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Postal de Quesada con luna llena. Photoshop. 65x50. 2012
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En las tarjetas postales era frecuente que en la
descripción, junto al nombre del pueblo o ciudad, se añadiera “vista parcial”.
Pongo como ejemplo dos estampas viejas sobre las que se escribió a mano y con
letra muy redonda “Quesada. Vista parcial” y “Quesada. Vista parcial del
jardín”.
Aclarar en el título que una postal es una vista
parcial resulta de una inutilidad grande porque las postales siempre lo son. Hasta
las que se llaman vista general son en realidad una vista parcial. Las
fotografías sólo tienen dos dimensiones y reflejan el punto de vista desde donde se hacen. Son
siempre la imagen de uno de los lados de la cosa, de una parte de ella, nunca son
el todo. En las postales y en todas las demás cosas las vistas siempre son
parciales. Sólo los fanáticos piensan otra cosa.
La primera postal de Quesada que yo recuerdo sería
de finales de los años sesenta o de muy primeros de los setenta, por ahí. Era una
vista primaveral del pueblo con la sierra al fondo, hecha más o menos desde el
puente segundo. El verde propio de la estación, la impresión poco definida y de color sobresaturado, le daban
un aspecto de paisaje atlántico absolutamente impropio e irreal. Un paisaje
casi protestante.
Hoy en día, en plena orgía digital, cuando hay
tantas imágenes como palabras hay y cuando casi valen lo mismo de poco las unas
y las otras, algo tan simple como la foto de un pueblo puede no parecernos gran
cosa, incluso puede parecernos nada. Entonces, cuando sólo abundaban las
palabras pero no las imágenes, sí lo parecía. Y mucho. Chocaba y sorprendía que
una tarjeta postal en color, algo entonces casi exclusivo de las capitales de
provincia, pueblos grandes y rincones de especial relevancia turística, se
hubiese dedicado a cosa tan perdida y poco relevante como el pueblo de uno: tan propio y doméstico, tan
fuera del mundo exterior que sólo a los directamente concernidos nos podía
interesar. Que la placenta materna justificase una postal a todo color resultaba
muy chocante. Y más chocante aún que se pusiera a la venta, a disposición del
turismo, como si en Quesada por entonces hubiera turismo…
Recuerdo percibir aquella postal como una señal débil
pero cierta de que también mi pueblo se
movía. Nada comparable a como se movía y progresaba a velocidad pasmosa el mundo de fuera, pero se movía. A paso
de tortuga, claro, como se mueve el tiempo en la infancia, pero Quesada se
movía. Y no era ese el único indicio. Empezó por entonces a circular un
tríptico turístico editado en alemán por el Ministerio de Información y Turismo
del señor Fraga. Tenía su correspondiente Virgen de Tíscar en lugar preferente (se
conoce que para sorprender a los luteranos…) y una foto del ayuntamiento
viejo hoy reliquia arqueo-fotográfica porque tardaron nada en demolerlo.
Pero no quedaba ahí el progreso. Si las postales y
los trípticos asombraban, las contadísimas ocasiones en las que Quesada salía en el blanco y negro de la televisión provocaban el pasmo definitivo. Años y
años quedaron tan grandes sucesos en la memoria y en las conversaciones. Recuerdo sobre todo aquella vez que salió Quesada en la serie “Los Ríos”. Al parecer motivó un famoso telegrama institucional a la institución de un
pueblo cercano (me da igual que el telegrama existiera o que fuera sólo un buen
chascarrillo del autor). Definitivamente algo se movía en Quesada. Porque además de las
postales, de los trípticos y de los documentales con telegrama, el movimiento
se tocaba y pisaba en algunas calles, de las más principales, en las que se estaba
sustituyendo el empedrado basto de piedras gordas por un moderno piso de fino y suave cemento. Nuevo suelo que inmediatamente quedaba personalizado por gatos, perros y
otros bichos. Antes de que fraguara, cuando todavía estaba blando, dejábamos concienzudamente nuestras huellas en el cemento.
De aquella postal de la que hablo sólo tengo
el recuerdo. La he buscado en páginas y colecciones
web sin resultado. Sí he localizado la gemela que se hizo y que, no podía ser de otro modo, era una vista de Tíscar. Es de la misma factura que la otra, igual
de verde y saturada de color. Sirva aquí la una para recordar a la otra.
