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martes, 5 de febrero de 2013

Antenas y repetidores

Jardín de Quesada una tarde de diciembre. Digital. 65 x 50 cm.2013 y 2015


Repetidores y antenas en la siesta de una tarde de diciembre en el Jardín de Quesada. El cerro de la Magdalena está tan encima del pueblo y el sol del invierno es tan raso que, un par de horas antes de lo que es norma, desaparece prematuramente, detrás del perfil casi vertical del horizonte. Antes de tiempo, cuando todavía en algún bar se escuchan gritos destemplados y se ven gestos exagerados, teatralizados por los vapores del alcohol. Este ocaso a destiempo deja, abajo, penumbras frías y húmedas con olor a lumbre  y arriba, cielos blancos,  planos y pálidos.

Empiezan pronto y son largas las noches de diciembre. Se rinde pronto el sol y los rincones escondidos crían barrillo de escarcha, una marea de hielo que cada tarde-noche las ruedas de los coches reparten por las calles. Tiene prisa el sol por largarse pero como vuela tan bajo, antes de escapar dispara  algunos rayos que bajan las cuestas arrastrándose las cuestas abajo. Paralelos a las pendientes consiguen entrar por las ventanas, deslumbrar a los que duermen la siesta en la mesa camilla. Rayos que encienden algunas hojas de los olmos. Algunas de las pocas y mortecinas que aguantan. Los restos  del otoño que hace poco fue. 

Es la dialéctica de las luces y las sombras en las tardes de diciembre. Un eclipse solar sin luna. Volutas, a veces luminosas y a veces escondidas en el gris y el azul,  salen de las chimeneas y de los cigarros de los que fuman en la puerta del bar. Refulgen las antenas y los perfiles de metal. El sol que se va hiere con bajonazos de luz la barriga umbría del Jardín.

Repetidores y antenas










Es tan alto el perfil de nuestro horizonte, tan encima se asoma, que cuando buscaron lugar para el repetidor de televisión lo colgaron allí. Durante un larguísimo principio sólo estaba el repetidor de la televisión que había: un poste débil y desvalido, el más débil relámpago de la menor tormenta era bastante para asustarlo y dejarlo sin habla. Hoy no hay uno, hay un bosque de palos de hierro que gobiernan toda clase de aparatos de distintos materiales y funciones. Nunca se apagan, bien porque son más fuertes o bien porque los relámpagos, ahora, son más débiles. Y como el macho y la hembra de un enchufe, los tejados y los aleros están salpicados de antenas y receptores, bosques electrónicos que jamás  salen en las fotos, ni en los videos, ni en las pinturas ni en las demás representaciones ideales de realidades imaginadas, realidades maquilladas. Entonces, en aquel larguísimo principio antiguo, eran formas cuadradas y pinchosas de alambre, abiertas de brazos para alcanzar las palabras y los grises que lanzaba el repetidor único. Hoy son de formas compactas, más pequeñas, sin pinchos ni puntas, de puntas y bordes plastificados. Tampoco salen en postales ni estampas y viven desterradas de los recuerdos, más o menos sinceros, de acariciados pasados…
Antenas


Como de sobra es sabido, el cementerio está en el centro del semicírculo que, desde todo lo alto del horizonte rocoso, se despeña cerro abajo. Tiene mucho de solemne y de dramático este rincón.  Es de imaginar que hay un fuerte eco pero sólo e imaginar porque nadie grita allí y es difícil comprobarlo. Es un espacio donde ni los grajos alborotan, donde no alcanzan las voces que aquí, en este mundo, salen del bar.

(Silencio frío y azul bajo el cielo blanco de diciembre. Brillos amarillos eléctricos en las ramas y en las hojas de los árboles, neones naturales sobre el fondo verde y negro de las sombras.)

Estando los repetidores emitiendo desde el cementerio y estando las  antenas y receptores recibiendo aquí abajo, encima de nuestros tejados, podría ser apropiado y venir a pelo imaginar  mensajes del más allá, conversaciones sobrenaturales, presencias, cosas de esas… Pero parece quizás demasiado obvio. Quizás demasiado fácil incluso para la escorrentía de palabras tormentosas en la larga tarde del bar.

