lunes, 4 de julio de 2016

La Contraviesa entre la sierra y el mar

La Contraviesa entre la sierra y el mar. Digital. 2016


Es la Contraviesa tierra de cortijos y cortijadas, apenas hay pueblos y aldeas como es frecuente en la otra parte de la Alpujarra y los pocos que hay escapan de las alturas y se esconden en los valles y a resguardo de la costa.

Es la Contraviesa tierra de almendros y viñas, de bastantes higueras. Antes lo fue de encinas y de monte que hoy poco queda y se refugia junto al lecho de las barranqueras dibujando surcos que bajan por las laderas.

Es la Contraviesa tierra áspera, seca y fría, entre el mar y la sierra que ambos, desde sus alturas, se pueden ver a la vez con nada más que girar la cabeza. Tierra  melancólicamente dramática en la que perfectamente  pudo suceder Bodas de Sangre.

La Contraviesa

Almendros 


Pedro Antonio de Alarcón en su viaje a la Alpujarra, al llegar al cerro Chaparro que domina toda la comarca o mejor subcomarca, dice lo que vio y que fue esto:

“Pero he exagerado un poco al decir que se veía toda la costa, cuando precisamente lo que había allí de más notable era: -que se divisaba una gran extensión del líquido elemento, sin descubrirse por eso sus playas.

Más claro: los oteros australes de la Contraviesa se destacaban sobre la bóveda del mar, -en vez de destacarse, como los otros montes, sobre la bóveda del cielo.

Y digo la bóveda del mar-, porque desde aquella suma eminencia (¡oh maravilla!) veíamos el Mediterráneo..., no debajo de nosotros como una llanura, sino colgado del firmamento como un telón; no tendido en semicírculo horizontal, como resulta cuando se le mira desde sus riberas, sino levantando un enorme arco, o más bien un enorme disco, sobre la línea del horizonte, cual si fuese una inconmensurable sierra de agua.

Nunca había reparado yo hasta entonces en aquel sorprendente efecto de óptica, -que, si no me engaño, se debe, entre otras causas, a la redondez (tantos siglos desconocida) del planeta en que escribo estos renglones...

Por cierto que detrás de aquel arco o mitad de disco, o sea por encima de él, se percibían vagamente, a pesar de esa redondez de la tierra, algunas cumbres del gigantesco Atlas, rey de los montes africanos...- ¡Tan elevadas se hallan sobre el nivel del mar!...”

“Mapa de piedra y agua” le llamó a este capítulo de su viaje “¿qué otra cosa era el revuelto océano de montes que dominábamos desde allí, sino los tejados y azoteas de la Alpujarra, debajo de los cuales estaban sus valles, alias sus plazas; sus ramblas, alias sus calles; sus barrancos, alias sus callejones, y sus pueblos, alias sus gentes?"

El mar encima de la Contraviesa
Mas allá del mar de Alborán, África, el Moro, la Berbería

 Pero no es la cosa de ver el mar por encima de nuestras cabezas la única notable que puede vivirse en la Contraviesa. Se da también el caso curioso de que algunos inviernos nieve en mitad de un día despejado. Se explica el fenómeno por los fuertes vientos que arrancan la nieve de las cercanas cumbres de Sierra Nevada y la arrastran por el aire a grandes distancias. Es tanta la altura a la que viaja y el frío de la estación,  que no se derrite en el viaje. Pero tampoco es  menos peculiar la circunstancia de que al pronto se vean barcos, enormes petroleros y portacontenedores, viajando majestuosamente por entre los almendros. Es por aquello que decía Pedro Antonio de la curvatura de la tierra de manera que los barcos en muy alta mar se ven no debajo sino en la parte superior del horizonte, justo donde se recortan las siluetas de los árboles aquí arriba a 1.500 metros.

En fin, una tierra difícil pero de tremenda y rara personalidad. Fue y aún lo es, zona aislada que sólo está cerca del mar y del cielo, muy expuesta a los peligros que de allí llegan y que no son sino guerras de religión y piratas. Lo decía Luis del Mármol Carvajal trescientos años antes que Pedro Antonio, en su “Historia del rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada”:

“Los Ceheles son dos taas que están juntas en la costa de la mar; la que cae a poniente llaman Zueyhel, nombre diminutivo, porque es más pequeña que la otra. y a entrambas taas las baña al mediodía el mar Mediterráneo, y a la parte del cierzo confina con la taa de Ferreira, con la de Juviles y con parte de la de Ugíjar.

Esta tierra es de grandes encinares y de mucha yerba para los ganados; cógese en ella cantidad de pan. Lo que cae hacia la costa de la mar, es muy despoblado, y por eso es muy peligroso, porque acuden de ordinario por allí   muchos bajeles de cosarios turcos y moros de Berbería.”

