techo en la barra de metálica. Y en el horizonte oscuro tintinean las luces de los pueblos con el bailen que bailan las luces de los pueblos lejanos en los paisajes de campo sin ciudad.

Se va la luna de la Vega y los colores despiertan lentamente. Los árboles son todavía sombras mas o menos oscuras, todavía oscuros los secaderos, los cortijos, la nave abandonada de una iglesia evangélica y la nave sin abandonar de la empresa de seguridad. Ya  han pasado unos  cuantos minutos, cuando les llega la tenue claridad que asoma en el cielo, se desperezan las formas: chopos, cipreses, olivos, sauces, algún palomar. Un poco por encima del horizonte, gris, debajo de los primeros azules de la mañana, una franja  rosa difusa hace de aurora boreal de juguete en clima mediterráneo. Dura poco la estampa. Casi lo poco que dura mi cortado con leche fría. Para cuando lo he acabado el sol ya está quemando las piedras de Sierra Elvira.

Cortijo con secadero de tabaco


Y este fue el planteamiento. Tenía que pintar la Vega de mañana, la Vega amaneciendo o ambas a la vez. Y hacerlo con software libre que es cosa de ideología libre. Tenía que hacerlo aunque no entendiera bien los términos del debate. Era obligatorio, porque cada quien debe saber intuitivamente cual es su manifestación. Como los pájaros que vuelve a su colonia después de pescar, debe identificar su pancarta entre miles de nidos, aunque esté escrita en chino. Es una exigencia moral.  Eso era, es, el uso del software libre.

Me bajé varios programas (alguno con alguna basura incorporada). Me rompí la cabeza intuyendo su manejo (las ayudas no dejan de ser como los manuales de cualquier máquina, algo que sólo sirve, si es que sirve, para calzar muebles). Me agobié porque en vez de hacer lo que quería hacer tenía que buscar la tecla con la que hacerlo o  averiguar incluso si se podía hacer. Perdía la paciencia y volvía al software capitalista. Me daba cargo de conciencia y volvía a intentarlo. Y así varias semanas, inclinándome a un lado y al otro, como los chopos movidos por la tormenta.

La Sierra, la Vega y el río Beiro encauzado como una acequia medio seca

En paralelo ya había empezado la acumulación de bocetos. Uno tras otro. En este una luz tal, que al día siguiente cambiaba por otra cual. En ese lo reducía todo a unas esquemáticas y simbólicas manchas de color. En aquel ponía árboles, sierras y campos reconocibles. Un proceso trabajoso en el que nunca se identifica con facilidad el recto camino. Deben pasar a veces días hasta saber si tienes que volver al último cruce y  retomar el desvío que ayer creías que no llevaba a ninguna parte. Y mientras, la pelea con la cosa libre. Una tarde y de improviso, despejé las dudas y recorrí de un tirón el camino que buscaba. Lo malo fue que lo hice con el método fácil y desclasado, con software capitalista, pirata pero capitalista.

Un boceto de por la mañana

Fue un final de raro sabor, contento con el fruto, triste con el arado. Quería un triunfo a la vez artístico y político pero no fui capaz de alcanzar ambos. Mala cosa, malos sentimientos por no haber luchado en primera línea de fuego, por refugiarme nada menos que en la retaguardia enemiga (retaguardia pirata pero enemiga en todo caso).

Un boceto de al amanecer

Bueno. Después de un día viene otro y luego otro más.  En algún momento y en mitad de alguna discusión conmigo mismo reparé que si bien los excesos suelen ser buenos, los morales no lo son y que las virtudes heroicas son para los santos, lo que no es el caso. No recuerdo si fue durante algún cortado con leche fría o algún paseo con los perros (ya por el Llano de la Perdiz). No recuerdo ahora donde, pero me perdoné. Aunque sin agobios, lo intentaré de nuevo. Pero ese día, me perdoné.

