lunes, 2 de abril de 2012

Nuevas tardes de verano y reivindicación de sus frutos.

La tarde en la piscina. Óleo y acrílico sobre lienzo. 73x60. 2011

Piscina de Lacra. Óleo sobre lienzo. 60x50. 2002

     Luna en el Cerro Vitar. Óleo sobre lienzo. 61x46. 2002

  Amanecer de verano en Lacra. Óleo sobre lienzo. 61x48. 2001



Los recuerdos guardados en un cajón se sacan, se miran, se enseñan y  se vuelven a guardar.



Unos se guardan simplemente dejándolos en  el cajón, otros dentro de una caja, algunos muy delicados se envuelven en una tela o cuando menos en una bolsa de plástico. Hay quien tiene la costumbre de secarlos entre las hojas de un libro que, cuando años después se hojea, deja caer al suelo los recuerdos  olvidados, aplastados en dos dimensiones.



Los recuerdos van envejeciendo cada uno a su manera.  Algunos como el vino tinto pierden color, otros como el blanco lo ganan y los hay también como el rosado que con el tiempo se estropean. Los recuerdos, de cuando en cuando, se sacan, se miran, se enseñan y se vuelven a guardar. En cada ocasión se ven de una manera distinta y producen una emoción diferente. Las maneras y las emociones se adhieren a él formando sucesivas capas y estratos de la memoria. Es por esta estratigrafía  sedimentaria que los recuerdos se mueven y cambian. Cuanto más se recuerdan más cambian.



A todo lo dicho se suma que el pasar de los años hace que cambien la forma y tamaño de los recuerdos de manera que las aristas se suavizan, los huecos se rellenan y los llenos se vacían. A veces el disgusto se vuelve gozo y en otras se borran sólo los berrinches (es lo que pasa cuando es inminente la llegada de la vejez y el recuerdo en cuestión se asocia a tiempos de piel más tersa). Quiero decir que en todo esto interviene también la manipulación interesada  y el auto-engaño o ambos dos.

Ocaso de sol
Orto de luna





Hay un momento en las tardes de verano, justo cuando empiezan a irse las avispas pero aún no han llegado los mosquitos, después del ocaso de sol y antes del orto de luna, en que el aire solano que sube del Guadiana chico, cesa. Dejan de escucharse los pájaros, no se mueve una hoja. Pareciera como si el motor de las horas se hubiera parado. Es entonces cuando la luz en fuga se satura de colores irreales. Es entonces cuando se hace invisible la calima y amaina el fuego inodoro, incoloro, de la tarde. Cuando despiertan los aromas dulzones de las hierbas secas y los tamos: detrás de alguna de las primeras sombras alguien está regando y la tierra mojada reparte esencias azules por el olivar que se esconde entre las medias luces. A esta hora, en este momento, en la tregua del viento, en el relevo de tarde y noche, nada se mueve, nada grita. El silencio y la calma serían totales si no fuera por el rugido de las hélices de un avión militar volando y por el crujido de las hojas y de los tallos que quiebran  los saltos del gato (está cazando bichos en el interior de la madreselva).



En una entrada de hace meses (abajo está el enlace) me refería a un momento de las tardes de verano en Lacra que si bien es temporalmente vecino del momento suso mentado, es por muchos conceptos su antípoda. Es ese otro la media tarde del calor, de la luz blanca requemada, de las plagas de bichos. Hacía entonces especial mención a las avispas, tábanos y moscas. Contaba en dicha entrada que al intentar pintar una idea o cosa me salía otra distinta a la buscada, produciéndome la frustración consiguiente. Identificaba el origen del problema  en que por culpa del calor y de los bichos no era posible la concentración. Por todo ello renegaba de las pinturas pintadas en aquellas tardes  y anunciaba que las quitaba de la circulación, que en su lugar ponía un dibujo digital, liviano, de Sierra Mágina, para salir del paso. Todo eso ya lo he contado antes.