Con todo lo dicho ya se ve lo que se representa en la ilustración digital de esta entrada: Las cumbres de Sierra Nevada con la nieve, por delante los borreguiles mas altos y los barrancos mas altos con sus robledales y quejigales, aquí en otoño. Detrás apenas se distingue un poco de la Alpujarra Alta y se intuye por donde pasa el Guadalfeo. Luego todo es Contraviesa, con sus viñas, sus almendros, higueras y cortijadas. A un lado la sierra de Lújar y sus antenas, al otro el Cerrajón de Murtas con las suyas. Por aquella esquina los invernaderos de Castell de Ferro y los molinos de electricidad sobre Motril. De fondo el mar, Mar de Alborán, con los barcos que van y vienen del Estrecho. Bajo el cielo la costa vecina: Africa, Marruecos, el Moro, la Berbería que de todas estas formas se le llama.

Es la Contraviesa por todos estos y por otros muchos motivos, tierra peculiar y rara. Vive casi al margen del tiempo, al margen de los excesos playeros y tambien del moderno parque temático que han construido en partes de  la Alpujarra alta. No se si es bueno o malo pero es así.

Los barcos vuelan por encima de las sierras



jueves, 18 de febrero de 2016

El cuchillo de la tormenta

Cuchillo de la tormenta. Óleo y acrílico, 65 x 50 cm, 2016
Escribió D. Antonio Machado cuando anduvo por Baeza (“Apuntes para una geografía emotiva de España”) unos versos que decían:


II

Sol en los montes de Baza.

Mágina y su nube negra.

En el Aznaitín afila

su cuchillo la tormenta.


VI
Y en la sierra de Quesada:Vivo en pecado mortal:

no te debiera querer;

por eso te quiero más”


Son apuntes y no se sabe que quiso decir con esta segunda estrofa si es que quiso decir algo más que la pura música de las palabras. Pero si parece claro a que viene la primera. En sus paseos por Baeza, más de una tarde vería crecer y ascender las nubes en las sierras al otro lado del Guadalquivir. Montes de Mágina y tremendo peñón calizo y pelado del Aznaitín, que parece pensado para nido de tempestades. Aznaitín parece que viene de Netón o Neitín, dios íbero de la guerra y señor del rayo, una Marte de aquí, muy venerado en la Turdetania y la Oretania de las que estas sierras hacían frontera. Pensara en esto o en otras melancolías suyas, es evidente que el poeta sí oyó en sus paseos gritar al trueno a lo lejos sobre el Aznaitín. Está muy bien dicho eso de que la tormenta afilaba su cuchillo.

Las tormentas o dan miedo o bien gustan y atraen. Yo estoy en el caso segundo. No es que sea como esos descerebrados que se ven en las películas persiguiendo tornados, es sólo que me gusta verlas crecer, olerlas, oírlas. Me parecen de una insuperable expresividad sus vendavales, las primeras gotas que levantan olor a tierra mojada, la furia del diluvio golpeando por todas partes, los fogonazos del relámpago, el rugido del trueno, la oscuridad que cae de golpe sobre el día, la serenidad relajada y algo triste cuando se ha ido.

Siempre he sido muy aficionado a las tormentas, muchos episodios me han dejado en la memoria. De ellos, uno entre tantos recordado quizás por asociarlo a tiempos más jóvenes, las tormentas sobre la Loma de Úbeda cuando por la parte de Los Propia iba yo y venía de Granada, de Quesada. Perfil de la catedral de Baeza, relámpagos e interferencias en la radio, los faros de los coches encendidos, rojas luces de posición, distintos tonos de oscuridad.

Otro día, mucho después de aquellos viajes, descubrí por navegadora casualidad un paisaje marino de John Constable: sobre el mar negros nubarrones descargando una densa cortina de lluvia, en los techos de las nubes traseras brilla el sol. Me maravilló. Una pintura radicalmente expresionista resuelta con cuatro furiosos arañazos que componen una manta de agua cayendo, flecos claros y oscuros del nubarrón, una pintura absolutamente asombrosa. Especialmente asombrosa en un señor ya de tanta edad que tendría hoy si viviera.

Así que de D. Antonio Machado cogí el nombre, de Constable las rayas y de mis recuerdos lo demás.


Esta es la explicación, el cuento de  este tormentazo o nube sobre Baeza y Úbeda visto desde la carretera de Los Propios, yo camino de Quesada o en la vuelta a Granada que tanto da.


