jueves, 19 de enero de 2012

Perfil de la Sierra de Quesada



Perfil de la Sierra de Quesada. Acrílico y óleo. 65x50. 2011


Hay poco que decir aquí. El Perfil de la Sierra de Quesada. Uno de mis perfiles de nación, el de levante, en Quesada. El otro, el de poniente, es el Cerro de la Magdalena, extraña mezcla de cementerio, restos argáricos y antenas de televión y telefonía, lo más viejo y los más nuevo. Pero a poniente la Sierra ni es vieja ni es nueva. Siendo siempre, en cada estación de cada año se hace nueva. 


Un perfil es una línea elástica que se deforma y cambia según se vea desde un poco más abajo o desde un poco más arriba, más a la derecha o más a la izquierda. Según el sitio desde el que se mire cambia. Pero aún  cambiando, sigue siendo reconocible. Reconocible para quien lo conoce, para quien ha construido todo o parte del recuerdo de su vida con ese perfil.



Un perfil y un paisaje son cosas distintas. El paisaje es un espacio compuesto por árboles, montañas, valles, regadíos y secanos, mares y cielos. Un perfil, por el contrario, es el icono que sirve de símbolo a una vida, o a un trozo de una vida.


Del perfil  de levante en Quesada podría decir muchas cosas. Decir el nombre de cada una de sus líneas y a cada una ponerle una historia. Son ya tantas cosas las que viven bajo este perfil que es difícil, ahora, escoger alguna. Son tan antiguas estas cosas que, fuera de las mas remotas, empieza a ser dificil recordarlas. Es tanta la gente que viene, que va, que fueron, que empiezan a ser más las lágrimas que las palabras. 


Creciendo bajo el Perfil


miércoles, 4 de enero de 2012

Buscando galaxias lejanas




Supernova agonizando. Cera, acrílico y óleo sobre lienzo. 73x50. 2012


Una serie de las de divulgación, en la segunda cadena, explicaba la cosa del universo, de cómo los astrónomos fueron encontrando rincones cada vez más lejanos y de como iban mejorando y haciendo cada vez más caras y potentes las máquinas de buscar. Echaban la serie por las noches, a la hora de cenar y la repetían al día siguiente a la hora de comer. Con tanta facilidad que daban si me perdía detalle no era por culpa de la explicación sino de la comprensión.


Las cosas del universo, las nebulosas, los púlsares, los cuásares, los  agujeros negros y las galaxias. Cosas todas ellas bastante más lejanas que las estrellas y los planetas del cielo que se pueden ver con los ojos sin precisar aumento. En mitad de las explicaciones de la serie salían los maestros científicos mirando por telescopios tremendos.  El arte tiene mucho de culto a lo accesorio y es lo contrario a la filosofía. Por eso, me fijé fue en que no miraban poniendo el ojo en el extremo chico del telescopio. Explicaba la voz que llegaron a ser tan grandes que en lugar de con lentes los tuvieron que hacer con espejos y en lugar de apuntar arrimando el ojo a la lente inferior miraban por pequeños canutos perpendiculares al cañón principal. Con el tiempo terminaron usando pantallas auxiliares y se cargaron toda la gracia de la escena: mirar en una televisión podía hacerlo cualquiera, en su casa y sin necesidad de subir a semejantes montañas y lugares donde están los observatorios. Desde que empezaron a usar los nuevos sistemas y procedimientos recogieron imágenes absolutamente feas y además,  absolutamente incomprensibles.  Nada que ver con aquellas otras tan  espectaculares, a todo color, que tanto circulan de correo en correo  en presentaciones que suelen llevar textos pomposos y vacíos del tipo “que pequeños somos”.


Las imágenes de las tecnologías sofisticadas deben ser magníficos instrumentos de exploración. Las segundas, las de los correos coñazo,  seguramente están coloreadas y filtradas, hechas exclusivamente para disfrute del público. Ni las unas ni las otras son de fácil comprensión pero las segundas, las bonitas,  son preciosas y tienen formas, colores y hasta texturas que les dan vida independiente de su significado, no necesitan más explicación que la propia imagen.