Masas de color
la calma




Las pinturas, recuerdo de aquellas tardes de verano, las tengo guardadas en el cajón escondido de las paredes de mi dormitorio en el cortijo de Lacra. Mi madre cree que las tengo allí por no querer que alguien las vea y las quiera llevar. Se sorprendería si supiera que están allí dejadas, abandonadas, porque en su día renegué de ellas, de las avispas, del calor, de los tábanos y de las demás desgracias. 

De cuando en cuando aparezco por allí y me las encuentro debidamente colgadas. Cada vez que enciendo la bombilla saco los recuerdos del cajón. Encima de la pintura ha caído polvo y han caído nuevas  miradas que la cubren de capas nuevas. Guardadas en el arca de las paredes del dormitorio, solas y a oscuras casi siempre, han evolucionado. Una, vino blanco, ha cogido color. Otra, tinto, lo ha perdido. Creo que ninguna es rosado.

Avión militar de hélice
Bicho cazando bichos





Han cambiado las pinturas porque ha cambiado el recuerdo de aquellas tardes de verano. Ha crecido y envejecido, ha dejado atrás los tábanos, el sudor y las moscas implacables. Han muerto las avispas, han muerto los malos bichos y han dejado cadáveres huecos pegados al envés de las hojas de oliva. Al encender la luz de la habitación el recuerdo se deslumbra y se asusta. Hay que manejarlo con cuidado porque es extremadamente frágil y se cuartea con facilidad. Ya tiene una esquina doblada, hacia la parte de abajo le han salido unas manchas oscuras de hongos microscópicos que la humedad ha criado.

Bicho muerto





Realmente no se si es que el recuerdo ha ido cambiando hasta convertirse en este otro tranquilo y sereno del momento en el que la tarde se va y la noche viene. No se si ha cambiado o si al ir desapareciendo aquél viejo ha ocupado este su hueco este nuevo. No lo se.  Pero ha pasado y donde estaba el uno ahora está el otro.  El efecto ha sido inmediato, han quedado reivindicados los frutos de aquellos veranos. Existe vida más allá (un rato después) de las avispas,  de los tábanos y de las moscas.

último rayo de sol en el peral
último rayo de sol en el muro de adobe



domingo, 19 de febrero de 2012

Cara norte de la Sierra de las Nieves

Troncos de encinas dando al norte en la Sierra de las Nieves. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2012





Pinsapos en la niebla. Sierra de las Nieves escondida detrás de la niebla en un invierno seco. Colores verdes y amarillos brillantes, en la parte que da al norte, del tronco de las encinas.


Detalle
Otro detalle













El pasado dos de enero, día de la Toma de Granada, tras muchas ocasiones perdidas en dudas y perezas  me arranqué y subí a la Sierra de las Nieves. Abajo en la playa hacía un día estupendo, sin viento, con mucho sol. Al igual que en el romance la mar estaba en calma y seguramente la luna estuvo crecida la noche anterior. Subí a la Sierra de las Nieves buscando ver, tocar y fotografiar pinsapos en libertad. Árboles, abetos, de extraño aspecto que se refugian en los rincones más profundos de las sierras de esta parte del mar de Alborán. Árboles de rareza legendaria, que se prodigan poco, y que poseen la aureola y el prestigio de  los mitos escondidos apenas entrevistos.

Vista norte-sur del encinar



Iba en busca de pinsapos en libertad. Aunque abajo el día amaneció espléndido,  arriba la niebla mezclada con gotas de humedad y un poco de frío gris, tapaba los relieves, las crestas, las más altas sierras. El paisaje disimulado y escondido, unido a la compaña que me acompañaba (poco montañera y no me refiero, a los perros, que sí lo son) a lo que se añadió por mi parte una evaluación apresurada y errónea del estado de la pista (sin asfaltar pero razonablemente buena) convirtió lo que se pensó como excursión en un simple paseo. Y fue motivo también de que el itinerario que debía internarse adentro se quedara en la cubierta más superficial del lugar.