Paisaje marino de J. Constable
Nubarrones y manta de agua en la Loma de Úbeda

Instituto de Baeza, donde daba clases el poeta

martes, 29 de septiembre de 2015

Luna Azul

Luna Azul con vino blanco, vela para mosquitos y albahaca. Acrílico y óleo. 65 x 50 cm 2015

Fue una noticia inesperada que anunciaba algo hermoso y poético. Algo que no se había dado desde hacía no se cuanto tiempo y hasta otros tanto no se volvería a dar. Una luna azul. Pocos sabíamos que fuera aquello pero a pesar de ignorarlo todo el que leía el titular imaginaba literalmente eso, una luna llena y azul en un cielo estrellado. Una luna excepcional y bella que sin que nadie la hubiéramos visto jamás a todos nos traía recuerdos imaginados de otros años más jóvenes…

Demasiado bonito. La vida suele ser dura y la naturaleza aún más menudo, cruel. Leyendo el cuerpo de la noticia, que es lo que siempre hay que hacer y casi nunca se hace, la cosa resultaba de índole absolutamente contraria a la sugerida en el titular, un asunto absolutamente administrativo, de papeleo, sellos y fechadores. La luna así llamada es, tristemente, aquella que repite su fase de llena dos veces en un mismo mes. Geometría de calendario, noticia de relleno para veranos somnolientos. Pero eso sí, en el burócrata que nombró el fenómeno debía habitar un escribiente-poeta, seguramente sebastianista y radicalmente melancólico como aquel famoso oficinista de Lisboa traductor de documentos de comercio exterior.

Pero como digo la lectura de aquel titular con deprecio del cuerpo de la noticia provocó gran revuelo en las redes. Muchos preguntaban que fuera eso de la luna azul, cuando y donde se podía ver, si había lugares y circunstancias que favorecieran su contemplación, etc. Una lluvia de pequeñas decepciones apagó los sueños cuando se supo que era blanca, como todas, como todas las lunas de toda la vida.

En medio de la decepción recordé que tenía por ahí sueltas y medio olvidadas algunas cosas de la luna. Y se me ocurrió aprovecharlas y  hacer una luna realmente azul.


Al efecto dispuse mi terraza con las casas y edificios de los alrededores y el pico de la Concha, como siempre predominando. Imaginé un cielo con estrellas alrededor de una luna llena y azul envuelta en azules de otros tonos. Entre los árboles y los tejados, en las ventanas, amarillos y blancos artificiales eléctricos. Pero como sol el color de la luna es imaginado pero no lo es la escena, como es noche de verano, hay una vela antimosquitos y una maceta de albahaca para mayor protección. Y una copa de vino blanco, para beberla despacio pensando, como dijo el sargento Paine, en los propios asuntos que no son otros que las estrellas de colores: sueños girando alrededor de la Luna Azul como la luz del día gira alrededor del Sol. 


Luna desde mi terraza

Otra

Y una tercera

Vino, albahaca y vela antimosquitos

Esperando a la luna

Tomando el sol

jueves, 4 de junio de 2015

El Sol se va.

El Sol se va.     Óleo y acrílico sobre lienzo. 100 x 65 cm. 2015



El Sol se va

El Sol se va y escapa por detrás de la catedral de Baeza,
se lleva un montón de cosas,

Al contraluz brillan las aguas de las balsas de riego, las aguas imprevisibles de Guadiana Menor.

Se va el Sol y queda la noche.
Se va porque, aunque a veces no lo parezca, el Mundo siempre se mueve.

Adiós al Sol y con él
a este momento que nos ha tocado del tiempo del Mundo.

Ocaso. El reloj solar  traspone el horizonte.
Cuando ha oscurecido, se escucha con más fuerza el mecanismo que lo mueve.


Puesta de sol desde el mirador de Toaires en la A-315, Quesada

El Sol y la torre de la catedral de Baeza



Descripción geográfica y sentimental de esta puesta de sol:

Ahora está muy de moda acudir a verla pero para mi este atardecer, esta puesta de sol, es compañera de hace ya muchos años.  Aunque no la mirase, aunque me cogiese conduciendo, yendo o viniendo,  de paseo con los perros  en el Coscojal o de espaldas, sin moverme de casa, sin verla siquiera, apenas intuida en los últimos colores del cielo anocheciendo, ahí ha estado. Miles de veces (quizás no tantas) la he fotografiado, unas cuantas la he pintado, donde he podido de ella he hablado.

En esta vista del Sol que se va van y vienen los aviones, revolotean las siluetas de los pájaros. El siempre un poco loco y traicionero Guadiana Menor, reluce y se arrastra por el fondo de su curso camino de Guadalquivir. Las filas de los olivares dibujan ondulaciones en el campo, mar aparentemente estático.  Tierra seca y salada, para domarla se han ido multiplicando las balsas de riego. Pequeños o grandes estanques labrados en las elevaciones y que encandilan con los rayos que reflejan.

El horizonte es la la torre de la catedral de Baeza, la loma de Úbeda y la cúpula de El Salvador, también Torreperogil. A la izquierda Mágina, entre calimas y flamas las tardes de verano. A la derecha los repetidores del cerro de la Magdalena, sobre el cementerio de Quesada, transmitiendo señales y comunicaciones etéreas en una antigua dimensión.