(En verano el perfil del Cerro poca o ninguna sombra aporta aunque de nada valdrían pues el fuego vertical rebota en el suelo salpicando hasta los rincones más abrigados. Caen llamas perfectamente perpendiculares al suelo ajenas a las brisas inexistentes. No se mueve una hoja. En verano el sol se va cuando quiere, sin humos ni verdines, jaleado por los chillidos de vencejos, golondrinas y aviones.)

Es verdad, es demasiado obvio, resobado lugar común, eso de las conversaciones exotéricas de antenas y repetidores. Entiendo que merezca chanzas y chirigotas. Comprendo que, al oírlas,  las gotas de risa salpiquen de reflejos chillones vasos y platos en las largas tardes del bar.  Me hago cargo. Pero lo cierto es que cada día más gente sube y cada día menos nos queda.

(En verano el sol se va cuando quiere pero hoy es diciembre y los gorriones se agarran con fuerza a las ramas ateridas. Vuela un  vaho helado que riza los charcos. En el bar han encendido las luces. Gritos y voces destempladas. El vapor de los últimos alcoholes se junta con el vientecillo helado que rebosa por las esquinas y que cuaja en un barrillo oscuro con olor a jamila. No hay sol y el cielo es de nieve)
Tardes blancas

hojas encendidas
Postrero esplendor solar



Siestas de mesa camilla





jueves, 15 de noviembre de 2012

Llueven billetes.


Llueven billetes.
Acrílico y óleo sobre lienzo. 65 x 50. 2012 y 2017


Están lloviendo billetes. Billetes de mil, de quinientos, de cien. Billetes verdes, morados, amarillos. Llueve (sea por cuando no lo hace).

Los recuerdos viejos se van seleccionando con los años y poco a poco van quedando solo los escogidos. De estos unos pocos quedan como paradigma utilizable en momentos similares, como ilustración de sucesos parecidos o de chascarrillo oportuno en situaciones iguales. Es el caso de los días de lluvia y agua. Siempre que llueve y que lo hace sin destrozo y mansamente me viene a la cabeza tita Trini cuando en casa de mi abuela, una tarde de final de verano o quizás en septiembre, veía llover y hacerlo bien. Tita Trini miraba como caía la lluvia y al verla daba saltos y levantaba los brazos como si bailara: “Están lloviendo billetes” repetía eufórica. Porque, efectivamente, el agua buena es remedio de pronóstico para que engorde la aceituna. Y la aceituna son billetes, lo sabe cualquiera.

Llueve
Ahora parece que aprieta










Viene esta historia a cuento de la estampa y pintura de hoy que empecé en 2012 y he rematado ahora, en esta primavera desértica de 2017 (igual que el texto, al que le he cambiado suelos y tirado tabiques). Un acrílico-óleo que representa las ramas de una oliva cargadas de aceituna y dobladas por el peso de las gotas de lluvia. Caen billetes de punta una tarde en que la luz sin brillo del temporal (lámpara de bajo consumo) chorrea por las hojas, troncos y frutos, saturándolos de brillo y color.

Caen

Lloviendo billetes 
Gotean las hojas, rezuman las aceitunas.
El agua es cuerno (o vaso o caña) de la abundancia. 
Aceitunas verdes como billetes de mil.
Billetes colgados de las olivas. 
Tiempo y  campo de otoño encogido por la humedad y el frío, 
palpitando en la esperanza de nuevas y mayores abundancias.

Llueven billetes, se despeña la lluvia por los aleros.
La niebla sube y baja recortando el paisaje a distintas alturas. 

Un golpe de aire agita las ramas y una muchedumbre de gotas 
cae salpicándonos la cara.

