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Supernova agonizando. Cera, acrílico y óleo sobre lienzo. 73x50. 2012
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Una serie de las de divulgación, en la segunda cadena, explicaba la cosa del universo, de cómo los astrónomos fueron encontrando rincones cada vez más lejanos y de como iban mejorando y haciendo cada vez más caras y potentes las máquinas de buscar. Echaban la serie por las noches, a la hora de cenar y la repetían al día siguiente a la hora de comer. Con tanta facilidad que daban si me perdía detalle no era por culpa de la explicación sino de la comprensión.
Las cosas del universo, las nebulosas, los púlsares, los cuásares, los agujeros negros y las galaxias. Cosas todas ellas bastante más lejanas que las estrellas y los planetas del cielo que se pueden ver con los ojos sin precisar aumento. En mitad de las explicaciones de la serie salían los maestros científicos mirando por telescopios tremendos. El arte tiene mucho de culto a lo accesorio y es lo contrario a la filosofía. Por eso, me fijé fue en que no miraban poniendo el ojo en el extremo chico del telescopio. Explicaba la voz que llegaron a ser tan grandes que en lugar de con lentes los tuvieron que hacer con espejos y en lugar de apuntar arrimando el ojo a la lente inferior miraban por pequeños canutos perpendiculares al cañón principal. Con el tiempo terminaron usando pantallas auxiliares y se cargaron toda la gracia de la escena: mirar en una televisión podía hacerlo cualquiera, en su casa y sin necesidad de subir a semejantes montañas y lugares donde están los observatorios. Desde que empezaron a usar los nuevos sistemas y procedimientos recogieron imágenes absolutamente feas y además, absolutamente incomprensibles. Nada que ver con aquellas otras tan espectaculares, a todo color, que tanto circulan de correo en correo en presentaciones que suelen llevar textos pomposos y vacíos del tipo “que pequeños somos”.
Las imágenes de las tecnologías sofisticadas deben ser magníficos instrumentos de exploración. Las segundas, las de los correos coñazo, seguramente están coloreadas y filtradas, hechas exclusivamente para disfrute del público. Ni las unas ni las otras son de fácil comprensión pero las segundas, las bonitas, son preciosas y tienen formas, colores y hasta texturas que les dan vida independiente de su significado, no necesitan más explicación que la propia imagen.
Para ilustrar pongo algunas fotos que he bajado de páginas de divulgación astronómica y que evidentemente no son mías. Están elegidas en función del gusto visual que provocan, exclusivamente.
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Nebulosa |
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Choque de galaxias |
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Galaxias |
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Remanente de supernova |
La segunda parte es en la tierra, no en el cielo.
Una tarde aburrida de principios de invierno, cuando ya quedaba poca luz, me puse a jugar con la cámara de fotos. Tiene mi cámara una pantalla giratoria que se separa del cuerpo, de manera que se puede ver sin doblar el cuello la escena que está noventa grados a un lado. Algo similar al canuto chico de los telescopios gigantes de la serie.
El sol ya se iba por el horizonte en los picos de Mágina. En su ida se arrastraba por el suelo y se colaba por los huecos de las plantas que movía el viento, haciendo reflejos intermitentes como señales. Aburrido, miraba la pantalla de la cámara en la que aparecían figuras irreconocibles, brillos, luces difusas, colores sobrexpuestos y subexpuestos, resplandores y sombras. Una mezcla confusa y extraña de aspecto irreal pero muy llamativa. Aburrido, miraba y disparaba (en las digitales es gratis) llevaba a tope el zoom, apuntaba al chopo y al naranjo amargo. En estas manipulaciones hechas sin pensar se perdía la relación entre lo visto en la pantalla y el objeto real reflejado. Un pequeño desplazamiento de la lente suponía que el encuadre se moviera varios metros y que con eso se perdiera toda referencia y no se supiera adonde ni a qué apuntaba la cámara. O sea, algo similar al canuto chico de los telescopios de la serie. En los grandes telescopios también es, dicen, una de las tareas más dificultosas identificar la parte del cielo que se está enfocando (o enfocar a una parte determinada). Tan complicado es que para conseguirlo necesitan de extraordinarios sistemas tridimensionales de coordenadas celestes (pero no las hay para el jardín del cortijo de Lacra).
El resultado de esa tarde de disparos fotográficos automáticos o mejor, inconscientes, son las imágenes que pongo a continuación. Los paralelismos con las celestiales son evidentes, al menos a mí me lo parece así.
La pintura de hoy relaciona y hace pasar una cosa por la otra.

Y como siempre un “porúltimo”: ¿Por qué la pintura se llama Supernova? Pues porque anduve buscando términos astronómicos y como los quería usar vacíos de concepto, como pura forma sonora, no necesité de las definiciones y me pude quedar con cualquiera. Y supernova, daba igual lo que fuera, es nombre bonito mezcla de ciencia ficción y colores pop. Después de su elección descubrí (pero después)que supernova es una estrella agotada que en su muerte explota desapareciendo en un inmenso fogonazo cósmico: nuevamente una cosa parecida en el cielo y en el jardín variando apenas la escala: el otoño (cuando yo hacía las fotografías) era la explosión dorada y extremadamente brillante del año que se está muriendo. Hasta las naranjas del naranjo amargo alcanzan su sazón de color en esos días antes de caer, muertas, al suelo.