Me temo que esta vez sí se va, de verdad, el Sol. O ha empezado a irse. Se le ve ya el adiós.



Reflejos y distorsiones naturales

Las balsas de riego brillando


De la entrada anterior en donde ya hablé del Sol y de la catedral de Baeza:

jueves, 9 de abril de 2015

Nacimiento de la Luna desde la terraza del c.c. Plaza

El Nacimiento de la luna desde la terraza del c.c. Plaza. Photoshop, 65 x 50 cm 2015



Empecé a garabatear y pintar, o así, por los mismos años en que estudiaba, o así, la carrera. Aunque yo iba para la cosa del medievalismo me atrajeron muchísimo las clases de historia del arte. El primer curso abarcaba el arte clásico y medieval.  Me identifiqué inmediatamente con el románico, sus pinturas en los ábsides con “pantocrátores” de ojos grandes y abiertos, de colores planos encerrados en líneas de contorno. Además de sus formas me atraía su porqué, su función pedagógica, su carácter de arte narrativo que cuenta historias y transmite mensajes. Aquellas diapositivas que veíamos en la penumbra de la clase me dejaron huella para siempre. Fueron quizá, el origen de mi gusto por los títulos largos y explicativos, por mezclar pintura y escritura, escribiendo en el propio soporte siempre que lo permitiera (y para cuando no lo permitió con comodidad me inventé este blog). De todo esto ya he hablado en entradas anteriores del blog  (enlace) ).

Con posterioridad  me hicieron llegar una foto de algo que pinté en el año 84. Fue un regalo que tuvo un resultado torcido que ahora no viene al caso. Pero ahora veo que ya contenía aquellas dos cosas que me dió el románico: las caras, las formas hechas de rayas y colores y el cuento que le da sentido.

Casi a la vez, ya no recuerdo si en primero o en segundo curso, en el mismo proyector de diapositivas, me topé con Botticelli. No guardo un recuerdo preciso de que fue lo que me gustó de él. Quizás sería una reacción ante un cierto empacho de tremendismo dramático románico, en el que hasta los niños jesuses en el regazo de las madres-vírgenes teotocos,  dejaban claro haber venido a presidir un mundo de sangre y fuego, de pecado y castigo. Ahora los niños jesuses sonreían, las vírgenes parecían madres, y en lugar de monstruos y pecadores atormentados había ángeles y también dioses con toda su corte de subordinados mitológicos. Eran alfa y omega, Taull y el Quattrocento.

El efecto fue el mismo que se dio con los frescos románicos. Me di inmediatamente a la tarea de copiar, imitar, de dejarme arrastrar por el mundo del amigo Sandro. Pero ahora había un problema no menor: yo no se dibujar. Por eso nunca enseño aquellos malos experimentos en los que jugaba a florentino. Sólo cuando volaba por encima de las formas y me despreocupaba del lápiz, resultaba algo mínimamente aceptable. Fue el caso de “Las tres gracias en la cuesta de los Gallardos” en donde me dejé de nuevo guiar por mi mismo de manera que partiendo de Botticelli acabé en mis viajes de fin de semana entre Quesada y Granada. Además de a estas gracias feas, rodeadas de faunillos sinvergüenzas, también le encuentro cierto interés a una cosilla que hice casi sin querer, para aprovechar un pequeño marco de plástico y vestir con algo mi habitación del cortijo de Lacra. Todos los demás intentos mejor olvidarlos.

El Nacimiento de Venus. De Botticelli era lo que más miraba, remiraba e intentaba recrear. Aunque por suerte comprendí pronto que aquel no era mi camino y lo dejé.  

En los paseos con mis perrillos me gusta asomarme a la terraza del centro comercial Plaza que es un mirador muy agradable dando al mar. Según la hora y la época del año la vista es nocturna o diurna, con los colores de un tiempo o con los de otro. Allí he visto algunas mañanas de invierno salir el Sol y luego a la tarde un febrero, por el mismo sitio nacer la Luna. Venus suele merodear también aquellos cielos, pero como va vestida de estrella y no de diosa, no se la que es. A la Luna sí se la ve bien. Por eso he pintado el nacimiento de la Luna y no el de Venus.

Una luna enorme, rojiza, apenas recién salida del horizonte sobre el mar. También sale si no de, junto a una Concha, como en el original,  pero este es el único parecido. Bueno y que mi Luna, como su Venus, nace de la espuma del mar.  En mi Nacimiento he puesto un barco, un avión que vuela bajo porque va a Gibraltar y por aquí ya está maniobrando. También los coches que vienen y que van feroces por la autovía o que se mueven más humanos y tranquilos entre los árboles de las calles. Al fondo, las luces de Marbella y la línea de la costa debajo de las estrellas y encima de los reflejos que las olas rompen y recomponen incesantemente. Aquí delante hay sombras que alternan con la claridad de las farolas y hay tejados, paredes y rincones apenas intuidos. Parece una naturaleza humana deshabitada.  Pero por las ventanas iluminadas sabemos que  sí hay vida, hay personas.   


