lunes, 10 de septiembre de 2012

Postal de Quesada. Vista parcial.


                                            Postal de Quesada con luna llena. Photoshop. 65x50. 2012

En las tarjetas postales era frecuente que en la descripción, junto al nombre del pueblo o ciudad, se añadiera “vista parcial”. Pongo como ejemplo dos estampas viejas sobre las que se escribió a mano y con letra muy redonda “Quesada. Vista parcial” y “Quesada. Vista parcial del jardín”. 

Aclarar en el título que una postal es una vista parcial resulta de una inutilidad grande porque las postales siempre lo son. Hasta las que se llaman vista general son en realidad una vista parcial. Las fotografías sólo tienen dos dimensiones y reflejan  el punto de vista desde donde se hacen. Son siempre la imagen de uno de los lados de la cosa, de una parte de ella, nunca son el todo. En las postales y en todas las demás cosas las vistas siempre son parciales. Sólo los fanáticos piensan otra cosa.



La primera postal de Quesada que yo recuerdo sería de finales de los años sesenta o de muy primeros de los setenta, por ahí. Era una vista primaveral del pueblo con la sierra al fondo, hecha más o menos desde el puente segundo. El verde propio de la estación,  la impresión poco definida  y de color sobresaturado, le daban un aspecto de paisaje atlántico absolutamente impropio e irreal. Un paisaje casi protestante.

Hoy en día, en plena orgía digital, cuando hay tantas imágenes como palabras hay y cuando casi valen lo mismo de poco las unas y las otras, algo tan simple como la foto de un pueblo puede no parecernos gran cosa, incluso puede parecernos nada. Entonces, cuando sólo abundaban las palabras pero no las imágenes, sí lo parecía. Y mucho. Chocaba y sorprendía que una tarjeta postal en color, algo entonces casi exclusivo de las capitales de provincia, pueblos grandes y rincones de especial relevancia turística, se hubiese dedicado a cosa tan perdida y poco relevante como el pueblo de uno: tan propio y doméstico, tan fuera del mundo exterior que sólo a los directamente concernidos nos podía interesar. Que la placenta materna justificase una postal a todo color resultaba muy chocante. Y más chocante aún que se pusiera a la venta, a disposición del turismo, como si en Quesada por entonces hubiera turismo…

Recuerdo percibir aquella postal como una señal débil pero cierta de que también mi pueblo  se movía. Nada comparable a como se movía y progresaba a velocidad pasmosa el mundo de fuera, pero se movía. A paso de tortuga, claro, como se mueve el tiempo en la infancia, pero Quesada se movía. Y no era ese el único indicio. Empezó por entonces a circular un tríptico turístico editado en alemán por el Ministerio de Información y Turismo del señor Fraga. Tenía su correspondiente Virgen de Tíscar en lugar preferente (se conoce que para sorprender a los luteranos…) y una foto del ayuntamiento viejo hoy reliquia arqueo-fotográfica porque tardaron nada en demolerlo.



Pero no quedaba ahí el progreso. Si las postales y los trípticos asombraban, las contadísimas ocasiones en las que Quesada salía en el blanco y negro de la televisión provocaban el pasmo definitivo. Años y años quedaron tan grandes sucesos en la memoria y en las conversaciones. Recuerdo sobre todo aquella vez que salió Quesada en la serie “Los Ríos”. Al parecer motivó un famoso telegrama institucional a la institución de un pueblo cercano (me da igual que el telegrama existiera o que fuera sólo un buen chascarrillo del autor). Definitivamente algo se movía en Quesada. Porque además de las postales, de los trípticos y de los documentales con telegrama, el movimiento se tocaba y pisaba en algunas calles, de las más principales, en las que se estaba sustituyendo el empedrado basto de piedras gordas por un moderno piso de fino y suave cemento. Nuevo suelo que inmediatamente quedaba personalizado por gatos, perros y otros bichos. Antes de que fraguara, cuando todavía estaba blando, dejábamos concienzudamente nuestras huellas en el cemento.