Detalle (desenfocado) del norte
Detalle del norte













Este invierno ha llovido poco y ha nevado menos, han sido escasas las nubes. Ya es mala suerte que en año tan escaso me encontrara un día así, nublado, con niebla. Si hubiera estado claro aún desde las afueras hubiera alcanzado a ver los picos más altos, los hubiera fotografiado y  hubiera podido ver aunque fuera  desde lejos, algún pinsapo,  razón última que me movía.



El paseo corto y epidérmico se adentraba en un bosque de encinas bastante bien conservado, denso y al que  la poca luz gris de la niebla le daba su punto misterioso cubriendo de oscuridad las espesuras  más protegidas. Por la parte de los troncos y de las ramas que daba al norte, por esa misma parte en los matorrales y en las  piedras, las humedades de los inviernos criaban musgos y líquenes: abrigos de texturas suaves o duras pero de colores brillantes, esmeraldas, amarillos, grises chillones,  pardos encendidos.

Pinsapos en la niebla I



Pocos pinsapos en este rincón, apenas alguno recién nacido por inseminación artificial, protegido de los bichos por un corralillo de palos y alambre. Alguno que otro un poco más crecido pero todavía juvenil y con espinillas, la voz del aire entre sus ramas soltando gallos. Pocos pinsapos por allí, pero las encinas se amontonaban y a cada paso aparecía otra con el tronco recubierto mas espectacularmente que cualquiera de las que había tres pasos atrás. Las humildes encinas, olvidadas y eclipsadas por la fama de los abetos, gritaban y gesticulaban con sus colores llamando la atención del caminante, como los perros desesperados en la perreras cuando intuyen que alguien se acerca a las jaulas para adoptar. Y yo sin hacerles caso porque en este momento  todavía andaba buscando a los otros.



Casi acabando el paseo, culminando su trayecto circular, cuando ya no lo esperaba, por fin entre las niebla ví algunos pinsapos de los de verdad.  Estaban lejos. Como son muy recelosos, a la menor señal de peligro escapan y se esconden en los pedregales más cerrados, en los pechos más escarpados. Escapan al menor ruido, al más pequeño olor y sólo vuelven a confiar y salir a los claros del monte cuando se recupera el silencio y la calma. Acallando las pulsaciones y latidos acelerados, gastando todo el sigilo del que fui capaz, conseguí verlos a lo lejos, entre la niebla. Me pegué al suelo y casi sin moverme, dando la cara al viento para que no descubrieran mi rastro, los fotografié. Apenas se distinguen los detalles pero las siluetas no defraudaban nada, siluetas elegantes y esbeltas, sobresaliendo a todo árbol, a toda planta, gigantes verticales camuflados en la niebla. 

Pinsapos en la niebla II
Pinsapos en la niebla III








Me arrepiento de no haber avanzado un poco más, de no haber subido unos cuantos kilómetros más. Que pena no me hubiera acercado lo suficiente para distinguir sus piñas, las agujas rollizas de sus hojas. Tendrá que ser otro día.



Los pinsapos de linaje noble y antiguo acaparan toda la atención del caminante. Y sin embargo en esta parte de la Sierra son las encinas, pobres y discretas, carne de chimenea, de horno de asadero, las que juntándose por miles y millones las unas a las otras hacen legión y todas las legiones juntas hacen bosque. Habitan muy por debajo de los vértices afilados de los pinsapos y allí  abajo los troncos de las encinas se visten de carnaval. Por la cara que da al norte adornan sus disfraces con penachos de plumas, con  telas de texturas suntuosas y colores extravagantes, brillantes, preciosos.

Norte en las ramas I
Norte en las ramas II








No ha llovido mucho este invierno, nubes hemos tenido las precisas, pero precisamente ese día la niebla tuvo que esconder los picos y las rocas de la Sierra. Esa cancela de niebla que cerraba el horizonte y que impedía mirar arriba es la que consiguió que me fijara en la inmensa manifestación de encinas a mi alrededor.