N.B. Las estrellas son las flores que en el nacimiento de Botticelli la pareja de ángeles lanza a la diosa, pero también son mis pensamientos y sueños. Por eso son de colores.

El original de Botticelli
Mi versión  de Venus con un marco de plástico

Una composición de raro origen románico

Mosaico de fotografías para mi composición



Y estas ya son fotos con móvil, malas y poco claras, desde la terraza del c.c. Plaza con la Luna (se ve pequeña) naciendo.





jueves, 12 de marzo de 2015

Cae la tarde en la calle Alhamar

Cae la tarde en la calle Alhamar. Acrílico y óleo sobre tela. 65 x 50 cm. 2015
Y las últimas luces escapan por los pisos altos, las azoteas, por el cementerio y el barranco del Abogao arriba. El cielo desparece de este a oeste.

Es la hora triste de las tardes  de febrero cuando sigue siendo día pero un día ya viejo, con poca vida que por momentos se le va.

N se han encendido todavía las farolas  y la calle apenas está alumbrada por los semáforos, por algún escaparate tempranero, por los últimos reflejos del sol golpeándose en los cristales de las ventanas.

Penumbra. La gente va y viene, los coches suben y bajan,  en la puerta del hotel turistas que se van, en el paso de peatones niños y niñas que vuelven del colegio, hay cierto escándalo en los bares de copas para trasnochadores del mediodía…

La vida como suspendida en la tarde de la calle Alhamar. La vida expectante en el día que se acaba, a la espera de la noche. Cuando llegue, pondrá en ella un pié, y cuando esté firme y asegurado saltará con todo su cuerpo para seguir andando los pasos del reloj.


Colores decaídos, luces tristes, final melancólico de la tarde. El tiempo se frena y retiene (todavía es pronto para unas cañas). Cuando llego a casa y enciendo una lámpara, mágicamente se reanuda. Pero esa es ya otra historia y cuento.














martes, 17 de febrero de 2015

Camino de Ronda, con atasco, en los años ochenta

Atasco en el Camino de Ronda. Acrílico y óleo. 50 x 65 cm. 2015
Conforme se van haciendo años aumenta el pasado y con él la cantidad de artefactos, ideas y momentos acumulados. De cuando en cuando me da por ordenar o recuperar el trastero de los años vividos. Cada vez que lo hago hay más donde revolver. En cada cajón que se abre, en cada caja, carpeta o papel aparecen cosas, recuerdos  y cada vez es más divertido trastear porque hay más cosas donde revolver. Así pueden pasar horas.

Hace poco le tocó el turno a mis archivadores de negativos fotográficos. Cientos y miles de imágenes guardadas y ordenadas con el cuidado del que a veces soy capaz.  La cosa digital ha convertido en muy pocos años a los carretes de película fotográfica, como a los discos de música o las cabinas de teléfono, en objetos de arqueología técnica. Totalmente en desuso, los tenía escondidos en lo hondo del cuarto de los trastos, del trastero de la memoria.

Repasando distraídamente las imágenes de los negativos encontré unas fotos nocturnas del Camino de Ronda. Están hechas una tarde-noche de enero de 1988 con mi cámara Pentax recién comprada así un poco en plan experimental, sin saber mucho lo que hacía. Salieron lógicamente movidas y desenfocadas, sin apenas detalles reconocibles más que los faros y los pilotos traseros de los coches. Cuando las llevé a revelar y las vi,  las deseché de inmediato. Por eso las tenía olvidadas.

Ha sido ahora, al volverlas a ver tantos años después que me he dado cuenta de que tienen su aquél. Hay luces blancas y rojas, verdes de los semáforos, reflejadas todas en el asfalto de la calle. Se intuyen los luminosos y los escaparates. Una perspectiva achatada por el uso de distancias focales largas crea una escena en diagonal y le da compás a la sucesión de faros y farolas. Y además de parecerme, ahora, una composición interesante, me trajeron el aroma de aquella calle junto a la que viví buena parte de aquellos años ochenta y en cuyo entorno anduvo buena parte de mi andar de entonces.

Por aquellos años no existía más que esta avenida para cruzar Granada. Para ir o  venir a o desde cualquier sitio había que pasar por ella. Era a la vez travesía y barrio, servía lo mismo para el tráfico de doméstica proximidad que para el transporte pesado de paso. Por eso, a la fealdad de los edificios que desparramó la especulación de los chicos del Régimen, sumaba un tráfico denso, permanente, lento, maloliente y ruidoso: coches, taxis, autobuses, camiones, motos, más coches, furgonetas, más coches y camiones… Se le hubiera podido llamar el atasco que nunca duerme.