De aquella postal de la que hablo sólo tengo el recuerdo. La he buscado  en páginas y colecciones web sin resultado. Sí he localizado la gemela que se hizo y que, no podía ser de otro modo, era  una vista de Tíscar. Es de la misma factura que la otra, igual de verde y saturada de color. Sirva aquí la una para recordar a la otra.


La postal gemela
Las postales, además de la vista parcial de un espacio son también la vista parcial de un momento.  Pero lo son de momentos muy  rebuscados y compuestos, de momentos públicos pensados desde la cuna para ser vistos por todos. No tienen mucha vida las postales, la verdad. Sirven apenas para conocer el escenario donde suceden o han sucedido las cosas. Sirven para comprobar si aquel edificio estaba todavía o ya lo habían demolido (lo frecuente en Quesada), si los pinos hoy crecidos ya estaban plantados o no. Para eso sí pero para recordar la vida, no. No era habitual fotografiar la vida. Tampoco había mucha de ella en las fotografías privadas pues, hasta la revolución digital con su abaratamiento de costes, lo normal era reservar el gasto para las fotografías familiares y los viajes (en los que se intentaba imitar, con menos medios y más gasto, el arte profesional de los fotógrafos de postal). No se hacían  fotos en las que se viera la vida. Entre otras cosas porque si alguien lo intentaba, como era cosa tan rara la fotografía, la vida se paraba y quedaba quieta  para salir bien con lo que dejaba de ser vida.
Vista parcial desde la Cruz

Son escasas las imágenes en las que se ven gentes ajenas a la foto, dedicadas a sus propios asuntos. De Quesada y de cualquier otro pueblo más que escasas casi inexistentes. Aunque alguna hay que circula por páginas especializadas en las que la gente cuelga sus recuerdos. Algunas he visto en esas páginas, magníficas y  totalmente casuales que casi huelen como olía el Jardín y la Explanada en verano, cuando regaban al caer la tarde y pasaban las bodas en comitiva de a dos camino de la iglesia.

Yo también hice alguna de estas fotos digamos costumbristas. Traigo de muestra esta de la Explanada en una tarde lluviosa de diciembre del ochenta y siete. La hice desde el balcón de mi tío Carlos y mi  tía Carola,  tomando café junto a mi padre  creo recordar que en visita de enfermos.

Explanada
Foto con vida. Vaho en los cristales de la puerta
 del Marisol



En fin. Hace ya muchos años que paseo poco por el interior de Quesada, que me muevo más bien por su periferia. No hago estampas desde dentro pero sí las hago desde fuera, del pueblo visto desde la sierra, desde el campo, desde ángulos raros y desde todas las distancias. Busco perspectivas curiosas, sorprendentes, insólitas. O eso creía yo que eran las que conseguía, porque junto a la revolución digital, llegó el senderismo, el biciclismo y el montañismo. El trasiego y el bullicio son continuos hasta en las veredas más perdidas. Hay gente por todos sitios. Hay gente encaramándose a las más altas peñas, encontrando los más secretos rincones. Gente fotografiando desde lugares inverosímiles. En cualquiera de las aplicaciones que juntan cartografía y fotografía se pueden encontrar por cientos sus frutos. Las perspectivas que yo pensaba raras e incluso extravagantes han quedado en corrientes y demasiado vistas. Hasta en las cosas más propias y reservadas como es el pueblo de uno, he quedado rebasado y al nivel de un vulgar aficionado.

Para consolarme he puesto arriba una postal que he hecho este verano y que aunque es digital no es fotografía sino pintura. Representa una noche de luna llena. No sería capaz de asegurar si representa sólo el recuerdo de una noche concreta o por el contrario es el recuerdo de cualquiera de ellas o incluso, el de todas a la vez las noches de luna llena sobre la Atalaya. Da igual.

