martes, 20 de agosto de 2013

ILUSTRACIONES CON CUENTO

A mis primos Rosi y Martin, en recuerdo de las conversaciones inacabadas aquella noche de verano con cerveza y cañaíllas, en Lacra.


Pinturas con cuento.

Tenía que elegir un título para mi blog pero nada de lo que se me ocurría me convencía, todo me dejaba un regusto de disgusto o de simpleza y cortedad, de oropel presuntuoso y excesivo.

La opción mas obvia hubiera sido usar pintura pero, igual que me pasa con relato, nunca me ha gustado esa palabra. Nunca me gustó usarla quizás porque suena a tienda de pinturas, a estanterías  llenas de botes con todos los colores, brillos y acabados, tanto para interiores como para exteriores. Peor opción  sería,  por pedante y pretenciosa, usar obra (prima hermana de carrera, trayectoria, y otras similares que yo nunca he tenido). Imagen tampoco era buena porque suena a procesión y COSA parece inexpresiva, radicalmente genérica.

Absolutamente perdido y a falta de opción mejor, tiré por el camino de en medio y me resigné a volver al principio, a  PINTURA. 

PINTURA. No está mal después de todo. Tanto el óleo como el acrílico no dejan de ser pinturas de pared. Aplicadas con pincel fino pero pinturas de pared. No se soportan  directamente en el yeso como los frescos sino en telas, tablas o papel. Pero esta pequeña diferencia no evita que sean pinturas para poner en una pared porque esos soportes tienen un mero carácter instrumental. Sirven para ahorrarse un dinero en pintores de verdad.

Pintura fue el título del blog y para mayor alarde de obviedad le añadí  mis iniciales: http://vogpintura.blogspot.com.es/ Ya comprendo que es un título que jamás epatará a nadie, que frustra y desilusiona a los que esperaban algo mas distinto y sorprendente pero es lo que hay y así empecé a funcionar.

El mundo se mueve sin que nos necesite a ninguno de nosotros  y las cosas, incluyendo los blog, también porque tienen vida propia y conforme crecen y se hacen mayores buscan su propio camino. Entrada a entrada fue haciéndose evidente que las pinturas tenían todas una historia a la espalda y querían contarla, explicarla y hacerlo de una forma muy sistemática y documentada (prueba de que yo nada tuve que ver) con fotos, textos y hasta con planos y mapas. Como digo, eso lo fue haciendo el blog, el solo. Yo me limité a subirme al carro cambiando el título cuando ya era todo más que evidente. Aunque esta vez sí fui madrugador y rápido en la elección: PINTURAS CON CUENTO. Creo que estuve acertado, cuento y no relato, cuento que tiene que ver con los sueños, cuento y no historia que tiene que ver con algo comparativamente tan parcial como la erudición.
 
Intentando imitar a Botticelli: "Las Tres Gracias en la Cuesta de los Gallardos"

Nada raro tiene esto que digo pues forma parte, ahora lo veo claro, de  un proceso absolutamente lógico y creo que involuntario o autónomo de mi. Cuando empecé a pintar, hace ya,  inmediatamente antes de que me diera por pergeñar copias o engendros imitados de Botticelli, me ocupaba con una especie de dibujos en estilo románico (o así). Mi  condición de estudiante de Historia Medieval me empujaba a inventar grifos con cabeza de gato con arquerías y capiteles al efecto. Ni pantocrátores ni teotocoses, gatos y  seres fantásticos muy propios también de la iconografía de principios del milenio. El arte románico más que arte es pedagogía, explica historias, para eso está hecho y pensado. Mi gusto, estilo o lo que sea surgió del influjo del arte de una época que utiliza las formas y los dibujos como si fueran letras. Letras para que las lean  incluso los que no saben leer.

Bicho-gato románico con arquería

Pero antes de seguir y para freno de polemistas. Reconozco que no fue el arte románico el primero ni el  último en ejercer labor divulgativa. Esta fue una ocupación propia de todos los estilos hasta que el arte empezó a ser moderno y a dejar de interesarse por la gente. Pero yo estudiaba historia medieval y no egiptología ni arte clásico y lógicamente me dio por la cosa cluniacense. Además, se correspondía con mis gustos: colores brillantes, trazos fuertes y esquemáticos, ojos enormes, bichos fantásticos,  iconografías que tratan de lo elevado y lo espiritual con los elementos del siglo… Cosas que siempre me han gustado, como la cerveza fría...