Pero no dejaba de ser el lugar donde pasaba buena parte de mis días y lo recuerdo con cierto cariño. Y además es que tenía su aquel. Conseguía cierto aire urbano, de vida industrial y acelerada que en otras partes de la ciudad por sus encantos universales o por su carácter de pueblo grande en muchos de sus barrios, faltaba. Recién llegado yo de mayores lugares era lo más parecido que encontré a mis escenarios perdidos. Y siendo entorno urbano no dejaba de ser barrio en el que recaló parte de la avalancha rural de esos tiempos que se mezclaba con toques del carácter local y que daban como resultado paradojas tales que llamarle Redonda, por su original función de circunvalación o ronda, a la calle más larga y recta, casi la única larga y recta, de Granada.

Por todo eso cuando encontré los negativos me gustaron y disfruté recordando los buenos momentos, que no los malos, de aquellos años.






lunes, 2 de febrero de 2015

Piscina en invierno

Piscina en invierno con limonero. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm  2013

Piscina en invierno, brillo frío del agua en un día húmedo.

Mosaico de agua bailando, reflejos moviéndose y como fuera de contexto, el amarillo del limonero.

Una piscina en invierno sola y vacía. El aire agita las palmeras y empuja a los cipreses.

Paredes azules, formas azules en el jardín vacío.

La melancolía de las cosas fuera de lugar, la sorpresa de la libertad

Una piscina en invierno.

Contrapunto ácido amarillo.

Teselas de agua reflejando el gris del cielo.


Paisaje vacío agua reflejando el frío del cielo, sol tibio, estampa fuera de (en otro) contexto.


diluvio 1

diluvio 2

la playa fuera de (en otro) contexto 1

la playa fuera de (en otro) contexto 2

limonero

sol tibio de invierno

martes, 9 de septiembre de 2014

Muy Nombrada Ciudad de Granada

Muy Nombrada Ciudad de Granada. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm  2013

La estampa de hoy es una vista de la muy noble, leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica ciudad de Granada. Una vista ideal, imaginaria pero muy real, desde la terraza de mi casa cuando vivía en el centro del triángulo formado por el campo de futbol, la cárcel y la plaza de toros. Imaginaria porque mi terraza daba a izquierdas  y esta es a derechas. Real porque es muy parecida a lo que se vería desde esa terraza a derechas.

Está pintada bastantes años después de abandonar aquel barrio. Hace unos meses, revolviendo papeles, me encontré con un dibujo que hice en aquellos años. Era el apunte de la vista de la que hablo. Una imagen muy evidente y convencional: La Alhambra (en la terraza real no se vería porque estaría tapada por la muralla exterior y san Nicolás) bajo una sierra que brilla a contraluz como flotando en el cielo. Pero además, los edificios altos, los bloques de pisos feos de los sesentas y setentas, los tejados y azoteas del barrio... semáforos, antenas, alguna farola, algunos cipreses. Una estampa real, imaginaria pero existente y viva.

Pocas veces he pintado algo de Granada. Me ha siempre que como las fotografías de la Alhambra, si salen bien parecen postales ajenas y profesionales y que sólo si salen mal parecen de uno. Es por eso que he pintado pocas escenas incomparables, pocas torres, pocos muros blancos, rojos y ocres, poco paisaje patrimonial. He preferido hacerlo con los vasos de vermú, con las cañas de cerveza y los reflejos de las farolas en los charcos en noches oscuras de lluvia con luces doradas y artificiales.

Llegué a  Granada hace ya muchos años cuando tenía apenas veintipocos. No fue una llegada fácil, más bien abrupta y traumática. Salí de Madrid por la parte moderna y progre y entré en Granada por la parte digamos, administrativa. La cosa estudiantil y el desenfreno de gentes diversas, que tan nombrada hacen a la ciudad, para mí no existieron. Sí lo hizo  por el contrario el punteo y cuadre de documentos.

Esa parte administrativa de la que hablaba, tenía su parte siniestra de gente gris de aspecto y de alma represiva. También su parte popular de zoco y mercado, de bullicio y trapicheo, de puestos de fruta y verdura a la venta en los callejones, olor de hierbas más o menos curativas, más o menos medicinales. Clientes y gentes de vidas exageradas cada uno en su cosa: pobres demasiado pobres, pescaderos con escamas en las manos y en los billetes, locos muy locos, viejos totalmente solos. A menudo las letras no se sabían leer y sólo se utilizaban para  pagar. Un mundo de sabor fuerte y especiado, algo oriental. Digan lo que ahora digan los recuerdos, a mí no me gustaba aquello. Demasiado sabor, especias a espuertas, sabor demasiado empalagoso, fuerte y duro, todo a la vez.