Para ilustrar pongo algunas fotos que he bajado de páginas de divulgación astronómica y que evidentemente no son mías. Están elegidas en función del gusto visual que provocan, exclusivamente.
Nebulosa
Choque de galaxias
 












Galaxias
Remanente de supernova












La segunda parte es en la tierra, no en el cielo.




Una tarde aburrida de principios de invierno, cuando ya quedaba poca luz, me puse a jugar con la cámara de fotos. Tiene mi cámara una pantalla giratoria que se separa del cuerpo, de manera que se puede ver sin doblar el cuello la escena que está noventa grados a un lado. Algo similar al canuto chico de los telescopios gigantes de la serie.


El sol ya se iba por el horizonte en los picos de Mágina. En su ida se arrastraba por el suelo y se colaba por los huecos de las plantas que movía el viento, haciendo reflejos intermitentes como señales.  Aburrido, miraba la pantalla de la cámara en la que aparecían figuras  irreconocibles, brillos, luces difusas, colores sobrexpuestos y subexpuestos, resplandores y sombras. Una mezcla confusa y extraña de aspecto irreal pero muy llamativa. Aburrido, miraba y disparaba (en las digitales es gratis) llevaba a tope el zoom, apuntaba al chopo y al naranjo amargo. En estas manipulaciones hechas sin pensar se  perdía la relación entre lo visto en la pantalla y el objeto real reflejado. Un pequeño desplazamiento de la lente suponía que el encuadre se moviera varios metros y que con eso se perdiera toda referencia y no se supiera adonde ni a qué apuntaba la cámara. O sea,  algo similar al canuto chico de los telescopios de la serie. En los grandes telescopios también es, dicen, una de las tareas más dificultosas identificar la parte del cielo que se está enfocando (o enfocar a una parte determinada). Tan complicado es que para conseguirlo necesitan de extraordinarios sistemas tridimensionales de coordenadas celestes (pero no las hay para el jardín del cortijo de Lacra).


El resultado de esa tarde de disparos fotográficos automáticos o mejor, inconscientes, son las imágenes que pongo a continuación. Los paralelismos con las celestiales son evidentes, al menos a mí me lo parece así. 

La pintura de hoy relaciona y hace pasar una cosa por la otra.





















Y como siempre un “porúltimo”: ¿Por qué  la pintura se llama Supernova? Pues porque anduve buscando términos astronómicos y como los quería usar vacíos de concepto, como pura forma sonora, no necesité de las definiciones y me pude quedar con cualquiera. Y supernova, daba igual lo que fuera, es nombre bonito mezcla de ciencia ficción y colores pop. Después de su elección descubrí (pero después)que supernova es una estrella agotada que en su muerte explota desapareciendo en un inmenso fogonazo cósmico: nuevamente  una cosa parecida en el cielo y en el jardín variando apenas  la escala: el otoño (cuando yo hacía las fotografías) era la explosión dorada y extremadamente brillante del año que se está muriendo. Hasta las naranjas del naranjo amargo alcanzan su sazón de color en esos días antes de caer, muertas, al suelo.



martes, 29 de noviembre de 2011

Nuevo otoño con Mulhacén en el horizonte.

Nuevo otoño con Mulhacén. Photoshop. 92x65. 2011


El Mulhacén en otoño, sobresaliendo al chopo de la alberca




Se ha hecho de rogar pero por fin ha llegado el otoño nuevo, el de este año. Al otoño le da miedo el calor y la sequía y hasta que no se ha cerrado el verano de un portazo y no ha empezado a llover, ha estado escondido al otro lado del mar, esperando su momento.


Calle Mulhacén


Desde agosto estuve pendiente de su llegada, noche tras noche. Lo esperaba en la terraza de un bar de la calle Mulhacén, entreteniendo la ansiedad de la espera con una caña que va y con otras que también vienen. En agosto las hojas también se caen pero no por muerte natural, se caen asfixiadas, empapadas en sudor, jadeando y muertas de sed ¿cuando acabarán estas noches y estos bochornos?