Advertencia final: existen postales de Quesada bastante más antiguas y por eso más sorprendentes que esta de la que hablo, pero como no es este lugar para alardes de erudición me remito  a donde sí tienen cabida:
http://historiadequesada.blogspot.com.es/2012/09/album-de-postales-de-tiscar.html


La torre de la iglesia desde la carretera
Quesada vista desde Úbeda




Otra vista de la torre de la iglesia,
desde la Vega
El humo de las chimeneas
 una mañana de diciembre


domingo, 15 de julio de 2012

El cielo se cae sobre nuestras cervezas

Árbol de la calle Mulhacén al final del invierno. Acrílico y óleo sobre lienzo. 50x65. 2012



En la terraza de un bar de la calle Mulhacén, en Granada. Mediodía de domingo en un invierno menguante. El  sol crecerá en unas pocas semanas y será sol de primavera, pero ahora es todavía un crío y se esconde entre las cornisas y por los tejados, cruza la calle a la carrera mirando a cada lado en cada esquina. Cuando el sol sea mayor y fuerte, en verano, no tendrá rival ni enemigo que con él pueda, pero ahora es todavía un niño indefenso y débil y recela de todo y de todos. Son los últimos días del invierno y las yemas del árbol han empezado a parir hojas pero desde aquí, desde la mesa en la terraza del bar, apenas se distingue algún movimiento en las ramas; sólo se alcanza a ver un árbol desnudo en la mañana clara de febrero.



Este invierno ha sido como el otoño. El  año pinta como el pasado e incluso peor. Ando con los de mi cofradía todo el día procesionando  la Gran Vía arriba la Gran Vía abajo. Y tanta caminata,  tanta reivindicación cansa (físicamente). Cansa, es verdad, pero también lo es que toda movilización tiene su recompensa. Y la tiene no porque más tarde o más pronto se alcancen los fines buscados (lamentablemente parece que no van por ahí la cosas ahora) sino porque en su final, la caminata se riega con una cerveza y con una conversación. O con dos o tres o más cervezas y dos o tres o mas conversaciones.



El árbol en febrero
El árbol unas semanas después















Una vez más hoy domingo hemos corrido la Gran Vía y antes de volver a nuestra iglesia, como el día estaba tibio y claro, nos hemos sentado en la terraza del bar que hay en la calle Mulhacén esquina con la mía. El sol infantil que antes decía, se va confiando conforme avanza la mañana y ahora juega y alborota aprendiendo su oficio como todos los cachorros, jugando a deslumbrar y a cegar. Juega a saltar haciendo brillos y destellos, desde las ramas del árbol hasta la farola. Revolotea tropezando torpemente con los cristales de las ventanas. Y mientras juega el sol, del cielo blanco de la mañana de febrero caen gotas de luz que salpican la piel,  la mesa, las aceras, los pasos de cebra... Gotas de sol que juegan picoteando la copa de cerveza y persiguiéndose en el rocío del cristal, en el dorado de la cerveza.



Ha sido este un momento, un rato, feliz en un invierno triste. Hemos hablado de todo, de comida y de sexo, de fotografía y de imprenta, de noticias de lo que ha venido y de temores por lo que vendrá. También, claro,  de la reivindicación.  Con el alcohol y con tanta conversación los brillos y los destellos han aprovechado para hacernos nidos de golondrina en los ojos... Una  mirada que estaba aburrida corre a unirse a los alborotos del sol niño, que se dedica a  molestar con sus gritos a las sombras, a las viejas luces frías de los caracierzos de las calles transversales.  Tropel de voces, algarabía de luces. La humedad heredada de las pasadas escarchas apura sus horas en la penumbra de los rincones. Otra caña. Otro trago amarillo y blanco, amargo y frío. Otra palabra, otro argumento, otra tapa, otra risa, otro comentario, otro chisme, otro trago amarillo y blanco, amargo y frío.


Caña
Cañas












Lo malo de los momentos (felices) es que apenas duran un instante, que son pequeños y que ocupan poco espacio. Por el contrario, su recuerdo es grande, se estira como un chicle y puede alargarse tanto que no tenga fin. Por eso es que la vida es en su mayor parte pasado envuelto en una fina capa de presente. El futuro no está en ella porque es lo que no existe, lo que ni siquiera se sabe si vendrá. Efectivamente, la vida es casi en su totalidad pasado y el pasado  no es otra cosa que la acumulación de antiguos presentes. La vida es como los troncos de los árboles, anillos que se van superponiendo protegidos por la piel, corteza.