Como no pude ver el perfil de la Sierra de las Nieves he pintado su cara norte buscándola en el tronco vivo de las ignoradas encinas.

La poca nieve de este año




Detalle chico
Detalle grande


jueves, 19 de enero de 2012

Perfil de la Sierra de Quesada



Perfil de la Sierra de Quesada. Acrílico y óleo. 65x50. 2011


Hay poco que decir aquí. El Perfil de la Sierra de Quesada. Uno de mis perfiles de nación, el de levante, en Quesada. El otro, el de poniente, es el Cerro de la Magdalena, extraña mezcla de cementerio, restos argáricos y antenas de televión y telefonía, lo más viejo y los más nuevo. Pero a poniente la Sierra ni es vieja ni es nueva. Siendo siempre, en cada estación de cada año se hace nueva. 


Un perfil es una línea elástica que se deforma y cambia según se vea desde un poco más abajo o desde un poco más arriba, más a la derecha o más a la izquierda. Según el sitio desde el que se mire cambia. Pero aún  cambiando, sigue siendo reconocible. Reconocible para quien lo conoce, para quien ha construido todo o parte del recuerdo de su vida con ese perfil.



Un perfil y un paisaje son cosas distintas. El paisaje es un espacio compuesto por árboles, montañas, valles, regadíos y secanos, mares y cielos. Un perfil, por el contrario, es el icono que sirve de símbolo a una vida, o a un trozo de una vida.


Del perfil  de levante en Quesada podría decir muchas cosas. Decir el nombre de cada una de sus líneas y a cada una ponerle una historia. Son ya tantas cosas las que viven bajo este perfil que es difícil, ahora, escoger alguna. Son tan antiguas estas cosas que, fuera de las mas remotas, empieza a ser dificil recordarlas. Es tanta la gente que viene, que va, que fueron, que empiezan a ser más las lágrimas que las palabras. 


Creciendo bajo el Perfil


miércoles, 4 de enero de 2012

Buscando galaxias lejanas




Supernova agonizando. Cera, acrílico y óleo sobre lienzo. 73x50. 2012


Una serie de las de divulgación, en la segunda cadena, explicaba la cosa del universo, de cómo los astrónomos fueron encontrando rincones cada vez más lejanos y de como iban mejorando y haciendo cada vez más caras y potentes las máquinas de buscar. Echaban la serie por las noches, a la hora de cenar y la repetían al día siguiente a la hora de comer. Con tanta facilidad que daban si me perdía detalle no era por culpa de la explicación sino de la comprensión.


Las cosas del universo, las nebulosas, los púlsares, los cuásares, los  agujeros negros y las galaxias. Cosas todas ellas bastante más lejanas que las estrellas y los planetas del cielo que se pueden ver con los ojos sin precisar aumento. En mitad de las explicaciones de la serie salían los maestros científicos mirando por telescopios tremendos.  El arte tiene mucho de culto a lo accesorio y es lo contrario a la filosofía. Por eso, me fijé fue en que no miraban poniendo el ojo en el extremo chico del telescopio. Explicaba la voz que llegaron a ser tan grandes que en lugar de con lentes los tuvieron que hacer con espejos y en lugar de apuntar arrimando el ojo a la lente inferior miraban por pequeños canutos perpendiculares al cañón principal. Con el tiempo terminaron usando pantallas auxiliares y se cargaron toda la gracia de la escena: mirar en una televisión podía hacerlo cualquiera, en su casa y sin necesidad de subir a semejantes montañas y lugares donde están los observatorios. Desde que empezaron a usar los nuevos sistemas y procedimientos recogieron imágenes absolutamente feas y además,  absolutamente incomprensibles.  Nada que ver con aquellas otras tan  espectaculares, a todo color, que tanto circulan de correo en correo  en presentaciones que suelen llevar textos pomposos y vacíos del tipo “que pequeños somos”.