Y por último, es cierto que el blog que cito es bueno y útil. Lo recomiendo:  http://bearnd.blogspot.com

jueves, 13 de octubre de 2011

NATO OGI


Vermú con soldadito de Pavía sin pimiento. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011


(Para los que no lo pillen: significa OTAN NO)


De la taberna en cuestión me gusta y no hay porqué disimularlo, el vermú. Es de barril, con su chorrito de ginebra, hecho con sifón de sifón, en vaso ancho y recio. La rodaja de limón corta el exceso de colores morados y granates de la bebida. Morados y granates que se extienden por los azulejos multicolores del zócalo, por el suelo y la barra cuadrada, por la luz que atraviesa los vidrios de las lámparas. Todo es magenta y carmesí. Al menos así me lo parece en la memoria cuando lo pienso.


Vermú en vaso redondo
Y seguramente que parecerían muy distintos si los pudiéramos poner el uno junto al otro, pero este bar se parece a otro bar que hay (o había) en la otra esquina del mar. Aquel también es (o era) céntrico pero a la vez también como de barrio. Son uno y otro de públicos tan distintos que se ofendería ambos con la mutua comparación. El uno es más nocturno, el otro más de mañana, el uno más de orden y el otro más de buscar un rato de desorden de todos los sentidos. Pero los dos como un poco de pueblo, de parroquianos, de costumbres fijas: los unos que cada mañana vuelven, contentos de poder continuar volviendo un día más, los otros que vuelven cada noche buscando, en su deseo, empezar otra noche más. No recuerdo bien los colores de aquel de allí. Creo recordarlos mas bien oscuros pero no puedo asegurarlo, porque mas que con colores está, o estaba, adornado con poca iluminación. Poca iluminación y en mi memoria demasiadas copas, demasiado gin tonic y demasiado ouzo.



La luz que entra desde la calle 
Batalla de conversaciones y vasos













Las tapas del local de aquí, genuino templo de la malafollá granaina, son corrientes. Dan mucha fritura, pescada y pescadilla, boquerones. También un bacalao o símil barato, que en lugar de con pimiento rojo remata con aceitunas el uniforme del Regimiento de Pavía. Por la puerta entra siempre una luz quizás demasiado brillante, que es cosa extraña en un barrio viejo de calles oscuras, rectas pero estrechas. 



Hace unas semanas, paseando con los perros, se me vino a la cabeza aquel bar donde entre tanto ouzo aprendí a decir con perfecto acento lo de NATO ogi. Y se me vino a la cabeza el anuncio de la vieja del yogur. Esa  que al parecer con su inmerecida y excesiva pensión ha puesto en peligro a este mundo y a parte del próximo. Ha  sido la cosa esa del efecto mariposa que se inició no se sabe bien si porque compró algo para los nietos o porque se compró una bragas nuevas (¿para que querrá unas bragas nuevas una vieja?). No se sabe bien que fue pero desde entonces todo ha sido un sin vivir. 


Vermú con símil de soldaditos de pavía


La nuestra de aquí es taberna y también de barrio, pero de barrio antiguo, del centro. Sin diseño diseño ninguno pero de una cuidada decoración: faroles de la tierra, toneles para el granel, banderas y bufandas de la cosa del fútbol, una reproducción en cerámica de la iglesia de las Angustias absolutamente desproporcionada y fuera de lugar que oculta o adorna los grifos de cerveza... Y no hay música ambiente, solo la batalla de vasos, platos y conversaciones y el vozarrón del oficiante llamando a voces a los bebedores para que acudan a la barra a recoger las tapas (si son raciones, es decir de pago, las acerca él mismo todo servicial y solícito para mayor comodidad del dispendioso cliente).


Cuando la conversación decae son muy
socorridos los faroles

Como decía antes, los pobres son tremendos y nos van a llevar a otra guerra mundial. Gastan sin tino. Aquí y allí las viejas consumistas gastan por encima de sus posibilidades, tocan a cinco médicos gratis por barba (es frecuente que las viejas tengan barba o que al menos se la pongan postiza para dar besos) y emplean todo su afán en comprar de todo, siempre que esté muy por encima de sus posibilidades. La que nos han montado estas viejas pobres. Se merecen todo lo malo que les pase.