Billetes empapados
Billetes chorreando









En el otoño, cuando todo parece que se está acabando y muriendo, crece y engorda la nueva cosecha (Si llueve). Si llueve, bajo la luz triste del agua, nace el anuncio de un buen año que traerá, Dios y precio del aceite mediante, nuevas y ansiadas prosperidades.

No se lo que llueve en otros sitios cuando llueve (en las capitales creo que sólo agua que luego se utiliza en las cisternas) pero en Quesada y en todos los pueblos de esta parte, cuando llueve a tiempo y bien, llueven billetes.


Esperemos que no falten ni la lluvia ni los billetes.

Fajo de billetes empezando a negrear en
tonos granates y morados
Billetes de mil













No para de llover
Oliva doblá por la cosecha y la lluvia













Una tarde hermosa de agua


llueven billetes

lunes, 15 de octubre de 2012

Parra, pino y peral





Parra, pino y peral. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2012




Mañana de fuego, tarde de incendio. Neolítico y pintura fosforescente.
La mañana había empezado suave y agradable pero el horizonte gaseoso y difuminado por la calima anunciaba un mediodía de fuego.


Me había levantado al alba para marcar las lindes conflictivas y los árboles que viven salidos de de la formación. Con estas marcas se registran las irregularidades catastrales que en un lugar tan antiguo como el pago de Lacra son la norma ancestral. Y digo lo de un lugar tan antiguo, sin entrar en mayores alardes eruditos de historia local, porque cuando hicieron los hoyos para poner plantones, justo alrededor de la casa, encontré en los montones de tierra pequeños pero muchos fragmentos romanos de "terra sigillata" y de cerámica decorada a peine, estilo que se supone muy ibero. Las discusiones, los disgustos, las peleas por árboles, descolocados o no, por turnos de agua para el riego y por cosas así, se han sucedido desde entonces (desde antiguamente) con la misma regularidad con la que llegan las noches largas en junio y las noches cortas en diciembre. Ese “antiguamente” no se queda en época clásica pues desde que se inventó la agricultura y con ella las lindes y los riegos, ya se discutía de esos asuntos por aquí. Algo más recientemente, en el siglo XVI, las ordenanzas excluían este pago de la jurisdicción general del alcalde de las acequias, mandando que se siguiera en él el uso que desde antiguo se seguía. Mi  madrugón estaba, pues, sobradamente  justificado. Las marcas de pintura fosforescente en los  troncos de las olivas no eran otra cosa que una consecuencia pura y dura de la revolución neolítica, madre de linderos y parcelas, trimestre de primer curso intermedio entre el paleolítico y las distintas edades metálicas  protohistóricas. Aquel neolítico que tan poco estudié en los primeros meses de 1978, lo revivía ahora con un bote de espray treinta y tantos años después (miles de años después).

-no haré aquí erudición como arriba he prometido y no hablaré de la calzada que proveniente de Basti y Acci, pasando por Céal y camino de Túgia y Cástulo cruzaba estos términos. No hablaré de la alberca de Aguas Calientes similar a la de Fuente Grande en Alfacar, ni de la necrópolis de muertos enterrados cara a levante que encontraron en el último arreglo de la carretera, ni siquiera del fuste semienterrado que en el cortijo viejo servía de "majaero" de esparto. No hablaré de tantas otras cosas interesantes y curiosas que aquí estarían de más pero que no lo estarían en una tarde oscura de invierno, con vino, frente a la lumbre-
"Sigillata" y cerámica decorada a peine

Sigo con el marcaje y la delimitación territorial. Antes de llegar al olivar viejo se había acabado el bote de pintura. Como eso fue justo cuando empezaba a pegar el sol, aproveché y di por acabada la "peoná". Sin pintura y con calor lo único razonable era sentarse a la sombra, tomar un café, pensar en nada, sufrir moscas y tábanos y mirar sin ver los brillos  y destellos que saltaban empujados por el viento entre las hojas del techo vegetal. Eso hice.
Reflejos y destellos
Más reflejos y destellos


En el rincón de la mesa y las tumbonas y las sillas que sirvió de refugio contra el calor y la falta de pintura, hay un peral que trasplantó mi padre hace ya mucho rescatándolo de un bancal de secano donde malvivía. Aunque hubo quien dijo que no saldría adelante y que no valía un duro, el "peralillo" se aferró con rabia y coraje a su nueva vida y tierra y hoy florece cada año. Cada año da peras repartidas en armoniosa aparcería natural entre bichos y humanos. Este peral es un ejemplo de superación personal muy valioso en tiempos de turbación.

