domingo, 20 de mayo de 2012

Extranjero en su propia tierra: olivo y mimosa.


Olivo acosado por una mimosa en flor.Digital. 65x50. 2012


La Mimosa, acacia azulada, Acacia saligna o Acacia cyanophylla, es una planta leguminosa de origen australiano considerada aquí como especie invasora y gran enemiga de las especies autóctonas. Importada para trabajar en el ornato de parques y  jardines, ha saltado las lujosas tapias y hoy coloniza descampados, solares sin vender ni edificar, márgenes de carretera y cualquier otro espacio disponible. Es poco exigente. Su capacidad para fijar el nitrógeno atmosférico, común a  todas las leguminosas, le permite colonizar suelos pobres y despoblados siendo esta una de las razones de su gran expansión, (dicen que) descontrolada. Al final del invierno florece en tonos amarillos intensos. Sus hojas aparentes no son tales pues en realidad se trata de tallos aplastados que se llaman filodios.


En 1956, recién indultado el Régimen por el Mundo Libre, la fuerza aérea gringa hizo el primer mapa fotográfico aéreo de la Península (o el segundo, porque creo que los aliados nazis del aliado del Mundo Libre hicieron el auténtico primero, no se si completo, hacia 1940). Se le conoce como Vuelo Americano y hace unos años que la Junta de Andalucía publicó la parte que le toca. En la foto de ese vuelo correspondiente a la ribera del río Benabolá, donde hoy está el campo de golf Las Brisas, se observa una plantación de árboles. La escasa calidad de la imagen en blanco y negro dificulta la identificación del cultivo pero el color  oscuro (que parece corresponder con un verde intenso) y  lo apretado de la plantación (con los árboles casi tocándose los unos a los otros) induce a pensar que se trata de naranjos. Apoya esta versión el dato de que, efectivamente, en la zona se producían naranjas que se exportaban envueltas en papel de seda estampado con la marca "Colonia del Ángel. Productores de frutas cítricas", el dibujo reconocible de la Concha y una plantación de naranjos.  

La oliva y la mimosa, desde mi terraza


Por aquellos años no existían allí edificios fuera de algún cortijo suelto. Hoy es radicalmente distinto y lo raro es encontrar un metro sin ladrillo, cemento o asfalto. Aprovechando nuestros paseos, los perros y yo vamos rastreando rincones con la intención de identificar entre los jardines, entre las casas, las tapias y los solares baldíos, algún resto de aquellos años exclusivamente agrícolas. En una de esas y abriendo hueco en la valla vegetal del dicho campo de golf, llegamos a descubrir que lo fotografiado por los americanos no eran naranjos sino olivos. Quedan algunos, con el mismo marco y disposición, formando bosquecillos en mitad de la hierba. La prueba indubitable de que lo son se consigue mediante la comparación de las ortofotos de 1956 y 2004: los árboles que se ven por el agujero son los mismos que ya existían en esa primera fecha y son, basta con mirarlos por el hueco de la cerca vegetal, olivos. Resulta sorprendente pero en aquel rincón entonces remoto y lejano, vecino cercano de África, existía ya entonces una plantación casi intensiva, muy moderna. Cultivos entonces sorprendentes y avanzados, muy distintos de los tradicionales olivares extensivos de secano. Explotación puntera nacida a su vez de una tradición industrial metalúrgica desparecida y absolutamente discordante con lo que hoy es la comarca entera.

Mimosas en la ribera del Benabolá



Las cosas han cambiado y mucho. Calles, edificios, jardines (que no huertos), apartamentos, centros comerciales y academias de español para extranjeros se adueñan con avaricia desenfrenada del espacio. Como reservas indias, algunos rincones junto al río Benabolá mantienen suspiros de vida no salvaje pero sí natural.


Llegaron las mimosas a la Costa para trabajar como plantas ornamentales en los jardines de las nuevas casas ricas que se estaban sembrando.  Un trabajo poco cualificado consistente en florecer en marzo, hacer masa verde durante el resto del año y poco más. Ayudadas por el viento (que no es de ninguna parte) acabaron por saltar las cercas y comenzaron a colonizar los suelos pobres que ninguna planta autóctona quería (ya hemos contado su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico). Tanto se extendieron que a día de hoy marzo y abril son meses absolutamente amarillos en las cunetas, en los descampados y en algún jardín olvidado (ya, por asilvestradas y comunes, no se cotizan en las lujosas mansiones). Paisajes saturados de amarillo desplazan a los paisajes de colores locales durante el final del invierno y el principio de la primavera.