En esas iba con mi paseo y mis pensamientos cuando los perros, gente sensata, me razonaron que alguien que en su invitación de boda puso la caricatura que le dibujaron en una servilleta de papel de aquel bar (que está, o estaba, enfrente de la iglesia de San Dionisio Areopagita, en la barrio de Kolonaki), en conciencia, no puede tener mas que una opinión sobre este asunto: NATO OGI.

Y que llenen.


Caricatura que nos hicieron 10 años antes de la boda. El calvo soy yo.


Otro vermú

martes, 6 de septiembre de 2011

Paseo de invierno con perros por la playa


Playa de Cabopino en invierno. Photoshop. 65x50. 2011

Invierno, playa de Cabopino. Los fondos arenosos revueltos por las corrientes se reflejan en la  superficie cuarteada del mar que el viento mueve rítmicamente, como los engranajes de un móvil. Ese mismo viento a empujones arrastra las nubes por el cielo y salpica de humedad las plantas  al borde de las dunas.

Torre Ladrones

El mar, sin moverse, nunca se para y menos aún en días embravecidos como este. Reflejos amarillentos y verdosos pelean por mantenerse a flote y  luces medio tristes y medio brillantes llegan por levante.  Las olas martillean con monotonía de cante de fragua. El temporal arranca arenas y algas de los suelos y las lleva a la superficie,  las hunde y las vuelve a levantar cambiando los colores convencionales de la estampa: desaparecen los azules sustituidos por ocres verdosos,  detrás de los remolinos de espuma las luces de bombilla antigua, medio brillantes y medio tristes, tiñen de amarillo  el horizonte.


Una zódiac abandonada. Está  rota y tiene un pie en el agua y el otro en la arena. No parece de recreo, parece más bien de trabajo. Pero está demasiado vacía para haber transportado personas, dentro no quedan restos de cosas de pobre. Tiene toda la pinta de que los viajeros han sido cosas. Si el transporte hubieran sido personas ya las habrían alcanzado porque corren mucho menos que el humo y el aroma de las cosas y aquí no se aprecia indicio alguno de éxito policial.  Quien fuese, cruzó el mar de noche y desembarcó disimulando en medio de la oscuridad. Eso si, no olvidó el motor que dicen que es lo más caro. Pero han sido cosas las que ha viajado en esta zódiac.

Palmeras desconcertadas

Y aunque han sido cosas y no personas, encajarían aquí unas cuantas reflexiones y excursiones verbales sobre los viajes de quien se ve obligado a cruzar este u otro mar. Sería apropiado decir que hay quien cruza el mar varias veces y en sentido contrario y que hay quien no lo hace nunca ni sale de su pueblo. Y se podría continuar diciendo que hay quien tiene la suerte de cruzarlo en un día de calma y quien se ve zarandeado por el temporal en una noche negra. También, que hay quien lleva mucha cosa encima y quien no lleva nada, quien va solo y quien va con muchos, quien tiene que correr al desembarcar y quien es adulado al pisar el suelo, quien es devuelto al llegar y quien alcanza una nueva vida.  

Los nuevos colores del mar

Si estuviéramos en un bar con cerveza o vino delante, con tapas y buen público, iríamos subiendo el tono de la conversación hasta alcanzar registros de innegable hondura: que todos, al fin, hacemos alguna vez un viaje aunque sea solo uno, que los viajes de las cosas no tienen ninguna poesía porque se rigen por las normas del comercio (lo cual espero demostrar alguna vez que no es cierto) y otras profundidades filosóficas de similar tenor. Tanto más airosas y deslumbrantes cuanto mejor o más repetido sea el vino y menos prudentes sean los contertulios.