Peralillo
Hojas del peralillo



Allí, en el dicho rincón, viven también tres generaciones de parra (en la pintura sólo vemos a la abuela de ellas porque es la más fotogénica, pero hay además hijas y nietas). La sombra que dan las parras es, digamos, medianeja, regular por irregular. Y es que ningún año están al cien por cien de su rendimiento potencial. Unas veces porque el granizo temprano  agujerea las hojas, otras por un ataque de hongos mal defendido y en algún caso, sospecho, que  por error o experimento fitosanitario fallido e inconfesado. Es su sombra irregular y "arroalada", es un damero de piezas claras y oscuras que se desplazan con el sol, de manera que te duermes con la cara a resguardo y al despertarte la recuperas abrasada. Tampoco las uvas que dan estas parras son buenas. No le gustan más que a las avispas.  Y sin embargo, aún con todos estos defectos, las parras no dejan de ser otro ejemplo edificante pues son una familia unida que salta por encima de las diferencias generacionales y que unida trabaja en producir uvas y sombras, aunque sean regulares y malas.
Tres generaciones de parra
Las parras


De todos los árboles y plantas de porte que hay en el rincón son los más altos dos pinos nuevos. Paradójico que los más jóvenes sean los más crecidos. Es algo así como esas generaciones jóvenes de ahora que ahítas de leche y pasteles son mayores que sus padres y mucho más que sus abuelos. Con estos pinos no hace falta buscar más para encontrar moraleja o ejemplo a imitar. Acreditan, por si hiciera falta prueba, que quien come mejor crece más, que quien puede levanta peso y que la igualdad de oportunidades es algo muy relativo. Sigo. A estos pinos  precozmente altos y para que no siguieran creciendo, mi padre les cortó las guías. Decía que de esta manera crecerían a lo ancho y darían  más sombra. Decía también o principalmente, que no llegarían a sobresalir lo bastante  para ser detectados por los satélites en las ortofotos. De esta manera siempre se los podría cortar sin trámite o permiso de ente alguno, a voluntad y sin engorros administrativos (otra cosa es para qué querría cortar unos pinos ya criados y que a nadie ni a nada estorban. Imagino que se trata de una suerte de individualismo anarcoide y rural que seguro que viene también del neolítico).
Pino
Pino visto desde la tumbona


Juntos, todos los árboles de este rincón sí que consiguen formar un hueco de sombra agradable, un refugio que protege del fuego que en forma de viento solano se adueña de cada mañana de verano. Un hueco y un rincón refrescado por el azul de la piscina-alberca y por las gotas de  rocío artificial en la lata de cerveza (una libélula disfrazada de azul patrulla siempre arriba y abajo las hondas azules del agua. A tanta velocidad corre que sólo el azar puede retratarla). 

Conforme andaba la mañana se amontonaba más y más calor, arrastrado desde el cielo desbordado de sol. Aquella primera hora casi al alba, cuando con la fresca marcaba las olivas con pintura fosforescente, no parecía ya cosa del  hoy sino del ayer.  Y entre el calor, los brillos, los reflejos y las aguas de baño y de boca, por encima de las plantas bajas y por debajo de las altas (entre medias) a la altura de las latas de cerveza, se veía entre los olivares borrosos y entre la luz blanca del mediodía, una plantación moderna de placas fotovoltaicas. Habiendo empezado como he empezado con la cosa de la antigüedad, con la cerámica ibera y romana y con la revolución neolítica, estas  hileras de árboles metálicos podrían haber dado pié a muchas y muy acertadas reflexiones sobre el tiempo y la historia, sobre la evolución del mundo. Podían haber dado pié al ejemplo de que hace no tantos años aquí no había ni luz eléctrica.  Pero hoy ya no va a ser. Porque hace demasiado calor y es hora de comer y luego de siesta.
Libélula azul
Plantación de placas fotovoltaicas