Tengo la suerte de poder esperar al otoño aquí sentado, bebiendo, comiendo, comentando y a veces pontificando, mirando de reojo calle abajo por si apareciera. Ya tiene que llegar ¿porqué tarda tanto este año?



Volviendo a Granada un domingo en el coche y todavía con el aire acondicionado puesto, me di cuenta de que la luz de las tarde de otoño, porque ya era su tiempo, intentaba asomarse por las choperas. Pero al oler el olor a paja y a hierba seca, el olor de tarde de agosto (aunque fuera octubre en su final), la luz de las tarde de otoño se asustaba y corría a esconderse en la cuneta al otro lado de la carretera, corría cerro arriba desesperada buscando refugio en las riscas de las cumbres desde las que a veces se ve el mar.

Ya pasado el otoño, el Mulhacén y Sierra Nevada
desde la alberca del cortijo de Lacra



Hace semanas que no es verano pero que sigue abierta la terraza del bar de la calle Mulhacén. El poco aire que corre es caliente y áspero. Por las tardes a su hora ya es de noche, como debe ser, pero todavía nadie ha visto al otoño nuevo.  



Empecé a pensar el dibujo digital de hoy en aquellas tardes bochornosas del final del  verano, buscando con la imaginación alivio a los calores. Lo pensé tirando de fotografías y de recuerdos, añorando los mosaicos cubistas de hojas secas a los pies del chopo de la alberca. Recuperando del trastero de la memoria el frío y la humedad del atardecer. Echando mano de las ciento cincuenta, o más, fotografías que debo llevar hechas de la silueta del Mulhacén en el horizonte rojo de Lacra, al atardecer, cuando ya  se va el año. Eran tantos los registros, digitales y de recuerdo, almacenados que no hacía falta que llegara el nuevo otoño para que pudiera sentirlo y pudiera pintarlo. Y así lo hice.



Pero de repente, cuando ya no lo esperábamos, los árboles ardieron en amarillos y dorados por orden de especie, de altitud y de umbría.  Día a día las granadas se hicieron más dulces y se juntaron con las primeras naranjas.  Crecieron las noches ocupando casi todo el tiempo de las tardes y llovió, el aire se volvió azul y la tierra parda, húmeda y verde. Llegó el nuevo otoño de siempre. Para entonces ya tenía acabado el dibujo y no le había tenido que pedir a él nada. Tenía preparadas hasta las fotos de acompañamiento y explicación visual. Por oficio y años pude sacar todo adelante, yo solo. Y mejor así porque cada vez, año, fin de verano, desconfío más del otoño de siempre, soporto menos sus caprichos de viejo: se presenta cuando quiere y cuando le da, casi antes de empezar, acaba.

La luz de las velas en una tarde de noviembre o diciembre



La foto de las velas y de la copa es hija de las tardes y las largas noches del otoño avanzado, experimento de interior con el color del fuego, con  el vino y con luz de los cristales.



La foto de la fuente de la ninfa escondida detrás de las hojas y la de las hojas de plátano en el suelo del paseo de la Bomba, las hice la otra mañana, son de este otoño (lo único que es de este otoño). El día anterior había llovido.
Contrafuerte de la alberca y hojas
del chopo en el suelo
Rama del chopo de la alberca














Fuente de la Ninfa
Mosaico de hojas de plátano












Otoño en la terraza del bar
de la calle Mulhacén I
Otoño en la terraza del bar
de la calle Mulhacén II



jueves, 13 de octubre de 2011

NATO OGI


Vermú con soldadito de Pavía sin pimiento. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011


(Para los que no lo pillen: significa OTAN NO)


De la taberna en cuestión me gusta, y no hay porqué disimularlo, el vermú. Es de barril, con su chorrito de ginebra, hecho con sifón de sifón, en vaso ancho y recio. La rodaja de limón corta el exceso de colores morados y granates de la bebida. Morados y granates que se extienden por los azulejos multicolores del zócalo, por el suelo y la barra cuadrada, por la luz que atraviesa los vidrios de las lámparas. Todo es magenta y carmesí. Al menos así me lo parece en la memoria cuando lo pienso.