Pero lo cierto es que no estamos en ninguna taberna, que el viento es frío y que solo se escucha la métrica cansina de las olas, ABC, ABC, ABC…
Reflejo de luz furtiva


Pasear por la playa en invierno es como sentarse delante de una chimenea (creo que ya lo he dicho otras veces). La vista se pierde mirando a ninguna parte y el pensamiento se deja llevar por el ritmo de las llamas y de las olas. En la orilla, la melancolía se vuelve hacia el horizonte buscando cosas perdidas, cosas pasadas, lo que no volverá. Hoy, es invierno.

¿Y dónde están los perros en el paseo? Pues eso, que no paran. No me hacen ni puto caso. Los llamo para que hagan una bonita estampa en la foto y se van a la parte contraria. No dejan de moverse, siempre por donde ellos quieren. Si salen en alguna imagen será porque pasan delante del objetivo, no por otra cosa. Esa es la razón de que no haya podido sacarlos en el dibujo. Están muy consentidos.

Las plantas de las dunas

Mirando al horizonte a las olas a la lumbre

jueves, 25 de agosto de 2011

La Frontera en los Picones del Puerto de Tíscar



Atardecer en Los Picones. Digital. 65x50. 2011


Después del atardecer.  Los Picones sin sol. Digital. 65x50. 2011



Son Los Picones del Puerto de Tíscar la frontera natural que separa a los antiguos reinos de Granada y de Jaén, aunque la línea administrativa  queda unos kilómetros más abajo, pasado Pozo Alcón. Deja esta raya a un lado las tierras del Guadalquivir con su monocultivo de olivar y sus paisajes suaves y al otro las tierras altas de Granada, de relieve arisco, despobladas de personas y plantas. Dicho más técnicamente por Los Picones pasa la línea que parte a un lado la depresión del Guadalquivir  y al otro lo que ahora se llama Altiplano Granadino, la parte bética y la penibética. Son tierras muy diferentes no tanto en lo humano aunque sí en lo físico. La divisoria arranca en Tarifa y se difumina y desnaturaliza al pasar la Sierra de Segura.


Además de frontera natural, esta raya lo fue también política y cultural durante casi trescientos años: al sur el Reino de Granada subido a sus montes y al norte la Andalucía de campiña que conquistó Fernando III. De aquellos tiempos recios y antiguos surgió la parte del Romancero que más me gusta, la de los romances moriscos y de frontera. Son historias de caballeros moros y cristianos haciéndose guerras, ofensas y cautiverios sin tener nunca que trabajar: andan todo el día por esas sierras de peñas y riscas, de castillos y atalayas, entre pinos, tomillos y romeros asaltando y defendiendo altos muros roqueros, quemando y robando las cosechas de las gentes de los otros.

El escudo de la Atalaya del Puerto de Tíscar



Los primeros tratos con estos señores los tuve por mediación de FLOR NUEVA DE ROMANCES VIEJOS de don Menéndez Pidal.  Ya el propio título predispone a caer en el encanto de la épica y del romanticismo, en el olor viejo del papel de las novelas antiguas que cuentan hazañas heroicas locales y en el color perdido de los muros derrumbados, de mampuesto y de tapial, que se esconden entre los zarzales de rincones olvidados. Cuento entre mis episodios favoritos el romance de Abenámar, aquel gran felón y traidor que, disimulando sus malas artes en el tintineo de las campanillas de la canción, terminó pasando hasta por bueno. También me gusta el de la pérdida de Alhama del que parece que hay o había versión en Portugal:”Ay minha Alfama”. Pero quizás entre los mejores y más dramáticos, aquél de “Álora, la bien cercada” donde le hicieron gran traición al Adelantado Mayor. Tan grande  que lo mataron. Con el tiempo  descubrí que mas allá de  don Ramón también había romances. Alguno que incluso acabó siendo de mi predilección como del del cerco de Baeza o aquel otro que empieza “Caballeros de Moclín, peones de Colomera…”

Amanecer de invierno en la Atalaya

Tanto leí estos episodios y tan seguido que de no ser por mi trasfondo fuertemente burgués que lo impidió, se me hubiera secado el seso y andaría hoy en grandes cabalgadas a lomos de coche por esas carreteras de las sierras en busca de hidalgos moros. Pero resulta que además de mi parte conservadora se me cruzó San Juan de la Cruz y de inmediato cambié a Reduán y a los suyos por otros versos. Por aquellos que dicen “por toda la hermosura nunca yo me perderé, sino por un no se qué que se alcança por ventura”. Y frecuenté nuevos lugares y dejé de frecuentar aquellos que frecuentaba.