Son, estas, reflexiones profundas y de mucho juego (especialmente para alguien que estudió la carrera del pasado) pero ahora me resulta imposible  seguir desarrollándolas porque he vuelto a mandar que llenen. Y hemos vuelto a la luz lánguida de un invierno triste en el que el mundo se está hundiendo mientras nosotros charlamos, bebemos, reivindicamos, discutimos, reímos, amamos… Nos llenan mientras el sol crío sigue jugando a reflejarse en el plástico de la mesa y a molestarnos con sus reflejos. Un aire frío, duendecillo viejo de enero, escapa con pasos nerviosos resguardándose bajo los balcones, muy  pegado a la pared. El cielo es blanco. Mediodía de un domingo de febrero. Estamos en la terraza de un bar de la calle Abul Hasan Ali Ben Saad, Muley Hasan o Muley Hacén, sultán de Granada y sultán de la red geodésica. El solecillo juega, nosotros bebemos, hablamos. Y mientras, el cielo se está cayendo sobre nuestras cervezas.


Cielo blanco
Calle Mulhacén



El sol escondido en las ramas

Farola y ramas desnudas




miércoles, 13 de junio de 2012

Lluvia de lunas (Perseidas lunares)



lluvia de lunas sobre el cerro Vítar y silueta de oliva de sombra. Photoshop, Paint. 65x50. 2012



Se acerca el chubasco. El cielo se dobla y retuerce encima de nosotros. Pronto caerán las primeras lunas, gotas de luz seca empapando la noche, gotas de luna, aguanieve de estrellas.
 


Las lunas son como la Virgen, es una aunque luego cada pueblo tenga la suya. Incluso algunos, si son grandes, tienen dos o más. De ambas.



luna, lucero y chopo
luna y oliva





Cada pueblo tiene su luna predilecta porque hay muchas de ellas donde escoger. Además de las cuatro que hacen  cada una de las fases, hay muchas otras. Las hay tempranas que llegan en plena tarde bastante antes de que lo haga la noche. También tardías y perezosas, que remolonean con descuido sin salir hasta que las sorprende el sol del nuevo día. Hay lunas grandes y gordas, bien cenadas y lustrosas, que casi no pueden levantarse del suelo y arrastran la barriga redonda y dorada por el horizonte. Las hay pequeñas y muy brillantes, que vuelan y saltan con agilidad en lo más alto de la noche. Las hay fugitivas, que escapan con sigilo escabulléndose entre las negruras por el barranco abajo. Y poderosas, que amanecen sentadas en los tejados de sus cortijos desde donde dominan los valles y campiñas que les pertenecen. Hay lunas pescadoras que viven de los peces del mar y las hay labradoras que aran surcos de luz entre las camadas de olivares. Hay lunas forasteras que asoman su melancolía a las cunetas de las carreteras  y las hay familiares, que cada mañana dan los buenos días a las calles que se desperezan. Las hay de invierno y las hay de verano, las hay de todas clases, formas, colores y olores. Hay tantas y tan variadas que cada pueblo tiene la suya de igual manera que tiene la suya cada hora, cada noche, a veces también cada día. Hay muchas y muy distintas aunque, como la Virgen, todas sean una.
 


luna camuflándose en las luces de la noche llena
luna entre las nubes y los pinares de la sierra













Ni dos ni tres veces han sido las que a principios de agosto he querido ver llorar a San Lorenzo. Y siempre con poco éxito, no lo voy a negar, pues apenas he conseguido ver alguna lágrima suelta pero nunca, ni por asomo, esas barraqueras que cuentan que han visto los que saben del cielo. Una vez me invitaron a ver llorar al Santo en una casa de las afueras. Casa bien situada y suficientemente lejana de la civilización lumínica urbana. Me dieron de cenar y de beber y luego una tumbona para tenderme y ver el espectáculo con comodidad. Era una noche de agosto en la que no se movía una hoja y... me quedé dormido. Porque yendo a por estrellas encontré paz  y como me gustó, me quedé con ella.
 