Así fueron los orígenes. Después, poquito a poquito, he llegado a comprender que no soy pintor. Y no lo soy no porque no lo sea profesionalmente en ninguno de sus sentidos sino porque no pinto y nunca he pintado nada. Me  dedico a pensar historias (a veces a vivirlas) y luego las escribo con colores, rayas y sombras.  Sin buscarlo ni pretenderlo he ido pariendo un alfabeto gráfico que no usa signos para las letras sino para los conceptos (para los sentimientos, para las luces y las horas del día). Pintura ontológica. Una especie de pictogramas de diseño más o menos fijo que representan  lunas y olivares, chopos, corrientes de agua o rayos de sol inundando los rincones umbríos hasta que pierden la fuerza y el brillo  y mueren. Me angustia que mis pictogramas no se entiendan y es por eso que tengo la obsesión de traducirlos mediante textos al lenguaje convencional. Doblemente, explicados (o triple si contamos las fotografías).

ILUSTRACIONES. Ilustraciones  con cuento. Hace ya tiempo que me tira la cosa digital visual, el PhotoShop, el Paint incluso el Excel. Son composiciones que ya no son esclavas de paredes y testeros, que se pueden ver en pantallas, imprimir en un folio o ponerlas en un folleto. No se si son pinturas auténticas. Me da que para evitar que algún funcionario del sector me ponga en mi lugar las debo de llamar ilustraciones. Ilustraciones, como aquellas de los libros de editorial Bruguera que contaban la historia de forma paralela pero independiente con texto y comic y  que se podían seguir por cualquiera de los dos caminos. Recuerdo con especial intensidad “Los últimos días de Pompeya” y esos tremendos dibujos del Vesubio echando fuego, de la bondad de los cristianos y de la maldad de los paganos, avariciosos y faltos de principios incluso en el último trance. 

Lo mío, finalmente, son ilustraciones. O cuentos ilustrados, o ILUSTRACIONES CON CUENTO.

Los últimos días de Pompeya


¿Pero sólo son ilustraciones las digitales, las hijas del mundo de las artes gráficas modernas? ¿No pueden servir los acrílicos para ilustrar? ¿Se definen las ilustraciones sólo por la técnica y el soporte? Me parece que estas preguntas y otras de similar tenor abren a la discusión inmensos territorios sin explorar. Pero que para esta aventura harían falta nuevas y abundantes provisiones de vino y cerveza, de tapas y de conversación. Hoy, siendo la hora que ya es, me quedo en la ilustración digital con cuento. Y aquí  van algunas escritas en estos meses:

Amanecer en la terraza del centro comercial Plaza.

Paseo de amanecer con los perros. A veces, en algunas épocas del año a mitad de camino, cuando me asomo al balcón del Centro Comercial Plaza está saliendo el sol, brilla el mar, se enciende el cielo. Todavía quedan luces y faros de coches en la orilla oscura.



El árbol de mi calle esquina con Mulhacén. En invierno. 

Los árboles son atemporales, vienen del pasado y seguirán en el futuro cuando nos vayamos (salvo que estén en Granada donde es más fácil que desaparezcan ellos antes que nosotros). En mi calle, antiguo barrio de las afueras, de calles a cordel y antes poblado por casas de dos plantas con patio interior y pequeño jardín delantero, quedan algunos árboles viejos, pocos. Los han ido asesinando y sustituyendo por pequeños naranjos que en el frío de Granada apenas crecen. También han ido desapareciendo las casas de antes, las que planificaron originariamente para formar un extraño barrio modelo típico de ciudad  industrial siglo diecinueve y principios del veinte pero en una ciudad sin industria. Según me cuentan era  muy tranquilo, en las entonces afueras, de calles de tierra, sin coches.




Mi madre paseando alrededor del Jardín de Quesada una tarde-noche lluviosa de marzo.

En los largos inviernos de los años lluviosos es complicado caminar para bajar los niveles perniciosos reflejados en las analíticas. Las tardes mojadas mi madre pasea alrededor del jardín cerca de su casa,  oportuno refugio por si arreciara. Algunas veces la he acompañado. Brillan las luces en las gotas de lluvia que cuelgan de las ramas más delgadas de los árboles. Los colores mojados se saturan en tonos eternos, ancestrales. Son las mismas tardes de lluvia en marzo que antes fueron de su madre, su abuela, las tardes de siempre, los recuerdos de tardes que con ellas se fueron yendo.

 En la cristalera de mi rincón favorito se reflejan y mezclan las luces de la calle Mulhacén con las de dentro del bar.