(posterior)

A la tarde, con la modorra del sueño recién dejado, volví al rincón de las parras, a los pinos y al peral. Aflojaba ya el sol camino del horizonte pero el fuego del mediodía parecía haberse vuelto incendio: cielos rojos, humos grises, olor a quemado… Sin duda otro incendio acababa con árboles que yo ya no podría ver de nuevo crecidos. Mi padre regaba los arriates entre "terra sigillata", vasos decorados a peine y olivares viejos. Le comenté la desgracia y sin volverse a mirar me sacó del error: “Estarán quemando rastrojos, aunque esté prohibido. Si fuera un incendio ya estarían revoloteando los helicópteros”.
El supuesto incendio de aquella tarde

Y así acabó el día, con sencillez, con poco dramatismo y ninguna grandiosidad, sin posibilidad de oda al incendio de nuestro mundo ni a la pérdida irreparable de paisajes centenarios: no era más que la normalidad de algún otro individualista anarcoide rural venido directamente del neolítico (¿o esta rebeldía será mas bien paleolítica y nómmada?)

La mesa debajo de la parra cuando sale el sol.
50x65. Photoshop. 2012.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Postal de Quesada. Vista parcial.


                                            Postal de Quesada con luna llena. Photoshop. 65x50. 2012

En las tarjetas postales era frecuente que en la descripción, junto al nombre del pueblo o ciudad, se añadiera “vista parcial”. Pongo como ejemplo dos estampas viejas sobre las que se escribió a mano y con letra muy redonda “Quesada. Vista parcial” y “Quesada. Vista parcial del jardín”. 

Aclarar en el título que una postal es una vista parcial resulta de una inutilidad grande porque las postales siempre lo son. Hasta las que se llaman vista general son en realidad una vista parcial. Las fotografías sólo tienen dos dimensiones y reflejan  el punto de vista desde donde se hacen. Son siempre la imagen de uno de los lados de la cosa, de una parte de ella, nunca son el todo. En las postales y en todas las demás cosas las vistas siempre son parciales. Sólo los fanáticos piensan otra cosa.



La primera postal de Quesada que yo recuerdo sería de finales de los años sesenta o de muy primeros de los setenta, por ahí. Era una vista primaveral del pueblo con la sierra al fondo, hecha más o menos desde el puente segundo. El verde propio de la estación,  la impresión poco definida  y de color sobresaturado, le daban un aspecto de paisaje atlántico absolutamente impropio e irreal. Un paisaje casi protestante.

Hoy en día, en plena orgía digital, cuando hay tantas imágenes como palabras hay y cuando casi valen lo mismo de poco las unas y las otras, algo tan simple como la foto de un pueblo puede no parecernos gran cosa, incluso puede parecernos nada. Entonces, cuando sólo abundaban las palabras pero no las imágenes, sí lo parecía. Y mucho. Chocaba y sorprendía que una tarjeta postal en color, algo entonces casi exclusivo de las capitales de provincia, pueblos grandes y rincones de especial relevancia turística, se hubiese dedicado a cosa tan perdida y poco relevante como el pueblo de uno: tan propio y doméstico, tan fuera del mundo exterior que sólo a los directamente concernidos nos podía interesar. Que la placenta materna justificase una postal a todo color resultaba muy chocante. Y más chocante aún que se pusiera a la venta, a disposición del turismo, como si en Quesada por entonces hubiera turismo…

Recuerdo percibir aquella postal como una señal débil pero cierta de que también mi pueblo  se movía. Nada comparable a como se movía y progresaba a velocidad pasmosa el mundo de fuera, pero se movía. A paso de tortuga, claro, como se mueve el tiempo en la infancia, pero Quesada se movía. Y no era ese el único indicio. Empezó por entonces a circular un tríptico turístico editado en alemán por el Ministerio de Información y Turismo del señor Fraga. Tenía su correspondiente Virgen de Tíscar en lugar preferente (se conoce que para sorprender a los luteranos…) y una foto del ayuntamiento viejo hoy reliquia arqueo-fotográfica porque tardaron nada en demolerlo.



