Atardecer de febrero. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011
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Paseando con los perros entre las olivas una tarde de febrero, me llamaron la atención los rayos de sol del atardecer. Serpenteaban por el suelo arrastrándose entre el laberinto de troncos, de hojas, de ramas, de piedras. Hice bastantes fotografías pero no busqué ni las cosas ni las formas sino las luces, los pedazos de suelo incendiados de verdes y amarillos, dorados y brillantes, junto a pedazos de penumbras grises y azules.
Se recuerdan con gusto y casi con ansiedad se desea su regreso. Igual que en los hielos negros de enero se añoran las noches claras de verano, ahora ocurre otro tanto con el aire fresco y limpio del invierno:
Los últimos rayos del sol de febrero
se arrastran por el olivar,
rozan el suelo y levantan
chispas de luz en las hierbas,
en las piedras.
Los últimos rayos del sol de febrero corren,
saltan, chocan y mueren
contra la corteza áspera y dura
de los pies retorcidos de las olivas.
Ya no queda sol ni paisaje,
apenas un perfil azul
por Sierra Mágina,
apenas una línea brillante y clara en el horizonte.
Es febrero y todavía hace frío.
En las sombras de los rincones el barro húmedo
y el aroma de la leña y de la lumbre.
Un avión parpadea con luces blancas y rojas
Sobrevolando el humo de la chimenea.
Es de noche y aun es invierno.
Un hilo de luz se escapa
por la rendija de la contraventana,
salta la luna en los cerros
y se despeña por los barrancos.
Cuando sea mañana,
los nuevos rayos del amanecer
abrirán del revés las cicatrices
que hoy dejó, en su huída, tatuadas el sol en el suelo.