La calle, la acera, la gente que va y que viene, los paraguas. Una especie de rebotica de don Antonio en Baeza con cañas y tapas, algún vino: “Yo no se, don José, como son los liberales tan perros, tan inmorales…” conversaciones parecidas. La vida que va y que viene por la calle Mulhacén,  sin épica y con alguna gota de lírica.

El viejo ventilador del bar viejo.

Esta ilustración ilumina no una sino muchas historias. Junta un dibujo que hice hace ya tiempo con los colores gastados y apastelados de una fotografía descolorida. Está llena de códigos visuales que representan cada uno mil recuerdos o sólo uno: celosía, alicatado oscuro, barra metálica rematada en rojos pálidos, ventilador de techo giratorio y viejo, repintado, que un día no pudo más y dejó de dar vueltas y de fabricar fresco.  Recuerdos y cuentos tan viejos que han conseguido vida propia y que ya apenas se distinguen de los ajenos, tampoco de los irreales y de los inventados… Memoria vieja y perdida que avanza a tientas, apenas alumbrada por la mala luz de un casi apagado farol sináptico. Memoria que a veces topa con la de otras gentes, con otros  recuerdos errantes. Tan viejos todos que ya casi ni se reconocen.



Almendros junto a la A92N, cerca de Gor, a principios del extraordinariamente lluvioso mes de marzo del año 2013.  Camino a Quesada desde Granada.

Esta zona cerca de Gor la  que ahora llaman el Altiplano Granadino, es áspera, fría y seca. Un paisaje duro y difícil aparentemente sombrío dedicado a ser tránsito lo más veloz posible, especialmente desde que existe la autovía. A mi, que siempre he mantenido raras doctrinas, me gusta. Me gusta por esos contrastes de tonos pardos y ocres donde el verde de los raros árboles se hace  con el mando del paisaje al igual que la luz de las pequeñas estrellas se hace con los cielos negros sin luna. Además, hay muchos almendros viejos que sirven para hacer buenas lumbres (cuanto se acordaba en invierno Pepe Jiménez de su padre que los plantó, al parecer, con ese exclusivo fin) Almendros que también sirven para florecer en marzo, con el retraso propio de esta estepa de hielo.

El mes de marzo fue tan lluvioso y acumuló tanta agua a un otoño y a un invierno también lluviosos que incluso estos páramos verdeaban como no suelen.

Aquel  día llovía y los colores chorreaban saturados. Un suelo verde, tierra roja empapada, cielo gris y por todos lados el blanco y el rosa de los almendros. Blanco rosado de los almendros, surcos verdes y rojos, el telón gris de la niebla subiendo y bajando al ritmo de la función.


Contrasol de mañana en el Carril de la lona


Digan lo que digan y quien lo diga el día que nos vayamos el mundo no se parará. Eso pensaba la mañana en la que alguien cercano se iba mientras que yo, por hacer tiempo, subía al trote por la Alhacaba camino de San Miguel Bajo. En el Carril de la Lona me paré a oír el ajetreo de la ciudad y de la vega a media mañana. El sol de frente y casi a la altura de los ojos difuminaba los colores con una luz de ceniza. Sólo la nieve y el propio sol brillaban en negro.


martes, 5 de febrero de 2013

Antenas y repetidores

Jardín de Quesada una tarde de diciembre. Digital. 65 x 50 cm.2013 y 2015


Repetidores y antenas en la siesta de una tarde de diciembre en el Jardín de Quesada. El cerro de la Magdalena está tan encima del pueblo y el sol del invierno es tan raso que, un par de horas antes de lo que es norma, desaparece prematuramente, detrás del perfil casi vertical del horizonte. Antes de tiempo, cuando todavía en algún bar se escuchan gritos destemplados y se ven gestos exagerados, teatralizados por los vapores del alcohol. Este ocaso a destiempo deja, abajo, penumbras frías y húmedas con olor a lumbre  y arriba, cielos blancos,  planos y pálidos.

Empiezan pronto y son largas las noches de diciembre. Se rinde pronto el sol y los rincones escondidos crían barrillo de escarcha, una marea de hielo que cada tarde-noche las ruedas de los coches reparten por las calles. Tiene prisa el sol por largarse pero como vuela tan bajo, antes de escapar dispara  algunos rayos que bajan las cuestas arrastrándose las cuestas abajo. Paralelos a las pendientes consiguen entrar por las ventanas, deslumbrar a los que duermen la siesta en la mesa camilla. Rayos que encienden algunas hojas de los olmos. Algunas de las pocas y mortecinas que aguantan. Los restos  del otoño que hace poco fue. 