Luna de Benabolá
luna remolona de la mañana













Algunas veces no he tenido ni la oportunidad ni las ganas de salir al campo en las fechas oportunas. En otras también pocas lágrimas encontré aunque ahora no recuerde la razón del fracaso. Pero no siempre ha sido así, alguna vez he rozado el éxito. Hará como un par de veranos la cosa empezó bien. Era el sitio y el momento indicado cuando, de pronto, cayó una lágrima y luego otra. Parecía que se arrancaba por fin a llover. Y cuando ya tocaba con las manos el premio tantas veces buscado, entonces, por detrás del cerro Vítar, asustada no se si por mis pasos o por los pasos nerviosos de los perros, levantó el vuelo una luna menguante que casi de inmediato se escondió en lo más espeso de las siluetas del campo. Fue apenas un suspiro. Sus alas apenas rompieron el silencio durante unos fugaces instantes pero fueron lo bastante. Hubo luz y ya no hubo estrellas. Sólo ese vuelo imprevisto y corto fue el recuerdo de aquella noche. Buscando estrellas me topé con lunas.
 


luna artificial de exterior
luna artificial de interior











lunas artificiales de barra de bar



Me he topado con pocas estrellas fugaces pero con muchas lunas. Las he visto saltar, volar y esconderse y he coleccionado sus luces, las sombras que fabrican sus luces. Es por todo ello que he pintado una lluvia de lunas. Son lunas perseidas  estas porque son lunas de verano. Porque yendo a por lágrimas me encontré con ellas. Son lunas de mi pueblo (cada pueblo tiene la suya y en el caso del mío, varias) Es una tormenta lunar de verano sobre el cerro Vítar.


Son muchas, aunque como las vírgenes todas sean una, pero aunque sean una el que sabe de lunas a cada una por su nombre la conoce.
 

¿Sol o luna?
Silueta de oliva movida por el aire y detrás una luna






domingo, 20 de mayo de 2012

Extranjero en su propia tierra: olivo y mimosa.


Olivo acosado por una mimosa en flor.Digital. 65x50. 2012


La Mimosa, acacia azulada, Acacia saligna o Acacia cyanophylla, es una planta leguminosa de origen australiano considerada aquí como especie invasora y gran enemiga de las especies autóctonas. Importada para trabajar en el ornato de parques y  jardines, ha saltado las lujosas tapias y hoy coloniza descampados, solares sin vender ni edificar, márgenes de carretera y cualquier otro espacio disponible. Es poco exigente. Su capacidad para fijar el nitrógeno atmosférico, común a  todas las leguminosas, le permite colonizar suelos pobres y despoblados siendo esta una de las razones de su gran expansión, (dicen que) descontrolada. Al final del invierno florece en tonos amarillos intensos. Sus hojas aparentes no son tales pues en realidad se trata de tallos aplastados que se llaman filodios.


En 1956, recién indultado el Régimen por el Mundo Libre, la fuerza aérea gringa hizo el primer mapa fotográfico aéreo de la Península (o el segundo, porque creo que los aliados nazis del aliado del Mundo Libre hicieron el auténtico primero, no se si completo, hacia 1940). Se le conoce como Vuelo Americano y hace unos años que la Junta de Andalucía publicó la parte que le toca. En la foto de ese vuelo correspondiente a la ribera del río Benabolá, donde hoy está el campo de golf Las Brisas, se observa una plantación de árboles. La escasa calidad de la imagen en blanco y negro dificulta la identificación del cultivo pero el color  oscuro (que parece corresponder con un verde intenso) y  lo apretado de la plantación (con los árboles casi tocándose los unos a los otros) induce a pensar que se trata de naranjos. Apoya esta versión el dato de que, efectivamente, en la zona se producían naranjas que se exportaban envueltas en papel de seda estampado con la marca "Colonia del Ángel. Productores de frutas cítricas", el dibujo reconocible de la Concha y una plantación de naranjos.  