Pero no quedaba ahí el progreso. Si las postales y los trípticos asombraban, las contadísimas ocasiones en las que Quesada salía en el blanco y negro de la televisión provocaban el pasmo definitivo. Años y años quedaron tan grandes sucesos en la memoria y en las conversaciones. Recuerdo sobre todo aquella vez que salió Quesada en la serie “Los Ríos”. Al parecer motivó un famoso telegrama institucional a la institución de un pueblo cercano (me da igual que el telegrama existiera o que fuera sólo un buen chascarrillo del autor). Definitivamente algo se movía en Quesada. Porque además de las postales, de los trípticos y de los documentales con telegrama, el movimiento se tocaba y pisaba en algunas calles, de las más principales, en las que se estaba sustituyendo el empedrado basto de piedras gordas por un moderno piso de fino y suave cemento. Nuevo suelo que inmediatamente quedaba personalizado por gatos, perros y otros bichos. Antes de que fraguara, cuando todavía estaba blando, dejábamos concienzudamente nuestras huellas en el cemento.

De aquella postal de la que hablo sólo tengo el recuerdo. La he buscado  en páginas y colecciones web sin resultado. Sí he localizado la gemela que se hizo y que, no podía ser de otro modo, era  una vista de Tíscar. Es de la misma factura que la otra, igual de verde y saturada de color. Sirva aquí la una para recordar a la otra.


La postal gemela
Las postales, además de la vista parcial de un espacio son también la vista parcial de un momento.  Pero lo son de momentos muy  rebuscados y compuestos, de momentos públicos pensados desde la cuna para ser vistos por todos. No tienen mucha vida las postales, la verdad. Sirven apenas para conocer el escenario donde suceden o han sucedido las cosas. Sirven para comprobar si aquel edificio estaba todavía o ya lo habían demolido (lo frecuente en Quesada), si los pinos hoy crecidos ya estaban plantados o no. Para eso sí pero para recordar la vida, no. No era habitual fotografiar la vida. Tampoco había mucha de ella en las fotografías privadas pues, hasta la revolución digital con su abaratamiento de costes, lo normal era reservar el gasto para las fotografías familiares y los viajes (en los que se intentaba imitar, con menos medios y más gasto, el arte profesional de los fotógrafos de postal). No se hacían  fotos en las que se viera la vida. Entre otras cosas porque si alguien lo intentaba, como era cosa tan rara la fotografía, la vida se paraba y quedaba quieta  para salir bien con lo que dejaba de ser vida.
Vista parcial desde la Cruz

Son escasas las imágenes en las que se ven gentes ajenas a la foto, dedicadas a sus propios asuntos. De Quesada y de cualquier otro pueblo más que escasas casi inexistentes. Aunque alguna hay que circula por páginas especializadas en las que la gente cuelga sus recuerdos. Algunas he visto en esas páginas, magníficas y  totalmente casuales que casi huelen como olía el Jardín y la Explanada en verano, cuando regaban al caer la tarde y pasaban las bodas en comitiva de a dos camino de la iglesia.

Yo también hice alguna de estas fotos digamos costumbristas. Traigo de muestra esta de la Explanada en una tarde lluviosa de diciembre del ochenta y siete. La hice desde el balcón de mi tío Carlos y mi  tía Carola,  tomando café junto a mi padre  creo recordar que en visita de enfermos.

