El cielo de Quesada. Acrílico y óleo 65 x 50 cm. 2016 |
Una noche de verano. Quizás de agosto. Con
luna llena. La imagen está tomada como si el observador estuviera tendido en el
suelo con la cabeza al norte y los pies al sur.
A su derecha los cerros de Vítar y la Magdalena, con sus
repetidores. A su izquierda la sierra. De frente los Picones y el puerto de
Tíscar con su atalaya. Un “lanrover” sube penosamente por las cuestas de un
carril.
En aquellos veranos de antes, los de
estudiante, al contrario que ahora era uno mucho más nocturno, no había hora de
acostarse por la noche ni de levantarse por el día. Recuerdo muchas noches de
luna llena, o quizás es que solo recuerde esas o que las recuerde con preferencia. Noches de atmósfera tranquila y luminosa, noches silenciosas de colores azulados y grises en las que las sombras de la luna eran muy oscuras y la tierra
de los olivares muy brillante, casi blanca.
En esas noches de los veranos de antes pocos
ruidos rompían la calma silenciosa, fuera de algún cuco, de los grillos o del
nuestro propio en algún bar, ruido ese si, chillón y escandaloso. Por ser aquel silencio tan tranquilo eran muy
llamativos y ocupan buena parte de memoria los pocos ruidos que de cuando en cuando se
presentaban. Así, el de los camiones cargados de paja que atravesaban de noche
el pueblo para no recalentarse. Con el estrépito de sus mecánicas ya entonces
viejas alborotaban por un momento la noche. Después volvía la calma y las voces
destempladas que escapaban del bar.
Nunca me dieron miedo las noches de luna
llena porque no son oscuras sino azules.
Con los años fue uno dejando de tener
todos los veranos libres y las horas de
orto y ocaso se han ido acomodado a criterios más convencionales. Hacía mucho, mucho
tiempo que no vivía a la luz de la luna una noche de verano. Por eso me dio
tanto gusto la excursión nocturna que hice este agosto pasado.
Bajando del anochecer en el Veleta, la luna señalaba la verea y a lo lejos
brillaban las luces de Granada en la Vega. Sólo se escuchaba el sonido de
nuestra conversación y nuestros pasos contra las piedras del camino. Por allí no hay cucos ni grillos.
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Saliendo la luna en el Veleta |
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Abajo en la Vega las luces de Granada |
Nunca me han dado miedo las noches de luna
llena, al contrario, me gustan, me atraen. Las noches de luna llena de verano
sólo pueden terminar como ya entonces, con luz, luz artificial brillando en los hielos de un
gintonic. Fue el caso.
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Las luces de Granada., Digital,. 4.724 x 3.071 px. 2016 |