Es la dialéctica de las luces y las sombras en las tardes de diciembre. Un eclipse solar sin luna. Volutas, a veces luminosas y a veces escondidas en el gris y el azul,  salen de las chimeneas y de los cigarros de los que fuman en la puerta del bar. Refulgen las antenas y los perfiles de metal. El sol que se va hiere con bajonazos de luz la barriga umbría del Jardín.

Repetidores y antenas










Es tan alto el perfil de nuestro horizonte, tan encima se asoma, que cuando buscaron lugar para el repetidor de televisión lo colgaron allí. Durante un larguísimo principio sólo estaba el repetidor de la televisión que había: un poste débil y desvalido, el más débil relámpago de la menor tormenta era bastante para asustarlo y dejarlo sin habla. Hoy no hay uno, hay un bosque de palos de hierro que gobiernan toda clase de aparatos de distintos materiales y funciones. Nunca se apagan, bien porque son más fuertes o bien porque los relámpagos, ahora, son más débiles. Y como el macho y la hembra de un enchufe, los tejados y los aleros están salpicados de antenas y receptores, bosques electrónicos que jamás  salen en las fotos, ni en los videos, ni en las pinturas ni en las demás representaciones ideales de realidades imaginadas, realidades maquilladas. Entonces, en aquel larguísimo principio antiguo, eran formas cuadradas y pinchosas de alambre, abiertas de brazos para alcanzar las palabras y los grises que lanzaba el repetidor único. Hoy son de formas compactas, más pequeñas, sin pinchos ni puntas, de puntas y bordes plastificados. Tampoco salen en postales ni estampas y viven desterradas de los recuerdos, más o menos sinceros, de acariciados pasados…
Antenas


Como de sobra es sabido, el cementerio está en el centro del semicírculo que, desde todo lo alto del horizonte rocoso, se despeña cerro abajo. Tiene mucho de solemne y de dramático este rincón.  Es de imaginar que hay un fuerte eco pero sólo e imaginar porque nadie grita allí y es difícil comprobarlo. Es un espacio donde ni los grajos alborotan, donde no alcanzan las voces que aquí, en este mundo, salen del bar.

(Silencio frío y azul bajo el cielo blanco de diciembre. Brillos amarillos eléctricos en las ramas y en las hojas de los árboles, neones naturales sobre el fondo verde y negro de las sombras.)

Estando los repetidores emitiendo desde el cementerio y estando las  antenas y receptores recibiendo aquí abajo, encima de nuestros tejados, podría ser apropiado y venir a pelo imaginar  mensajes del más allá, conversaciones sobrenaturales, presencias, cosas de esas… Pero parece quizás demasiado obvio. Quizás demasiado fácil incluso para la escorrentía de palabras tormentosas en la larga tarde del bar.

(En verano el perfil del Cerro poca o ninguna sombra aporta aunque de nada valdrían pues el fuego vertical rebota en el suelo salpicando hasta los rincones más abrigados. Caen llamas perfectamente perpendiculares al suelo ajenas a las brisas inexistentes. No se mueve una hoja. En verano el sol se va cuando quiere, sin humos ni verdines, jaleado por los chillidos de vencejos, golondrinas y aviones.)

Es verdad, es demasiado obvio, resobado lugar común, eso de las conversaciones exotéricas de antenas y repetidores. Entiendo que merezca chanzas y chirigotas. Comprendo que, al oírlas,  las gotas de risa salpiquen de reflejos chillones vasos y platos en las largas tardes del bar.  Me hago cargo. Pero lo cierto es que cada día más gente sube y cada día menos nos queda.

(En verano el sol se va cuando quiere pero hoy es diciembre y los gorriones se agarran con fuerza a las ramas ateridas. Vuela un  vaho helado que riza los charcos. En el bar han encendido las luces. Gritos y voces destempladas. El vapor de los últimos alcoholes se junta con el vientecillo helado que rebosa por las esquinas y que cuaja en un barrillo oscuro con olor a jamila. No hay sol y el cielo es de nieve)
Tardes blancas

hojas encendidas
Postrero esplendor solar



Siestas de mesa camilla





jueves, 3 de enero de 2013

Noviembre en la Dehesa del Camarate

Noviembre en la Dehesa del Camarate. Photoshop. 65x50. 2012

Hay espacios naturales que se han salvado de la quema porque fueron utilizados como campos de tiro por los militares. Nadie entraba a quemar, nadie construía o cortaba árboles ni se arriesgaba a que le volaran la cabeza de un tiro. En la Dehesa del Camarate fueron seguramente los cuernos de la ganadería brava que hasta hace poco vivía allí, los que la salvaron. Los cuernos son muy temidos, más que las bombas, incluso los cuernos de los toros de lidia. Por ese miedo o respeto es por lo que se ha debido conservar intacto este bosque. Su carácter ecológicamente excepcional y sus valores senderiles están ya suficientemente descritos y alabados por lo que no son el motivo de hoy. El motivo de hoy está relacionado con los sentidos y con la sensualidad en cuanto propensión excesiva, o no, a sus placeres. Es decir relacionado con el sexo, el vino, la música, las sábanas de franela en invierno, el color, la luz y los fuegos artificiales, la sombra en el verano, el queso de cabra y el sol tibio de invierno. De cosas así.