La oliva y la mimosa, desde mi terraza


Por aquellos años no existían allí edificios fuera de algún cortijo suelto. Hoy es radicalmente distinto y lo raro es encontrar un metro sin ladrillo, cemento o asfalto. Aprovechando nuestros paseos, los perros y yo vamos rastreando rincones con la intención de identificar entre los jardines, entre las casas, las tapias y los solares baldíos, algún resto de aquellos años exclusivamente agrícolas. En una de esas y abriendo hueco en la valla vegetal del dicho campo de golf, llegamos a descubrir que lo fotografiado por los americanos no eran naranjos sino olivos. Quedan algunos, con el mismo marco y disposición, formando bosquecillos en mitad de la hierba. La prueba indubitable de que lo son se consigue mediante la comparación de las ortofotos de 1956 y 2004: los árboles que se ven por el agujero son los mismos que ya existían en esa primera fecha y son, basta con mirarlos por el hueco de la cerca vegetal, olivos. Resulta sorprendente pero en aquel rincón entonces remoto y lejano, vecino cercano de África, existía ya entonces una plantación casi intensiva, muy moderna. Cultivos entonces sorprendentes y avanzados, muy distintos de los tradicionales olivares extensivos de secano. Explotación puntera nacida a su vez de una tradición industrial metalúrgica desparecida y absolutamente discordante con lo que hoy es la comarca entera.

Mimosas en la ribera del Benabolá



Las cosas han cambiado y mucho. Calles, edificios, jardines (que no huertos), apartamentos, centros comerciales y academias de español para extranjeros se adueñan con avaricia desenfrenada del espacio. Como reservas indias, algunos rincones junto al río Benabolá mantienen suspiros de vida no salvaje pero sí natural.


Llegaron las mimosas a la Costa para trabajar como plantas ornamentales en los jardines de las nuevas casas ricas que se estaban sembrando.  Un trabajo poco cualificado consistente en florecer en marzo, hacer masa verde durante el resto del año y poco más. Ayudadas por el viento (que no es de ninguna parte) acabaron por saltar las cercas y comenzaron a colonizar los suelos pobres que ninguna planta autóctona quería (ya hemos contado su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico). Tanto se extendieron que a día de hoy marzo y abril son meses absolutamente amarillos en las cunetas, en los descampados y en algún jardín olvidado (ya, por asilvestradas y comunes, no se cotizan en las lujosas mansiones). Paisajes saturados de amarillo desplazan a los paisajes de colores locales durante el final del invierno y el principio de la primavera.


Mimosa en flor

Enfrente de mi terraza, en la ribera del Benabolá, sobrevive uno de esos pocos rincones libres y abiertos. Algún chopo, algunos pinos, muchas zarzas. Todo muy racial. También grandes eucaliptos (estos ya forasteros) y mimosas, muchas muchas mimosas. Por eso la primera primavera es también aquí  tremendamente amarilla, toda plagada de mimosas en flor. Entre ellas y las zarzas de la orilla sobrevive un olivo solitario y abandonado que apenas ha empezado a mover la savia. Está como acobardado entre tanto amarillo. Un olivo hoy abandonado que seguramente formaba parte de aquella plantación modelo guardada en la memoria del Vuelo Americano de 1956. Fue la vanguardia tecnológica del olivar  y hoy malvive extranjera en su propia tierra rodeada de infieles. No sigamos. No hace falta aclarar más adónde nos lleva este camino. Pero, aunque ignoremos los posibles matices políticos del asunto, no podremos evitar toparnos con su triste estampa de olivo abandonado, triste y asfixiado. Las fotografías que adjunto dan fe de su  estado.

Mimosas, olivas, pinos, eucaliptos
Más mezclas












El olivo es un árbol humilde, trabajador y sufrido, resistente a la sequía y a los malos propietarios. Tiene muchas virtudes y algún que otro defecto. Por ejemplo, es bastante huraño y no soporta la cercanía de otros árboles, de cualquier otra planta que sea algo más que una hierba... Le tiene pánico a los vecinos. Cuando un olivar se abandona de inmediato sus habitantes se encojen, se acobardan de tal manera que  hasta una simple zarza les puede. El olivar abandonado en muy poco tiempo se disuelve y desaparece. Cualquiera que haya salido un poco al monte lo ha visto alguna vez.