Explanada
Foto con vida. Vaho en los cristales de la puerta
 del Marisol



En fin. Hace ya muchos años que paseo poco por el interior de Quesada, que me muevo más bien por su periferia. No hago estampas desde dentro pero sí las hago desde fuera, del pueblo visto desde la sierra, desde el campo, desde ángulos raros y desde todas las distancias. Busco perspectivas curiosas, sorprendentes, insólitas. O eso creía yo que eran las que conseguía, porque junto a la revolución digital, llegó el senderismo, el biciclismo y el montañismo. El trasiego y el bullicio son continuos hasta en las veredas más perdidas. Hay gente por todos sitios. Hay gente encaramándose a las más altas peñas, encontrando los más secretos rincones. Gente fotografiando desde lugares inverosímiles. En cualquiera de las aplicaciones que juntan cartografía y fotografía se pueden encontrar por cientos sus frutos. Las perspectivas que yo pensaba raras e incluso extravagantes han quedado en corrientes y demasiado vistas. Hasta en las cosas más propias y reservadas como es el pueblo de uno, he quedado rebasado y al nivel de un vulgar aficionado.

Para consolarme he puesto arriba una postal que he hecho este verano y que aunque es digital no es fotografía sino pintura. Representa una noche de luna llena. No sería capaz de asegurar si representa sólo el recuerdo de una noche concreta o por el contrario es el recuerdo de cualquiera de ellas o incluso, el de todas a la vez las noches de luna llena sobre la Atalaya. Da igual.

Advertencia final: existen postales de Quesada bastante más antiguas y por eso más sorprendentes que esta de la que hablo, pero como no es este lugar para alardes de erudición me remito  a donde sí tienen cabida:
http://historiadequesada.blogspot.com.es/2012/09/album-de-postales-de-tiscar.html


La torre de la iglesia desde la carretera
Quesada vista desde Úbeda




Otra vista de la torre de la iglesia,
desde la Vega
El humo de las chimeneas
 una mañana de diciembre


lunes, 2 de abril de 2012

Nuevas tardes de verano y reivindicación de sus frutos.

La tarde en la piscina. Óleo y acrílico sobre lienzo. 73x60. 2011

Piscina de Lacra. Óleo sobre lienzo. 60x50. 2002

     Luna en el Cerro Vitar. Óleo sobre lienzo. 61x46. 2002

  Amanecer de verano en Lacra. Óleo sobre lienzo. 61x48. 2001



Los recuerdos guardados en un cajón se sacan, se miran, se enseñan y  se vuelven a guardar.



Unos se guardan simplemente dejándolos en  el cajón, otros dentro de una caja, algunos muy delicados se envuelven en una tela o cuando menos en una bolsa de plástico. Hay quien tiene la costumbre de secarlos entre las hojas de un libro que, cuando años después se hojea, deja caer al suelo los recuerdos  olvidados, aplastados en dos dimensiones.



Los recuerdos van envejeciendo cada uno a su manera.  Algunos como el vino tinto pierden color, otros como el blanco lo ganan y los hay también como el rosado que con el tiempo se estropean. Los recuerdos, de cuando en cuando, se sacan, se miran, se enseñan y se vuelven a guardar. En cada ocasión se ven de una manera distinta y producen una emoción diferente. Las maneras y las emociones se adhieren a él formando sucesivas capas y estratos de la memoria. Es por esta estratigrafía  sedimentaria que los recuerdos se mueven y cambian. Cuanto más se recuerdan más cambian.



A todo lo dicho se suma que el pasar de los años hace que cambien la forma y tamaño de los recuerdos de manera que las aristas se suavizan, los huecos se rellenan y los llenos se vacían. A veces el disgusto se vuelve gozo y en otras se borran sólo los berrinches (es lo que pasa cuando es inminente la llegada de la vejez y el recuerdo en cuestión se asocia a tiempos de piel más tersa). Quiero decir que en todo esto interviene también la manipulación interesada  y el auto-engaño o ambos dos.