Es frecuente, viajando por esas carreteras, que al acercarnos a una localidad o población importante lo primero que se distinga de ella sea la mole de su catedral, las altas torres sobresaliendo del caserío.

Es el caso que nos ocupa. Saliendo de los barrancos, en la última curva ya vemos la torre con su campanario de truenos y  vientos que llaman el Picón de Jérez. Avanzamos por el llano reseco entre viñas viejas y algunas viñas nuevas. A cada paso rodado se muestran en el horizonte los demás elementos de la mole y catedral natural construida en la epidermis del mundo: la nave central sobre el barranco del río Alhama, los barrancos y naves laterales, la bóveda del crucero pintada de praderas brillantes y de nubes y vientos que representan escenas celestiales, el altar mayor recubierto de finos tejidos de contraluz y el altísimo retablo de nieve y pizarra. Sobre las paredes enormes vidrieras de robles, cerezos, arces, quejigos. El sol las ilumina con luces cambiantes  según las estaciones, según las horas.
Falta el pórtico
Bosque de columnas


No es disparatado ver catedrales en recónditos valles cercados por altas cumbres. Es normal, incluso es lugar común. Es menos frecuente caer en la cuenta de que la mayoría de las catedrales se dedican al culto y adoración de los sentidos. Esta catedral en concreto pertenece a la Luz y al Color, lo que no quita que algunas de sus capillas laterales se consagren a otros  cultos de  santos y dioses menores como pueden ser  el fresco del  estío, el olor húmedo o el canto de los ríos en los años buenos.

De la cosa del culto podemos desentendernos porque si el espacio queda vacío, rápidamente salen sacerdotes que lo ofician y se lo quedan, no hay que pelear ni discutir por ese nicho ecológico y espiritual. La reflexión que traigo a cuento de la Dehesa del Camarate se refiere a los sentidos que, me parece a mí, son como los dioses, que deberían de vivir juntos y en armonía pero que para nada lo hacen. Los dioses y los sentidos suelen ser absorbentes y soberbios, envidiosos y un punto malvados, incapaces de colaborar. Pelean por conseguir el dominio y el control y cuando lo consiguen expulsan a los otros dioses y sentidos y gobiernan solos. Pero por poco tiempo ya que enseguida pierden el trono a manos o espada del siguiente de sus iguales.
Arquería
Bóveda del crucero




No se si es una reflexión acertada o no, cada cual opine lo que quiera, pero a mi juicio es la explicación de que sea imposible a la vez el sexo y el vino, un orgasmo con el catavinos alzado. Una cosa inmediata a la otra sí, pero simultánea no. Y a menudo esto sucede no sólo en los tiempos cortos  sino también en los largos dando lugar a fases vitales, unas más sexuales, otras más propensas a la literatura, al vino o a la excursión. También habrá quien diga que no dejan de ser cosas de la edad que no requieren mayor estudio o explicación. Pero yo no lo tengo tan claro, creo más en la teoría olímpica, del Olimpo.

Y todo esto ha venido a cuento por una excursión de otoño a la Dehesa del Camarate, en Lugros, Sierra Nevada, mañana fría y húmeda de umbrías y musgos, barrancos pintarrajeados de colores dorados, praderas impropias de estas latitudes y nieves bajo el contraluz de la luz del sol menguante que a duras penas consigue salvar la barrera del Picón de Jérez.

Y cuando hartos de rezar abandonamos el templo camino de otra estación, nos ponen de tapa sardinas. Casi en diciembre y secas, como de otro tiempo y esto sí que seguro, de otro lugar. Castigo sin duda del dios Color por abandonar su templo sin hacer algún gesto de adoración y escapar de aquellos barrancos, perdidos y en su fondo oscuros, para caer en brazos de Baco y sus mostos (que tampoco eran del año).
Arco en una nave lateral
Capilla en penumbra
Detalle del altar mayor
Retablo



muros policromados
Detalle de la policromía



Vidriera
Pilar compuesto

 



 
El sol entrando por una nave lateral