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La postal gemela |
Las postales, además de la vista parcial de un
espacio son también la vista parcial de un momento. Pero lo son de momentos muy rebuscados y compuestos, de momentos públicos pensados
desde la cuna para ser vistos por todos. No tienen mucha vida las postales, la verdad.
Sirven apenas para conocer el escenario donde suceden o han sucedido las cosas. Sirven
para comprobar si aquel edificio estaba todavía o ya lo habían demolido (lo
frecuente en Quesada), si los pinos hoy crecidos ya estaban plantados o no. Para
eso sí pero para recordar la vida, no. No era habitual fotografiar la vida. Tampoco
había mucha de ella en las fotografías privadas pues, hasta la revolución digital con
su abaratamiento de costes, lo normal era reservar el gasto para
las fotografías familiares y los viajes (en los que se intentaba imitar, con
menos medios y más gasto, el arte profesional de los fotógrafos de postal). No
se hacían fotos en las que se viera la
vida. Entre otras cosas porque si alguien lo intentaba, como era cosa tan rara la fotografía,
la vida se paraba y quedaba quieta para salir bien con lo que dejaba de ser vida.
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Vista parcial desde la Cruz |
Son escasas las imágenes en las que se ven gentes
ajenas a la foto, dedicadas a sus propios asuntos. De Quesada y de cualquier
otro pueblo más que escasas casi inexistentes. Aunque alguna hay que circula
por páginas especializadas en las que la gente cuelga sus recuerdos. Algunas he
visto en esas páginas, magníficas y totalmente casuales que casi huelen como olía
el Jardín y la Explanada en verano, cuando regaban al caer la tarde y pasaban
las bodas en comitiva de a dos camino de la iglesia.
Yo también hice alguna de estas fotos digamos
costumbristas. Traigo de
muestra esta de la Explanada en una tarde lluviosa de diciembre del ochenta y
siete. La hice desde el balcón de mi tío Carlos y mi tía Carola, tomando café junto a mi padre creo recordar que en visita de enfermos.
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Explanada |
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Foto con vida. Vaho en los cristales de la puerta del Marisol |
En fin. Hace ya muchos años que paseo poco por el interior de Quesada, que me muevo más bien por su periferia. No hago estampas desde dentro pero sí las hago desde fuera, del pueblo visto desde la sierra, desde el campo, desde ángulos raros y desde todas las distancias. Busco perspectivas curiosas, sorprendentes, insólitas. O eso creía yo que eran las que conseguía, porque junto a la revolución digital, llegó el senderismo, el biciclismo y el montañismo. El trasiego y el bullicio son continuos hasta en las veredas más perdidas. Hay gente por todos sitios. Hay gente encaramándose a las más altas peñas, encontrando los más secretos rincones. Gente fotografiando desde lugares inverosímiles. En cualquiera de las aplicaciones que juntan cartografía y fotografía se pueden encontrar por cientos sus frutos. Las perspectivas que yo pensaba raras e incluso extravagantes han quedado en corrientes y demasiado vistas. Hasta en las cosas más propias y reservadas como es el pueblo de uno, he quedado rebasado y al nivel de un vulgar aficionado.
Para consolarme he puesto arriba una postal que
he hecho este verano y que aunque es digital no es fotografía sino pintura. Representa
una noche de luna llena. No sería capaz de asegurar si representa sólo el
recuerdo de una noche concreta o por el contrario es el recuerdo de cualquiera
de ellas o incluso, el de todas a la vez las noches de luna llena sobre la
Atalaya. Da igual.
Advertencia final: existen postales de Quesada
bastante más antiguas y por eso más sorprendentes que esta de la que hablo,
pero como no es este lugar para alardes de erudición me remito a donde sí tienen cabida:
http://historiadequesada.blogspot.com.es/2012/09/album-de-postales-de-tiscar.html
http://historiadequesada.blogspot.com.es/2012/09/album-de-postales-de-tiscar.html
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La torre de la iglesia desde la carretera |
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Quesada vista desde Úbeda |
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Otra vista de la torre de la iglesia, desde la Vega |
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El humo de las chimeneas una mañana de diciembre |
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