Mimosas escondiéndose detrás de los eucaliptos


Como decía, pocos años después del Vuelo Americano la zona sufrió una inaudita marea constructiva. Las casas y los jardines sustituyeron a los cultivos. Tantos jardines caros se plantaron que las plantas autóctonas fueron incapaces de llenarlos, incapaces de aportar el toque exótico que necesitaba algo tan exótico por aquí como son los jardines con césped. Se importaron toda clase de extravagancias. En http://floracostadelsol.blogspot.com.es se puede leer y aprender sobre las plantas nuevas y también sobre las antiguas.


En esta guerra, perdida de antemano, los olivos casi desaparecieron. Hoy, hay que buscar sus restos con métodos de prospección arqueológica vegetal. Pero quien realmente desplazó y aniquiló a los olivos fue el P.G.O.U. Fue la especulación quien acabó con el campo, fue el dinero quien abandonó almendros, olivos y viñas como abandonan los amos crueles a los perros viejos. ¿Que culpa tiene de esto la mimosa? Seamos serios. A los olivos primero los diezmó la construcción y luego su carácter huraño les hizo retraerse aún más. No supieron o pudieron adaptarse a los pequeños huecos vegetales, superpoblados de plantas venidas de todas las partes. Pero esta situación la provocó el P.G.O.U. no la provocaron esas nuevas plantas. Con los olivos de la costa acabó  el abandono y el dinero.


Por mi parte sólo me queda añadir que yo las cosas ya las conocí cambiadas, como son ahora. La mezcla de ahora me parece lo natural. No añoro pasados tiempos supuestamente mejores.  Y siempre me han gustado las fronteras y las líneas de contacto. Y bien está que así sea.

Un mes después, las mimosas sin flor. La oliva punto de florecer


(ha llegado mayo, las mimosas ya no son amarillas que son masas verdes de filodios y ramas sin flor. El olivo acosado y perdido, que parecía asustado y sin futuro, se está cuajando de flor. Flor pequeña y trabajadora, productora de aceituna y aceite, hija de Grecia y Roma. Es tanta la flor que su color sin lujo destaca sobre la mimosa desnuda, sobre el pino y el eucalipto. ¡Árbol admirable! Como los perros lame la mano que le pega, esa mano que lo dejó abandonado. Esa misma mano que, ahora, culpa a la mimosa)


Arriba, vuelo americano de 1956, abajo, misma zona en 2004 (Sigpac)

lunes, 2 de abril de 2012

Nuevas tardes de verano y reivindicación de sus frutos.

La tarde en la piscina. Óleo y acrílico sobre lienzo. 73x60. 2011

Piscina de Lacra. Óleo sobre lienzo. 60x50. 2002

     Luna en el Cerro Vitar. Óleo sobre lienzo. 61x46. 2002

  Amanecer de verano en Lacra. Óleo sobre lienzo. 61x48. 2001



Los recuerdos guardados en un cajón se sacan, se miran, se enseñan y  se vuelven a guardar.



Unos se guardan simplemente dejándolos en  el cajón, otros dentro de una caja, algunos muy delicados se envuelven en una tela o cuando menos en una bolsa de plástico. Hay quien tiene la costumbre de secarlos entre las hojas de un libro que, cuando años después se hojea, deja caer al suelo los recuerdos  olvidados, aplastados en dos dimensiones.



Los recuerdos van envejeciendo cada uno a su manera.  Algunos como el vino tinto pierden color, otros como el blanco lo ganan y los hay también como el rosado que con el tiempo se estropean. Los recuerdos, de cuando en cuando, se sacan, se miran, se enseñan y se vuelven a guardar. En cada ocasión se ven de una manera distinta y producen una emoción diferente. Las maneras y las emociones se adhieren a él formando sucesivas capas y estratos de la memoria. Es por esta estratigrafía  sedimentaria que los recuerdos se mueven y cambian. Cuanto más se recuerdan más cambian.



A todo lo dicho se suma que el pasar de los años hace que cambien la forma y tamaño de los recuerdos de manera que las aristas se suavizan, los huecos se rellenan y los llenos se vacían. A veces el disgusto se vuelve gozo y en otras se borran sólo los berrinches (es lo que pasa cuando es inminente la llegada de la vejez y el recuerdo en cuestión se asocia a tiempos de piel más tersa). Quiero decir que en todo esto interviene también la manipulación interesada  y el auto-engaño o ambos dos.