Ocaso de sol
Orto de luna





Hay un momento en las tardes de verano, justo cuando empiezan a irse las avispas pero aún no han llegado los mosquitos, después del ocaso de sol y antes del orto de luna, en que el aire solano que sube del Guadiana chico, cesa. Dejan de escucharse los pájaros, no se mueve una hoja. Pareciera como si el motor de las horas se hubiera parado. Es entonces cuando la luz en fuga se satura de colores irreales. Es entonces cuando se hace invisible la calima y amaina el fuego inodoro, incoloro, de la tarde. Cuando despiertan los aromas dulzones de las hierbas secas y los tamos: detrás de alguna de las primeras sombras alguien está regando y la tierra mojada reparte esencias azules por el olivar que se esconde entre las medias luces. A esta hora, en este momento, en la tregua del viento, en el relevo de tarde y noche, nada se mueve, nada grita. El silencio y la calma serían totales si no fuera por el rugido de las hélices de un avión militar volando y por el crujido de las hojas y de los tallos que quiebran  los saltos del gato (está cazando bichos en el interior de la madreselva).



En una entrada de hace meses (abajo está el enlace) me refería a un momento de las tardes de verano en Lacra que si bien es temporalmente vecino del momento suso mentado, es por muchos conceptos su antípoda. Es ese otro la media tarde del calor, de la luz blanca requemada, de las plagas de bichos. Hacía entonces especial mención a las avispas, tábanos y moscas. Contaba en dicha entrada que al intentar pintar una idea o cosa me salía otra distinta a la buscada, produciéndome la frustración consiguiente. Identificaba el origen del problema  en que por culpa del calor y de los bichos no era posible la concentración. Por todo ello renegaba de las pinturas pintadas en aquellas tardes  y anunciaba que las quitaba de la circulación, que en su lugar ponía un dibujo digital, liviano, de Sierra Mágina, para salir del paso. Todo eso ya lo he contado antes.


Masas de color
la calma




Las pinturas, recuerdo de aquellas tardes de verano, las tengo guardadas en el cajón escondido de las paredes de mi dormitorio en el cortijo de Lacra. Mi madre cree que las tengo allí por no querer que alguien las vea y las quiera llevar. Se sorprendería si supiera que están allí dejadas, abandonadas, porque en su día renegué de ellas, de las avispas, del calor, de los tábanos y de las demás desgracias. 

De cuando en cuando aparezco por allí y me las encuentro debidamente colgadas. Cada vez que enciendo la bombilla saco los recuerdos del cajón. Encima de la pintura ha caído polvo y han caído nuevas  miradas que la cubren de capas nuevas. Guardadas en el arca de las paredes del dormitorio, solas y a oscuras casi siempre, han evolucionado. Una, vino blanco, ha cogido color. Otra, tinto, lo ha perdido. Creo que ninguna es rosado.

Avión militar de hélice
Bicho cazando bichos





Han cambiado las pinturas porque ha cambiado el recuerdo de aquellas tardes de verano. Ha crecido y envejecido, ha dejado atrás los tábanos, el sudor y las moscas implacables. Han muerto las avispas, han muerto los malos bichos y han dejado cadáveres huecos pegados al envés de las hojas de oliva. Al encender la luz de la habitación el recuerdo se deslumbra y se asusta. Hay que manejarlo con cuidado porque es extremadamente frágil y se cuartea con facilidad. Ya tiene una esquina doblada, hacia la parte de abajo le han salido unas manchas oscuras de hongos microscópicos que la humedad ha criado.

Bicho muerto





Realmente no se si es que el recuerdo ha ido cambiando hasta convertirse en este otro tranquilo y sereno del momento en el que la tarde se va y la noche viene. No se si ha cambiado o si al ir desapareciendo aquél viejo ha ocupado este su hueco este nuevo. No lo se.  Pero ha pasado y donde estaba el uno ahora está el otro.  El efecto ha sido inmediato, han quedado reivindicados los frutos de aquellos veranos. Existe vida más allá (un rato después) de las avispas,  de los tábanos y de las moscas.

último rayo de sol en el peral
último rayo de sol en el muro de adobe