Que yo sepa no existe romance que corra por las sierras de Quesada y Tíscar. Novela histórica romántica del diecinueve sí, pero romance no. Y aun sin romances, Los Picones son la pura idea de frontera, son una fina membrana que pasando por el filo de las piedras separa las vertientes. La del norte es la de los horizontes abiertos, la de las  olas de olivar que avanzan por los llanos y que suben y bajan por los cerros, que solo acaban cuando acaba el horizonte. La del sur es la de los barrancos y las ramblas, la de los suelos altos y desnudos donde apenas vive algún almendro helado a la sombra del techo de nieve en el que está enterrado, dicen,  el sultán Muley Hacén.  Pongo abajo fotografías que así lo acreditan.

También, y como se sabe, desde los Picones se ve la torre del Castillo de Tíscar y se ve desde arriba y a lo lejos Quesada en la otra parte. Se ve pero en los días claros también se oyen las voces de la gente, los coches y los ruidos que salen del caserío. La relativa lejanía es la bastante para desenfocar las formas y borrar lo detalles de manera que hoy, como siempre, solo se ve una mancha blanca compuesta por fachadas punteadas de ventanas. En su coronación, la torre de la iglesia. Se ven desde aquí las mismas cosas que se veían y que fueron hace ya muchos años.
Al norte, Quesada

Al sur, Tíscar y la Sierra de Baza



Se ven las aceras llenas de sillas con gente que mira y que sólo alguna vez habla y se ven los camiones cargados de paja renqueando por las cuestas de una carretera casi vacía. Aprovechan la gente y los camiones la fresca de la noche. Y es verdad también que se ven mis recuerdos desde esta atalaya, especialmente los días con viento norte que son los mas transparentes. 


Como se ve, los Picones son también la frontera que separa el presente del pasado. Que separa, pero que a la vez junta como toda frontera: permite ver los dos lados con solo girar la vista: a un lado se ve uno, el otro al otro lado.

Al norte, olivares

Al sur, barrancos pelados

Cada vez que puedo me acerco a los Picones. Es un paseo muy agradable. Las hojas afiladas de los pinos amplifican y modulan el sonido del viento. En el cielo peñas y buitres, en el suelo todas las hierbas de olor  y los surcos secos de regatos espontáneos  que dejaron en el carril las últimas tormentas. Es un paseo agradable que me gusta hacer siempre que puedo, con el viento frío del invierno y  con la luz templada del verano al  caer  la tarde. Me gusta asomarme al filo de piedra y mirar aquel pasado que solo desde aquí se puede volver a ver  y verlo mezclado con el presente local del que ya no formo parte.


El sol cuando acaban los días de julio se va rasando el suelo  y mancha de dorado el cristal de mi cámara digital. Eso es lo que hoy he pintado.


Las manchas doradas del sol en Los Picones


De “Álora la bien cercada”


“Entre almena y almena - quedado se había un morico
con una ballesta armada - y en ella puesto un cuadrillo.
En altas voces decía, - que la gente lo había oído:
¡ Tregua, tregua, Adelantado, -por tuyo se da el castillo!
Alza la visera arriba, - por ver el que tal le dijo,
asestárale a la frente, - salido le ha al colodrillo.
Sacóle Pablo de rienda, - y de mano Jacobillo,
estos dos que había criado- en su casa desde chicos.
Lleváronle a los maestros - por ver si será guarido.
A las primeras palabras, - el testamento les dijo"