Vermú en vaso redondo

Y seguramente que parecerían muy distintos si los pudiéramos poner el uno junto al otro, pero este bar se parece a otro bar que hay (o había) en la otra esquina del mar. Aquel también es (o era) céntrico, pero a la vez también como de barrio. Son uno y otro de públicos tan distintos que se ofenderían ambos con la mutua comparación. El uno es más nocturno, el otro más de mañana, el uno más de orden y el otro más de buscar un rato de desorden de todos los sentidos. Pero los dos como un poco de pueblo, de parroquianos, de costumbres fijas: los unos que cada mañana vuelven, contentos de poder continuar volviendo un día más; los otros que vuelven cada noche buscando, en su deseo, empezar otra noche más. No recuerdo bien los colores de aquel de allí. Creo recordarlos mas bien oscuros, pero no puedo asegurarlo, porque más que con colores está, o estaba, adornado con poca iluminación. Poca iluminación y en mi memoria demasiadas copas, demasiado gin tonic y demasiado ouzo.



La luz que entra desde la calle 
Batalla de conversaciones y vasos













Las tapas del local de aquí, genuino templo de la malafollá granaina, son corrientes. Dan mucha fritura, pescada y pescadilla, boquerones. También pimientos verdes en gabardina. Por la puerta entra siempre una luz quizás demasiado brillante, que es cosa extraña en un barrio viejo de calles oscuras, rectas pero estrechas. 


Hace unas semanas, paseando con los perros, se me vino a la cabeza aquel bar donde entre tanto ouzo aprendí a decir con perfecto acento lo de NATO ogi. Y se me vino a la cabeza el anuncio de la vieja del yogur. Esa  que al parecer con su inmerecida y excesiva pensión ha puesto en peligro a este mundo y a parte del próximo. Ha  sido la cosa esa del efecto mariposa, que se inició no se sabe bien si porque compró algo para los nietos o porque se compró una bragas nuevas (¿para que querrá unas bragas nuevas una vieja?). No se sabe bien que fue, pero desde entonces todo ha sido un sin vivir. 



Vermú con pimientos en gabardina

La nuestra de aquí es taberna y también de barrio, pero de barrio antiguo, del centro. Sin diseño ninguno pero de una cuidada decoración: faroles de la tierra, toneles para el granel, banderas y bufandas de la cosa del fútbol, una reproducción en cerámica de la iglesia de las Angustias, absolutamente desproporcionada y fuera de lugar, que oculta o adorna los grifos de cerveza... Y no hay música ambiente, solo la batalla de vasos, platos y conversaciones y el vozarrón del oficiante llamando a voces a los bebedores para que acudan a la barra a recoger las tapas (si son raciones, es decir de pago, las acerca él mismo todo servicial y solícito para mayor comodidad del dispendioso cliente).



Cuando la conversación decae son muy
socorridos los faroles

Como decía antes, los pobres son tremendos y nos van a llevar a otra guerra mundial. Gastan sin tino. Aquí y allí las viejas consumistas gastan por encima de sus posibilidades, tocan a cinco médicos gratis por barba (es frecuente que las viejas tengan barba o que al menos se la pongan postiza para dar besos) y emplean todo su afán en comprar de todo, siempre que esté muy por encima de sus posibilidades ¡La que nos han montado estas viejas pobres! Se merecen todo lo malo que les pase.

En esas iba con mi paseo y mis pensamientos cuando los perros, gente sensata, me razonaron que alguien que en su invitación de boda puso la caricatura que le dibujaron en una servilleta de papel de aquel bar (que está, o estaba, enfrente de la iglesia de San Dionisio Areopagita, en la barrio de Kolonaki), en conciencia no puede tener mas que una opinión sobre este asunto: NATO OGI.


Y que llenen.


Caricatura que nos hicieron 10 años antes de la boda. El calvo soy yo.


Otro vermú

martes, 6 de septiembre de 2011

Paseo de invierno con perros por la playa


Playa de Cabopino en invierno. Photoshop. 65x50. 2011

Invierno, playa de Cabopino. Los fondos arenosos revueltos por las corrientes se reflejan en la  superficie cuarteada del mar que el viento mueve rítmicamente, como los engranajes de un móvil. Ese mismo viento a empujones arrastra las nubes por el cielo y salpica de humedad las plantas  al borde de las dunas.