Ocaso de sol
Orto de luna





Hay un momento en las tardes de verano, justo cuando empiezan a irse las avispas pero aún no han llegado los mosquitos, después del ocaso de sol y antes del orto de luna, en que el aire solano que sube del Guadiana chico, cesa. Dejan de escucharse los pájaros, no se mueve una hoja. Pareciera como si el motor de las horas se hubiera parado. Es entonces cuando la luz en fuga se satura de colores irreales. Es entonces cuando se hace invisible la calima y amaina el fuego inodoro, incoloro, de la tarde. Cuando despiertan los aromas dulzones de las hierbas secas y los tamos: detrás de alguna de las primeras sombras alguien está regando y la tierra mojada reparte esencias azules por el olivar que se esconde entre las medias luces. A esta hora, en este momento, en la tregua del viento, en el relevo de tarde y noche, nada se mueve, nada grita. El silencio y la calma serían totales si no fuera por el rugido de las hélices de un avión militar volando y por el crujido de las hojas y de los tallos que quiebran  los saltos del gato (está cazando bichos en el interior de la madreselva).



En una entrada de hace meses (abajo está el enlace) me refería a un momento de las tardes de verano en Lacra que si bien es temporalmente vecino del momento suso mentado, es por muchos conceptos su antípoda. Es ese otro la media tarde del calor, de la luz blanca requemada, de las plagas de bichos. Hacía entonces especial mención a las avispas, tábanos y moscas. Contaba en dicha entrada que al intentar pintar una idea o cosa me salía otra distinta a la buscada, produciéndome la frustración consiguiente. Identificaba el origen del problema  en que por culpa del calor y de los bichos no era posible la concentración. Por todo ello renegaba de las pinturas pintadas en aquellas tardes  y anunciaba que las quitaba de la circulación, que en su lugar ponía un dibujo digital, liviano, de Sierra Mágina, para salir del paso. Todo eso ya lo he contado antes.


Masas de color
la calma




Las pinturas, recuerdo de aquellas tardes de verano, las tengo guardadas en el cajón escondido de las paredes de mi dormitorio en el cortijo de Lacra. Mi madre cree que las tengo allí por no querer que alguien las vea y las quiera llevar. Se sorprendería si supiera que están allí dejadas, abandonadas, porque en su día renegué de ellas, de las avispas, del calor, de los tábanos y de las demás desgracias. 

De cuando en cuando aparezco por allí y me las encuentro debidamente colgadas. Cada vez que enciendo la bombilla saco los recuerdos del cajón. Encima de la pintura ha caído polvo y han caído nuevas  miradas que la cubren de capas nuevas. Guardadas en el arca de las paredes del dormitorio, solas y a oscuras casi siempre, han evolucionado. Una, vino blanco, ha cogido color. Otra, tinto, lo ha perdido. Creo que ninguna es rosado.

Avión militar de hélice
Bicho cazando bichos





Han cambiado las pinturas porque ha cambiado el recuerdo de aquellas tardes de verano. Ha crecido y envejecido, ha dejado atrás los tábanos, el sudor y las moscas implacables. Han muerto las avispas, han muerto los malos bichos y han dejado cadáveres huecos pegados al envés de las hojas de oliva. Al encender la luz de la habitación el recuerdo se deslumbra y se asusta. Hay que manejarlo con cuidado porque es extremadamente frágil y se cuartea con facilidad. Ya tiene una esquina doblada, hacia la parte de abajo le han salido unas manchas oscuras de hongos microscópicos que la humedad ha criado.

Bicho muerto





Realmente no se si es que el recuerdo ha ido cambiando hasta convertirse en este otro tranquilo y sereno del momento en el que la tarde se va y la noche viene. No se si ha cambiado o si al ir desapareciendo aquél viejo ha ocupado este su hueco este nuevo. No lo se.  Pero ha pasado y donde estaba el uno ahora está el otro.  El efecto ha sido inmediato, han quedado reivindicados los frutos de aquellos veranos. Existe vida más allá (un rato después) de las avispas,  de los tábanos y de las moscas.

último rayo de sol en el peral
último rayo de sol en el muro de adobe