Las imágenes de las tecnologías sofisticadas deben ser magníficos instrumentos de exploración. Las segundas, las de los correos coñazo,  seguramente están coloreadas y filtradas, hechas exclusivamente para disfrute del público. Ni las unas ni las otras son de fácil comprensión pero las segundas, las bonitas,  son preciosas y tienen formas, colores y hasta texturas que les dan vida independiente de su significado, no necesitan más explicación que la propia imagen.


Para ilustrar pongo algunas fotos que he bajado de páginas de divulgación astronómica y que evidentemente no son mías. Están elegidas en función del gusto visual que provocan, exclusivamente.
Nebulosa
Choque de galaxias
 












Galaxias
Remanente de supernova












La segunda parte es en la tierra, no en el cielo.




Una tarde aburrida de principios de invierno, cuando ya quedaba poca luz, me puse a jugar con la cámara de fotos. Tiene mi cámara una pantalla giratoria que se separa del cuerpo, de manera que se puede ver sin doblar el cuello la escena que está noventa grados a un lado. Algo similar al canuto chico de los telescopios gigantes de la serie.


El sol ya se iba por el horizonte en los picos de Mágina. En su ida se arrastraba por el suelo y se colaba por los huecos de las plantas que movía el viento, haciendo reflejos intermitentes como señales.  Aburrido, miraba la pantalla de la cámara en la que aparecían figuras  irreconocibles, brillos, luces difusas, colores sobrexpuestos y subexpuestos, resplandores y sombras. Una mezcla confusa y extraña de aspecto irreal pero muy llamativa. Aburrido, miraba y disparaba (en las digitales es gratis) llevaba a tope el zoom, apuntaba al chopo y al naranjo amargo. En estas manipulaciones hechas sin pensar se  perdía la relación entre lo visto en la pantalla y el objeto real reflejado. Un pequeño desplazamiento de la lente suponía que el encuadre se moviera varios metros y que con eso se perdiera toda referencia y no se supiera adonde ni a qué apuntaba la cámara. O sea,  algo similar al canuto chico de los telescopios de la serie. En los grandes telescopios también es, dicen, una de las tareas más dificultosas identificar la parte del cielo que se está enfocando (o enfocar a una parte determinada). Tan complicado es que para conseguirlo necesitan de extraordinarios sistemas tridimensionales de coordenadas celestes (pero no las hay para el jardín del cortijo de Lacra).


El resultado de esa tarde de disparos fotográficos automáticos o mejor, inconscientes, son las imágenes que pongo a continuación. Los paralelismos con las celestiales son evidentes, al menos a mí me lo parece así. 

La pintura de hoy relaciona y hace pasar una cosa por la otra.





















Y como siempre un “porúltimo”: ¿Por qué  la pintura se llama Supernova? Pues porque anduve buscando términos astronómicos y como los quería usar vacíos de concepto, como pura forma sonora, no necesité de las definiciones y me pude quedar con cualquiera. Y supernova, daba igual lo que fuera, es nombre bonito mezcla de ciencia ficción y colores pop. Después de su elección descubrí (pero después)que supernova es una estrella agotada que en su muerte explota desapareciendo en un inmenso fogonazo cósmico: nuevamente  una cosa parecida en el cielo y en el jardín variando apenas  la escala: el otoño (cuando yo hacía las fotografías) era la explosión dorada y extremadamente brillante del año que se está muriendo. Hasta las naranjas del naranjo amargo alcanzan su sazón de color en esos días antes de caer, muertas, al suelo.



martes, 29 de noviembre de 2011

Nuevo otoño con Mulhacén en el horizonte.

Nuevo otoño con Mulhacén. Photoshop. 92x65. 2011


El Mulhacén en otoño, sobresaliendo al chopo de la alberca




Se ha hecho de rogar pero por fin ha llegado el otoño nuevo, el de este año. Al otoño le da miedo el calor y la sequía y hasta que no se ha cerrado el verano de un portazo y no ha empezado a llover, ha estado escondido al otro lado del mar, esperando su momento.