Entré, como digo, con el pié cambiado y así sigo ahora que ya casi me voy. Porque aunque a los bares y trasnoches terminé incorporándome, lo hice por la citada vía administrativa. Algún intento de pasarme al otro bando hubo pero ejecutado sin determinación. Alguno hubo resuelto en amores que caros hubieran salido a todos si no hubieran, abruptamente, acabado.  Pero lo voy a dejar porque no quiero que esto sea, o que parezca, una enmienda a la totalidad, rencorosa, con el pasado.

Ni me gustan ni aprecio las postales perfectas. Esas pinturas realistas de paisajes que no existen. Limpios de mancha y defecto, con luces pretendidamente, bonitos edificios y calles sin mezcla alguna de cables, señales de tráfico, bloques de pisos amontonados, sin ruidos desagradables ni olores a humo. Son estampas inexistentes, frías y plastificadas. Son como la pornografía profesional, sin morbo porque sólo lo tiene lo posible que a su vez siempre es defectuoso (por eso es que existen con gran éxito las fotos amateur.

Desde que sale el sol hasta mediodía, por la cara de levante, los contraluces borran los medios planos. Sólo se distinguen las formas y colores que están inmediatas o muy cerca de los ojos. Detrás de ellas grandes espacios etéreos y plateados difuminados por el resplandor del sol. Flotando encima, la Sierra. Pero existen los pelos y el que repara en ellos no come tocino. Existen las antenas y los cables, los semáforos y las farolas, las baldosas baratas y mal colocadas en las terrazas de edificios altos y feos, el martilleo de las voces y los ruidos de las gentes en sus coches que van y que vienen. Hay barrillo cuando llueve y en las aceras chicles pegados y algún gargajo.

Como sucede en todas las autobiografías, el lema de Granada es exagerado y bastante mentiroso. Intenta dar la mejor imagen de sí misma aunque no sea la imagen completa o cierta. Cuando me casé, tuve ocasión de comprobar que en las escaleras del convento desamortizado hoy ayuntamiento está escrito el tal lema. Dice "muy noble, leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica ciudad de Granada". Es el equivalente antiguo de esas fotos de facebook en las que todos intentamos  parecer quien nos gustaría ser. Aquí ocurre lo mismo. Porque lo de grande es relativo y depende de con quien se compare. Leal, es lo que decimos todos, leales y sinceros. Noble, de aristócratica es cosa que de nada sirve ya hoy día. Celebérrima, algo exagerado, lo cambiaría por célebre, mas sobrio y ajustado. Nombrada, vale, bien. Pero desde luego lo que es pasarse unos cuantos pueblos es apellidarse heroica. Lo podría negar y decir Farax Aben Farax recordando cuando entró al Albaicín en 1568 y le cerraron puertas y ventanas diciéndole aquello de "sois pocos y venís presto". O con mayor autoridad el general Horace Sebastiani, comandado por la Armee Imperial du Midi para ocupar Granada. La única resistencia que encontró fue la de los ricos lugareños que se resistieron, durante casi diez minutos, a poner la parte que les exigió el general para terminar las obras del teatro municipal. Fueron derrotados a pesar de su arrojo y el teatro se inauguró en 1810 con el patriótico nombre de Napoleón, más tarde Cervantes cuando la cosa de la "liberación" y la vuelta de S.M. Fernando el Séptimo.


Entré en la muy nombrada ciudad con el pie cambiado y a eso achaco que treinta y tantos años después siga llevando una vida apartada. Será está la explicación o habrá que buscarla en mi falta de talento social o en cualquier otra razón o en varias o todas juntas. Ya da  igual. Me parece más interesante discutir si los brillos del vaso de vermú o las gotas de rocío en la caña helada de cerveza casan mejor con una interpretación cubista o quizás con otra expresionista, averiguar porqué cada vez hay más palomas y menos golondrinas o aclarar porqué se permite el pestazo a mantequilla de algunos establecimientos de comer al paso.


domingo, 3 de agosto de 2014

Paseos de atardecer por la playa. Autorretrato con Lobo.

Autorretrato en la playa con Lobo. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm  2014


No me gusta la playa en temporada. No me gusta el calor ni el gentío ni la luz incolora de las tardes de verano. Por eso mis paseos de playa son de invierno o de otoño o de primavera temprana. Tengo dos perros. A Luci le disgusta enormemente el tráfico de vehículos y el tránsito de humanos, especialmente de humanos niños. Sólo le gusta correr por el campo, por la sierra, por los olivares y los pinares. En ámbitos urbanos pone el freno y se niega  a salir. Para llegar a la orilla del mar hay que cruzar calles, carreteras,  la A-7. Por eso no me acompaña. Los paseos de playa al atardecer, a veces al amanecer (tiene la misma luz pero volteada horizontalmente, el sol en levante) los hacemos Lobo y yo, solos. Lobo es un todoterreno al que le dan igual los ruidos, los coches y los críos, sólo le interesan los olores y las discusiones con los otros perros. Yo creo que es feliz paseando conmigo. Al menos me lo parece así.