Torre Ladrones

El mar, sin moverse, nunca se para y menos aún en días embravecidos como este. Reflejos amarillentos y verdosos pelean por mantenerse a flote y  luces medio tristes y medio brillantes llegan por levante.  Las olas martillean con monotonía de cante de fragua. El temporal arranca arenas y algas de los suelos y las lleva a la superficie,  las hunde y las vuelve a levantar cambiando los colores convencionales de la estampa: desaparecen los azules sustituidos por ocres verdosos,  detrás de los remolinos de espuma las luces de bombilla antigua, medio brillantes y medio tristes, tiñen de amarillo  el horizonte.


Una zódiac abandonada. Está  rota y tiene un pie en el agua y el otro en la arena. No parece de recreo, parece más bien de trabajo. Pero está demasiado vacía para haber transportado personas, dentro no quedan restos de cosas de pobre. Tiene toda la pinta de que los viajeros han sido cosas. Si el transporte hubieran sido personas ya las habrían alcanzado porque corren mucho menos que el humo y el aroma de las cosas y aquí no se aprecia indicio alguno de éxito policial.  Quien fuese, cruzó el mar de noche y desembarcó disimulando en medio de la oscuridad. Eso si, no olvidó el motor que dicen que es lo más caro. Pero han sido cosas las que ha viajado en esta zódiac.

Palmeras desconcertadas

Y aunque han sido cosas y no personas, encajarían aquí unas cuantas reflexiones y excursiones verbales sobre los viajes de quien se ve obligado a cruzar este u otro mar. Sería apropiado decir que hay quien cruza el mar varias veces y en sentido contrario y que hay quien no lo hace nunca ni sale de su pueblo. Y se podría continuar diciendo que hay quien tiene la suerte de cruzarlo en un día de calma y quien se ve zarandeado por el temporal en una noche negra. También, que hay quien lleva mucha cosa encima y quien no lleva nada, quien va solo y quien va con muchos, quien tiene que correr al desembarcar y quien es adulado al pisar el suelo, quien es devuelto al llegar y quien alcanza una nueva vida.  

Los nuevos colores del mar

Si estuviéramos en un bar con cerveza o vino delante, con tapas y buen público, iríamos subiendo el tono de la conversación hasta alcanzar registros de innegable hondura: que todos, al fin, hacemos alguna vez un viaje aunque sea solo uno, que los viajes de las cosas no tienen ninguna poesía porque se rigen por las normas del comercio (lo cual espero demostrar alguna vez que no es cierto) y otras profundidades filosóficas de similar tenor. Tanto más airosas y deslumbrantes cuanto mejor o más repetido sea el vino y menos prudentes sean los contertulios.

Pero lo cierto es que no estamos en ninguna taberna, que el viento es frío y que solo se escucha la métrica cansina de las olas, ABC, ABC, ABC…
Reflejo de luz furtiva


Pasear por la playa en invierno es como sentarse delante de una chimenea (creo que ya lo he dicho otras veces). La vista se pierde mirando a ninguna parte y el pensamiento se deja llevar por el ritmo de las llamas y de las olas. En la orilla, la melancolía se vuelve hacia el horizonte buscando cosas perdidas, cosas pasadas, lo que no volverá. Hoy, es invierno.

¿Y dónde están los perros en el paseo? Pues eso, que no paran. No me hacen ni puto caso. Los llamo para que hagan una bonita estampa en la foto y se van a la parte contraria. No dejan de moverse, siempre por donde ellos quieren. Si salen en alguna imagen será porque pasan delante del objetivo, no por otra cosa. Esa es la razón de que no haya podido sacarlos en el dibujo. Están muy consentidos.

Las plantas de las dunas

Mirando al horizonte a las olas a la lumbre

viernes, 5 de agosto de 2011

El Cambio en Ancha de la Virgen



Rincón de Ancha de la Virgen. Óleo sobre lienzo. 35x41. Sin fecha. 