Calle Mulhacén


Desde agosto estuve pendiente de su llegada, noche tras noche. Lo esperaba en la terraza de un bar de la calle Mulhacén, entreteniendo la ansiedad de la espera con una caña que va y con otras que también vienen. En agosto las hojas también se caen pero no por muerte natural, se caen asfixiadas, empapadas en sudor, jadeando y muertas de sed ¿cuando acabarán estas noches y estos bochornos?




Tengo la suerte de poder esperar al otoño aquí sentado, bebiendo, comiendo, comentando y a veces pontificando, mirando de reojo calle abajo por si apareciera. Ya tiene que llegar ¿porqué tarda tanto este año?



Volviendo a Granada un domingo en el coche y todavía con el aire acondicionado puesto, me di cuenta de que la luz de las tarde de otoño, porque ya era su tiempo, intentaba asomarse por las choperas. Pero al oler el olor a paja y a hierba seca, el olor de tarde de agosto (aunque fuera octubre en su final), la luz de las tarde de otoño se asustaba y corría a esconderse en la cuneta al otro lado de la carretera, corría cerro arriba desesperada buscando refugio en las riscas de las cumbres desde las que a veces se ve el mar.

Ya pasado el otoño, el Mulhacén y Sierra Nevada
desde la alberca del cortijo de Lacra



Hace semanas que no es verano pero que sigue abierta la terraza del bar de la calle Mulhacén. El poco aire que corre es caliente y áspero. Por las tardes a su hora ya es de noche, como debe ser, pero todavía nadie ha visto al otoño nuevo.  



Empecé a pensar el dibujo digital de hoy en aquellas tardes bochornosas del final del  verano, buscando con la imaginación alivio a los calores. Lo pensé tirando de fotografías y de recuerdos, añorando los mosaicos cubistas de hojas secas a los pies del chopo de la alberca. Recuperando del trastero de la memoria el frío y la humedad del atardecer. Echando mano de las ciento cincuenta, o más, fotografías que debo llevar hechas de la silueta del Mulhacén en el horizonte rojo de Lacra, al atardecer, cuando ya  se va el año. Eran tantos los registros, digitales y de recuerdo, almacenados que no hacía falta que llegara el nuevo otoño para que pudiera sentirlo y pudiera pintarlo. Y así lo hice.



Pero de repente, cuando ya no lo esperábamos, los árboles ardieron en amarillos y dorados por orden de especie, de altitud y de umbría.  Día a día las granadas se hicieron más dulces y se juntaron con las primeras naranjas.  Crecieron las noches ocupando casi todo el tiempo de las tardes y llovió, el aire se volvió azul y la tierra parda, húmeda y verde. Llegó el nuevo otoño de siempre. Para entonces ya tenía acabado el dibujo y no le había tenido que pedir a él nada. Tenía preparadas hasta las fotos de acompañamiento y explicación visual. Por oficio y años pude sacar todo adelante, yo solo. Y mejor así porque cada vez, año, fin de verano, desconfío más del otoño de siempre, soporto menos sus caprichos de viejo: se presenta cuando quiere y cuando le da, casi antes de empezar, acaba.

La luz de las velas en una tarde de noviembre o diciembre



La foto de las velas y de la copa es hija de las tardes y las largas noches del otoño avanzado, experimento de interior con el color del fuego, con  el vino y con luz de los cristales.



La foto de la fuente de la ninfa escondida detrás de las hojas y la de las hojas de plátano en el suelo del paseo de la Bomba, las hice la otra mañana, son de este otoño (lo único que es de este otoño). El día anterior había llovido.
Contrafuerte de la alberca y hojas
del chopo en el suelo
Rama del chopo de la alberca














Fuente de la Ninfa
Mosaico de hojas de plátano












Otoño en la terraza del bar
de la calle Mulhacén I
Otoño en la terraza del bar
de la calle Mulhacén II