Lobo mirando sus propias estrellas en su cielo

Lobo en la playa al tardecer

Lobo corriendo por la playa al amanecer

La foto original del autorretrato


En algún sitio he leído –alguna lectura barata de Internet seguramente- que el objetivo del Expresionismo alemán fue potenciar el impacto emocional distorsionando y exagerando los temas. Representar las emociones sin preocuparse de la realidad externa, sino de la naturaleza   interna y de las impresiones. La fuerza psicológica y expresiva se plasma a través de los colores fuertes y puros, las formas retorcidas y la composición agresiva. No importa ni la luz ni la perspectiva, que se altera intencionadamente. No lo he entrecomillado porque he adaptado alguna cosa y porque no tomé referencia de la cita. Esto es la misma cosa que ya me había encontrado antes en la conocida historia que García Lorca cuenta de Pastora Pavón, Niña de los Peines. Cuenta que un "hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva París! como diciendo: <<Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. NOS IMPORTA OTRA COSA>>". Dicho de mejor y mas hermosa forma que lo dicen las frases de arriba, es la pura idea de expresionismo (el flamenco tiene una mitad cubista y otra expresionista). Lo traigo a cuento para quitarle a Expresionismo el apellido alemán que es algo que  hace muy poco romano en estos tiempos.

El cielo del atardecer

El sol despidiéndose en las ventanas

Camino de la playa sobre la A-7


La Concha desde la playa

Al fondos los edificios, delante el mar


Mis paseos de atardecer  -a veces de amanecer-  por la playa, cuando no es temporada alta, son paseos expresionistas. Lo son porque están armados con  luz  a veces contrastada a veces difuminada, acompañados por el sonido mecánico de las olas y sazonados con el movimiento rítmico de las teselas  que forman el horizonte de alta mar (las nubes corren perseguidas a duras penas por el sol viejo que se va, a veces por el sol niño del amanecer). Estas entradas sensoriales sólo son la cápsula que protege sin provocar alteración lo que realmente importa: las ensoñaciones, reflexiones, fabulaciones, planes de deseo, disección de oportunidades perdidas, errores auto-explicados, sueños eternos nunca cumplidos... Lo que voy pensando mientras camino o de otra manera dicho, los trabajos de la cabeza autónoma del cuerpo que anda defendida por las cosas del atardecer, a veces por el amanecer. Le he preguntado a Lobo si a él también le ocurre lo mismo pero no me ha contestado, me ha mirado con melancolía y ternura, con un punto de preocupación.

Este de hoy es un autorretrato paseando por la playa al atardecer, con Lobo a mi lado. El sol se arrastra por los suelos exagerando y alargando las sombras. Las luces son rojas y calientes, aunque sea invierno. Las olas golpean sin parar la fragua de arena y detrás del mar las primeras luces se encienden en las ventanas y en las calles, oscurecen las primeras sombras en las sierras. Es un autorretrato en la playa de piedras donde desemboca el río Guadaiza, en San Pedro Alcántara, debajo de La Concha y de Sierra Blanca. Las estrellas del cielo a estas horas no se ven pero aquí las pinto porque representan los trabajos de mi cabeza, mis sensaciones, ilusiones y preocupaciones. Algunas no son mías son de Lobo.

Esta creo que es del amanecer

Piedras de la playa

Seguro que el amanecer

Seguro que el atardecer

Las palmeras corriendo hacia el agua y el sol


Resumo y acabo. Ahora resulta que como me ha pasado en tantas ocasiones soy un vanguardista de hace CIEN AÑOS. Cien años después he descubierto aquellos descubrimientos de entonces. Paseando con Lobo por la playa, casi cien años después he comprendido aquello del ¡Viva París! Soy un auténtico vanguardista del pasado. 

Cuando he intentado explicarle todo esto a Lobo, me ha mirado con ojillos de pena pero enseguida ha vuelto a sus propias estrellas, a los excesos de comida, los ladridos a los mirlos negros, a oler las esquinas, a intercambiar gruñidos con los perros de marca con los que se cruza…

La tarde va pasando y cuando se encienden las farolas y ya sólo queda oscuridad paradójicamente desaparecen las estrellas. Volvemos a casa y a la nada poética realidad.

Por cierto que aquella otra cosa a la que se refería el hombrecillo del aguardiente es la misma de la que hablaba Juan de la Cruz: "Por toda la hermosura nunca yo me perderé sino por UN NO SE QUÉ que se alcanza por ventura". Lo digo por lo de quitarle fuerza al apellido alemán.



Desembocadura del río Benabola

El atardecer en barca

Jebel Musa y costa de Yebala

En el paseo voy dejando el sol a mi espalda

Se van encendiendo algunas luces

Se va apagando el día

Un mundo y el otro

Columnas de Hércules