Esta entrada va dedicada a mis compañeros, a mis amigos y por supuesto que también a mis enemigos. A todos los tendré presentes en unas y otras oraciones. (Recuerdos de cuando en 2011 empezó a verse claro que las cajas de ahorros y el mundo de uno desaparecían)


En este verano tremendo en el que de armisticio en armisticio tantas cosas están desapareciendo, en el que casi todas están cambiando y en el que el resto va  por el mismo camino. Cuando la ansiedad ante lo porvenir crece conforme los días se hacen mas cortos, traigo la pintura de esté rincón nocturno de mi antigua casa de la calle Ancha de la Virgen. La luz de la estampa es una lámpara verde con pie dorado, el humo del cigarro es azul y los reflejos de la bombilla sacan chispas del teclado, del ratón y del cristal del monitor.


                                 Noche de lluvia en Ancha de la Virgen. Óleo sobre lienzo. 65x50. 2002

Me mudé a esa casa  en 1997. Era un edificio viejo, completamente reformado, al que se entraba por un patio con fuente, columnas de piedra y zapatas de madera. Una casa con seis ventanales grandes, de tamaño antiguo. Desde ellos se veía un paisaje urbano de tejados viejos, de viejos tendidos eléctricos abandonados, de viejos canalones donde criaban las palomas, de viejos miradores donde los gatos esperaban todas las mañanas al sol, de viejos comercios en liquidación, de viejos plátanos de sombra gigantes que desde el Campillo se levantaban por encima de las casas y del torreón de Bibataubín.

En ese barrio viejo, céntrico y humilde, todo estaba cambiando. En las casas antiguas los inmigrantes pobres ocupaban los pisos de los viejos pobres que morían, o que se iban, o que los echaban. En  las casas nuevas se asentaban nuevos vecinos, en general modernos y poco pobres (salvo los estudiantes, siempre caninos desde que los inventaron). El barrio de toda la vida mudaba a uno nuevo en el que no solo habían cambiado los acentos, también las lenguas.  Lenguas ricas de jóvenes viajeros ávidos de la cultura del lugar, de sus fiestas y de sus refrescos. Lenguas pobres amontonadas en las casas más dejadas y que tenían, tienen, la exclusiva pretensión de comer. Cada día el barrio era menos lo que fue y era más lo que estaba empezando a ser: una cosa distinta.

Tejados, cables y antenas, palomas, Bibataubín
y los plátanos del Campillo.

Llegué allí cuando el cambio estaba empezando. Me fui cuando ya era evidente. Y durante esos años yo cambiaba y me movía a la vez que el barrio. Cosas chicas y grandes me pasaron que etiqueté como buenas o malas, alguna incluso como tremenda. Por cada cosa sucedida había un movimiento asociado, un cambio. Y no había relación directa ni necesaria entre la calidad de la cosa y la del  cambio. Una mala cosa podía provocar un cambio bueno y viceversa. Esta no correlación de calidades en la causa y el efecto  se ve clara con el tiempo. Pero de inmediato y como el presente tiene un brillo cegador que nos deslumbra,  no vemos nada y nada comprendemos y creemos que de una cosa mala sólo viene otra peor.

Viene todo esto a cuento porque en estos tiempos de mudanzas, apariciones y desapariciones, ando por ahí haciendo de asesor de templanzas y fortalecedor de espíritus, ando predicando las bondades del cambio y de cómo es posible aprovecharlo para conseguir un bien de un mal: hacer del vicio virtud. Voy por ahí contando que los cambios son como las olas de las playas, que si estás atento y saltas cuando llegan son divertidas pero que si las ignoras te revuelcan de mala manera.

Mi rincón de Ancha de la Virgen

De sobra se que esto así dicho tiene mucho exagerado y absurdo, que hay cambios de los que difícilmente se puede sacar algo bueno. P. Ej., si a uno le meten una bala en la cabeza se produce un cambio del que pueden sacar algo bueno los herederos, el sicario, el tratante de armas que vendió la suya al sicario y el banco suizo donde el tratante de pistolas guardó sus dineros. Pero de mala manera el muerto podría ver algo positivo del cambio que provoca ese disparo, salvo que muriera por no morir.  

