martes, 6 de septiembre de 2011

Paseo de invierno con perros por la playa


Playa de Cabopino en invierno. Photoshop. 65x50. 2011

Invierno, playa de Cabopino. Los fondos arenosos revueltos por las corrientes se reflejan en la  superficie cuarteada del mar que el viento mueve rítmicamente, como los engranajes de un móvil. Ese mismo viento a empujones arrastra las nubes por el cielo y salpica de humedad las plantas  al borde de las dunas.

Torre Ladrones

El mar, sin moverse, nunca se para y menos aún en días embravecidos como este. Reflejos amarillentos y verdosos pelean por mantenerse a flote y  luces medio tristes y medio brillantes llegan por levante.  Las olas martillean con monotonía de cante de fragua. El temporal arranca arenas y algas de los suelos y las lleva a la superficie,  las hunde y las vuelve a levantar cambiando los colores convencionales de la estampa: desaparecen los azules sustituidos por ocres verdosos,  detrás de los remolinos de espuma las luces de bombilla antigua, medio brillantes y medio tristes, tiñen de amarillo  el horizonte.


Una zódiac abandonada. Está  rota y tiene un pie en el agua y el otro en la arena. No parece de recreo, parece más bien de trabajo. Pero está demasiado vacía para haber transportado personas, dentro no quedan restos de cosas de pobre. Tiene toda la pinta de que los viajeros han sido cosas. Si el transporte hubieran sido personas ya las habrían alcanzado porque corren mucho menos que el humo y el aroma de las cosas y aquí no se aprecia indicio alguno de éxito policial.  Quien fuese, cruzó el mar de noche y desembarcó disimulando en medio de la oscuridad. Eso si, no olvidó el motor que dicen que es lo más caro. Pero han sido cosas las que ha viajado en esta zódiac.

Palmeras desconcertadas

Y aunque han sido cosas y no personas, encajarían aquí unas cuantas reflexiones y excursiones verbales sobre los viajes de quien se ve obligado a cruzar este u otro mar. Sería apropiado decir que hay quien cruza el mar varias veces y en sentido contrario y que hay quien no lo hace nunca ni sale de su pueblo. Y se podría continuar diciendo que hay quien tiene la suerte de cruzarlo en un día de calma y quien se ve zarandeado por el temporal en una noche negra. También, que hay quien lleva mucha cosa encima y quien no lleva nada, quien va solo y quien va con muchos, quien tiene que correr al desembarcar y quien es adulado al pisar el suelo, quien es devuelto al llegar y quien alcanza una nueva vida.  

Los nuevos colores del mar

Si estuviéramos en un bar con cerveza o vino delante, con tapas y buen público, iríamos subiendo el tono de la conversación hasta alcanzar registros de innegable hondura: que todos, al fin, hacemos alguna vez un viaje aunque sea solo uno, que los viajes de las cosas no tienen ninguna poesía porque se rigen por las normas del comercio (lo cual espero demostrar alguna vez que no es cierto) y otras profundidades filosóficas de similar tenor. Tanto más airosas y deslumbrantes cuanto mejor o más repetido sea el vino y menos prudentes sean los contertulios.

Pero lo cierto es que no estamos en ninguna taberna, que el viento es frío y que solo se escucha la métrica cansina de las olas, ABC, ABC, ABC…
Reflejo de luz furtiva


Pasear por la playa en invierno es como sentarse delante de una chimenea (creo que ya lo he dicho otras veces). La vista se pierde mirando a ninguna parte y el pensamiento se deja llevar por el ritmo de las llamas y de las olas. En la orilla, la melancolía se vuelve hacia el horizonte buscando cosas perdidas, cosas pasadas, lo que no volverá. Hoy, es invierno.

¿Y dónde están los perros en el paseo? Pues eso, que no paran. No me hacen ni puto caso. Los llamo para que hagan una bonita estampa en la foto y se van a la parte contraria. No dejan de moverse, siempre por donde ellos quieren. Si salen en alguna imagen será porque pasan delante del objetivo, no por otra cosa. Esa es la razón de que no haya podido sacarlos en el dibujo. Están muy consentidos.

Las plantas de las dunas

Mirando al horizonte a las olas a la lumbre