Mimosa en flor

Enfrente de mi terraza, en la ribera del Benabolá, sobrevive uno de esos pocos rincones libres y abiertos. Algún chopo, algunos pinos, muchas zarzas. Todo muy racial. También grandes eucaliptos (estos ya forasteros) y mimosas, muchas muchas mimosas. Por eso la primera primavera es también aquí  tremendamente amarilla, toda plagada de mimosas en flor. Entre ellas y las zarzas de la orilla sobrevive un olivo solitario y abandonado que apenas ha empezado a mover la savia. Está como acobardado entre tanto amarillo. Un olivo hoy abandonado que seguramente formaba parte de aquella plantación modelo guardada en la memoria del Vuelo Americano de 1956. Fue la vanguardia tecnológica del olivar  y hoy malvive extranjera en su propia tierra rodeada de infieles. No sigamos. No hace falta aclarar más adónde nos lleva este camino. Pero, aunque ignoremos los posibles matices políticos del asunto, no podremos evitar toparnos con su triste estampa de olivo abandonado, triste y asfixiado. Las fotografías que adjunto dan fe de su  estado.

Mimosas, olivas, pinos, eucaliptos
Más mezclas












El olivo es un árbol humilde, trabajador y sufrido, resistente a la sequía y a los malos propietarios. Tiene muchas virtudes y algún que otro defecto. Por ejemplo, es bastante huraño y no soporta la cercanía de otros árboles, de cualquier otra planta que sea algo más que una hierba... Le tiene pánico a los vecinos. Cuando un olivar se abandona de inmediato sus habitantes se encojen, se acobardan de tal manera que  hasta una simple zarza les puede. El olivar abandonado en muy poco tiempo se disuelve y desaparece. Cualquiera que haya salido un poco al monte lo ha visto alguna vez.

Mimosas escondiéndose detrás de los eucaliptos


Como decía, pocos años después del Vuelo Americano la zona sufrió una inaudita marea constructiva. Las casas y los jardines sustituyeron a los cultivos. Tantos jardines caros se plantaron que las plantas autóctonas fueron incapaces de llenarlos, incapaces de aportar el toque exótico que necesitaba algo tan exótico por aquí como son los jardines con césped. Se importaron toda clase de extravagancias. En http://floracostadelsol.blogspot.com.es se puede leer y aprender sobre las plantas nuevas y también sobre las antiguas.


En esta guerra, perdida de antemano, los olivos casi desaparecieron. Hoy, hay que buscar sus restos con métodos de prospección arqueológica vegetal. Pero quien realmente desplazó y aniquiló a los olivos fue el P.G.O.U. Fue la especulación quien acabó con el campo, fue el dinero quien abandonó almendros, olivos y viñas como abandonan los amos crueles a los perros viejos. ¿Que culpa tiene de esto la mimosa? Seamos serios. A los olivos primero los diezmó la construcción y luego su carácter huraño les hizo retraerse aún más. No supieron o pudieron adaptarse a los pequeños huecos vegetales, superpoblados de plantas venidas de todas las partes. Pero esta situación la provocó el P.G.O.U. no la provocaron esas nuevas plantas. Con los olivos de la costa acabó  el abandono y el dinero.


Por mi parte sólo me queda añadir que yo las cosas ya las conocí cambiadas, como son ahora. La mezcla de ahora me parece lo natural. No añoro pasados tiempos supuestamente mejores.  Y siempre me han gustado las fronteras y las líneas de contacto. Y bien está que así sea.

Un mes después, las mimosas sin flor. La oliva punto de florecer


(ha llegado mayo, las mimosas ya no son amarillas que son masas verdes de filodios y ramas sin flor. El olivo acosado y perdido, que parecía asustado y sin futuro, se está cuajando de flor. Flor pequeña y trabajadora, productora de aceituna y aceite, hija de Grecia y Roma. Es tanta la flor que su color sin lujo destaca sobre la mimosa desnuda, sobre el pino y el eucalipto. ¡Árbol admirable! Como los perros lame la mano que le pega, esa mano que lo dejó abandonado. Esa misma mano que, ahora, culpa a la mimosa)


Arriba, vuelo americano de 1956, abajo, misma zona en 2004 (Sigpac)

domingo, 6 de mayo de 2012

Las mañanas, la noches y el paso de los años.