De manera que, efectivamente, hay algo de exagerado. Pero también hay mucho de verdad. Y  lo cuento con tanto entusiasmo que resulta creíble y  es una creencia que poco daño puede hacer a nadie y que a alguien  sí le puede servir para nadar en medio de las tribulaciones de estos tiempos tan recios.

Nieva en la farola de enfrente

Recuerdo con cariño aquella casa de la calle Ancha de la Virgen por los cambios que en ella viví.  Recuerdo quien era yo y como era cuando llegué y también lo recuerdo para cuando me fui. Sabía que el mundo siempre cambia y que con esos cambio llegan las olas gordas y hay saber verlas para saltarlas. A mi no me fue mal: me casé, deje de fumar, me compré unas botas de montaña, me aficioné al blanco de Valdeorras y al de Rueda, etc.  Recuerdo con cariño aquella casa de techos altos a la que se entraba por un patio con fuente, columnas de piedra y zapatas de madera. Recuerdo aquellos balcones desde los que se veían tejas y tejados, cables arracimados de mala manera en paredes descuidadas, gatos peleones andando de teja en teja, viejas regando los geranios, modernos atronando al vecindario con su música de modernos, andinos y subsaharianos con su mercancía al hombro escondiéndose por las esquinas de los municipales que batían la Carrera, beatas volviendo de misa, algún turista despistado...

Recuerdo con cariño aquellos balcones en los que muchas noches terminaba mi día fumando, apoyado en la baranda mientras pensaba en mis propios asuntos, mientras miraba sin ver  las gotas de lluvia en los charcos donde se reflejaban las farolas.

Recuerdo bien que las mañanas claras de buen tiempo, por las ventanas  llegaban hasta mi rincón, el que pinto en el cuadro,  los ruidos de un mundo que nunca se para y siempre cambia. Ruidos ahogados de cuando en cuando por los maullidos de gatos indigentes peleándose en algún tejado abandonado.

De mañana




viernes, 1 de julio de 2011

Los últimos rayos del sol de febrero


Atardecer de febrero. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011




Paseando con los perros  entre las olivas una tarde de febrero, me llamaron la atención los rayos de sol del atardecer. Serpenteaban por el suelo arrastrándose entre el laberinto de troncos, de hojas, de ramas, de piedras. Hice bastantes fotografías pero no busqué ni  las cosas ni  las formas  sino  las luces,  los pedazos de suelo incendiados de verdes y amarillos, dorados y brillantes, junto a pedazos de  penumbras grises y azules.





En estos días primeros del verano, de los primeros calores  insoportables, de siestas de fuego  y  noches en vela, se recuerdan con gusto los buenos ratos del invierno, los paseos agradables sin calor ni sudor, las tardes (noches) de vino, de tapas fuertes y  cenas con lumbre.



Se recuerdan con gusto y casi con ansiedad se desea su regreso. Igual que en los hielos negros de enero se añoran las noches claras de verano, ahora ocurre otro tanto con el aire fresco y limpio del invierno:




Los últimos rayos del sol de febrero
se arrastran por el olivar,
rozan el suelo y levantan
chispas de luz en las hierbas,
en las piedras.

Los últimos rayos del sol de febrero corren,
saltan, chocan y mueren 
contra la corteza áspera y dura
de los pies retorcidos de las olivas.

Ya no queda sol ni paisaje,
apenas un perfil azul
por  Sierra Mágina,
apenas una línea brillante y clara en el horizonte.

Es febrero y todavía hace frío.

En las sombras  de los rincones  el barro húmedo
y el aroma de la leña y de la lumbre.
Un avión parpadea con luces blancas y rojas
Sobrevolando el humo de la chimenea.

Es de noche y aun es invierno.

Un hilo de luz se escapa
por la rendija de la contraventana,
salta la luna en los cerros
y se despeña por los barrancos.

Cuando sea mañana,
los nuevos rayos del amanecer
abrirán del revés las cicatrices
que hoy dejó, en su huída, tatuadas el sol en el suelo.