Brillo del rocío en la hierba y chopo sin hojas en un contraluz de mañana de invierno. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2012



Hace años, muchos (tenía yo pelo entonces), en mi entorno las noches tenían un enorme prestigio. Todo buen, o mal, estudiante estudiaba de noche y el que sin necesidad se acostaba antes de las doce o era por algo o era por raro. Los días empezaban en la noche porque en la mañana empezaba el tiempo de descansar. En aquellas noches, las de verano especialmente interminables, había tiempo para casi todo. Todo o casi todo sucedía de noche, todo lo que podía tener algún interés. Como a casi todos a mi me gustaban las noches, aquellas noches de verano, noches calurosas y tranquilas, noches silenciosas con muy pocos ruidos entonces.

Sol de la mañana


Recuerdo que como todos mis parejos en edad, me reía de la gente mayor que llegaba al trabajo mucho antes de lo que debía solo por el gusto de leer el periódico y de no hablar con el compañero de al lado (por el gusto de que notara que no le hablaba simplemente por el gusto de no hacerlo).




Como sucede en todos los cuentos, pasaron los años y ahora cada día de cada año madrugo más, cada noche me acuesto antes. Y me gustan las mañanas. Antes prefería el atardecer y ahora el amanecer sereno y silencioso (como el de aquellas noches antiguas de verano), el amanecer de claridad creciente que a la par que disuelve las sombras  perfila las formas con colores saturados. El fresco de las mañanas del verano y el color radicalmente azul de las mañanas de invierno antes de salir el sol. Me gusta la luna cuando corre a esconderse por el oeste y la escarcha que brilla en la hierba al contraluz de los rayos rasantes del amanecer. Me gusta oír como se pone lentamente en movimiento la maquinaria del mundo.


Amanecer y burbuja













Me siento bien de madrugada, optimista y sereno en mayor grado que durante el resto de las horas. Llego al trabajo mucho antes de lo debido simplemente para sentarme  delante de la pantalla a ojear noticias.



Identificar el amanecer con el nacimiento del sol y con la vida,  hacerlo del anochecer con su muerte y con la muerte, es un lugar tan común que lleva haciéndose miles de años. Esta identificación tan antigua  es a la vez tan común no por ser  cosa poética ni malamente literaria sino, creo yo, que por ser biológica y ancestralmente animal, por influir en los biorritmos. A causa del sustrato físico-químico no resulta sorprendente que cuantos más años más alivio produzca el amanecer, pues  no es otra cosa que otro día más que tenemos por delante. Tiene toda la lógica que cuando se es joven, cuando la vida parece eterna, guste jugar con la noche (muerte), con el veneno de la serpiente y con el filo de la navaja: nada puede pasar cuando nunca se va a morir. Pero esta forma de ver las horas cambia conforme la vida poco a poco va dejando de ser eterna y la muerte poco a poco deja de ser una historia ajena y lejana. Con los años, el amanecer se vive con el alivio de una prórroga, cada mañana es un día más por delante y cada noche un día que ya pasó (y que hemos perdido).

Brillo de la hierba
Muy de mañana












Creo que queda claro, poco hay que añadir, quizás que también conforme pasan los años me gustan más los árboles. Me gustan sobre todo los árboles crecidos y no por grandes sino por añosos. Los que ahora ya son veteranos son los únicos árboles antiguos que voy a conocer pues ya  no queda tiempo para que otros crezcan y envejezcan. Por eso me enferma que arda un árbol o que lo corten o que lo maten. Cuando en mis paseos de primera hora por el campo veo a un lado del camino brotes de pino o de encina o veo cualquier cría de cualquier otro árbol, se derraman unas gotas de melancolía: crecerán y, seguramente, se harán grandes pero ni mis perros ni yo los veremos así. Esta concepción de los árboles como tesoro no renovable desde el punto de vista del tiempo, es lo que me ha hecho adquirir la costumbre de pintar árboles.

El primer sol de la mañana




Chopo sin hojas
Chopo brotando al principio de la primavera