miércoles, 13 de junio de 2012

Lluvia de lunas (Perseidas lunares)



lluvia de lunas sobre el cerro Vítar y silueta de oliva de sombra. Photoshop, Paint. 65x50. 2012



Se acerca el chubasco. El cielo se dobla y retuerce encima de nosotros. Pronto caerán las primeras lunas, gotas de luz seca empapando la noche, gotas de luna, aguanieve de estrellas.
 


Las lunas son como la Virgen, es una aunque luego cada pueblo tenga la suya. Incluso algunos, si son grandes, tienen dos o más. De ambas.



luna, lucero y chopo
luna y oliva





Cada pueblo tiene su luna predilecta porque hay muchas de ellas donde escoger. Además de las cuatro que hacen  cada una de las fases, hay muchas otras. Las hay tempranas que llegan en plena tarde bastante antes de que lo haga la noche. También tardías y perezosas, que remolonean con descuido sin salir hasta que las sorprende el sol del nuevo día. Hay lunas grandes y gordas, bien cenadas y lustrosas, que casi no pueden levantarse del suelo y arrastran la barriga redonda y dorada por el horizonte. Las hay pequeñas y muy brillantes, que vuelan y saltan con agilidad en lo más alto de la noche. Las hay fugitivas, que escapan con sigilo escabulléndose entre las negruras por el barranco abajo. Y poderosas, que amanecen sentadas en los tejados de sus cortijos desde donde dominan los valles y campiñas que les pertenecen. Hay lunas pescadoras que viven de los peces del mar y las hay labradoras que aran surcos de luz entre las camadas de olivares. Hay lunas forasteras que asoman su melancolía a las cunetas de las carreteras  y las hay familiares, que cada mañana dan los buenos días a las calles que se desperezan. Las hay de invierno y las hay de verano, las hay de todas clases, formas, colores y olores. Hay tantas y tan variadas que cada pueblo tiene la suya de igual manera que tiene la suya cada hora, cada noche, a veces también cada día. Hay muchas y muy distintas aunque, como la Virgen, todas sean una.
 


luna camuflándose en las luces de la noche llena
luna entre las nubes y los pinares de la sierra













Ni dos ni tres veces han sido las que a principios de agosto he querido ver llorar a San Lorenzo. Y siempre con poco éxito, no lo voy a negar, pues apenas he conseguido ver alguna lágrima suelta pero nunca, ni por asomo, esas barraqueras que cuentan que han visto los que saben del cielo. Una vez me invitaron a ver llorar al Santo en una casa de las afueras. Casa bien situada y suficientemente lejana de la civilización lumínica urbana. Me dieron de cenar y de beber y luego una tumbona para tenderme y ver el espectáculo con comodidad. Era una noche de agosto en la que no se movía una hoja y... me quedé dormido. Porque yendo a por estrellas encontré paz  y como me gustó, me quedé con ella.
 


Luna de Benabolá
luna remolona de la mañana













Algunas veces no he tenido ni la oportunidad ni las ganas de salir al campo en las fechas oportunas. En otras también pocas lágrimas encontré aunque ahora no recuerde la razón del fracaso. Pero no siempre ha sido así, alguna vez he rozado el éxito. Hará como un par de veranos la cosa empezó bien. Era el sitio y el momento indicado cuando, de pronto, cayó una lágrima y luego otra. Parecía que se arrancaba por fin a llover. Y cuando ya tocaba con las manos el premio tantas veces buscado, entonces, por detrás del cerro Vítar, asustada no se si por mis pasos o por los pasos nerviosos de los perros, levantó el vuelo una luna menguante que casi de inmediato se escondió en lo más espeso de las siluetas del campo. Fue apenas un suspiro. Sus alas apenas rompieron el silencio durante unos fugaces instantes pero fueron lo bastante. Hubo luz y ya no hubo estrellas. Sólo ese vuelo imprevisto y corto fue el recuerdo de aquella noche. Buscando estrellas me topé con lunas.
 


luna artificial de exterior
luna artificial de interior











lunas artificiales de barra de bar



Me he topado con pocas estrellas fugaces pero con muchas lunas. Las he visto saltar, volar y esconderse y he coleccionado sus luces, las sombras que fabrican sus luces. Es por todo ello que he pintado una lluvia de lunas. Son lunas perseidas  estas porque son lunas de verano. Porque yendo a por lágrimas me encontré con ellas. Son lunas de mi pueblo (cada pueblo tiene la suya y en el caso del mío, varias) Es una tormenta lunar de verano sobre el cerro Vítar.


Son muchas, aunque como las vírgenes todas sean una, pero aunque sean una el que sabe de lunas a cada una por su nombre la conoce.
 

¿Sol o luna?
Silueta de oliva movida por el aire y detrás una luna






domingo, 20 de mayo de 2012

Extranjero en su propia tierra: olivo y mimosa.


Olivo acosado por una mimosa en flor.Digital. 65x50. 2012


La Mimosa, acacia azulada, Acacia saligna o Acacia cyanophylla, es una planta leguminosa de origen australiano considerada aquí como especie invasora y gran enemiga de las especies autóctonas. Importada para trabajar en el ornato de parques y  jardines, ha saltado las lujosas tapias y hoy coloniza descampados, solares sin vender ni edificar, márgenes de carretera y cualquier otro espacio disponible. Es poco exigente. Su capacidad para fijar el nitrógeno atmosférico, común a  todas las leguminosas, le permite colonizar suelos pobres y despoblados siendo esta una de las razones de su gran expansión, (dicen que) descontrolada. Al final del invierno florece en tonos amarillos intensos. Sus hojas aparentes no son tales pues en realidad se trata de tallos aplastados que se llaman filodios.


En 1956, recién indultado el Régimen por el Mundo Libre, la fuerza aérea gringa hizo el primer mapa fotográfico aéreo de la Península (o el segundo, porque creo que los aliados nazis del aliado del Mundo Libre hicieron el auténtico primero, no se si completo, hacia 1940). Se le conoce como Vuelo Americano y hace unos años que la Junta de Andalucía publicó la parte que le toca. En la foto de ese vuelo correspondiente a la ribera del río Benabolá, donde hoy está el campo de golf Las Brisas, se observa una plantación de árboles. La escasa calidad de la imagen en blanco y negro dificulta la identificación del cultivo pero el color  oscuro (que parece corresponder con un verde intenso) y  lo apretado de la plantación (con los árboles casi tocándose los unos a los otros) induce a pensar que se trata de naranjos. Apoya esta versión el dato de que, efectivamente, en la zona se producían naranjas que se exportaban envueltas en papel de seda estampado con la marca "Colonia del Ángel. Productores de frutas cítricas", el dibujo reconocible de la Concha y una plantación de naranjos.  

La oliva y la mimosa, desde mi terraza


Por aquellos años no existían allí edificios fuera de algún cortijo suelto. Hoy es radicalmente distinto y lo raro es encontrar un metro sin ladrillo, cemento o asfalto. Aprovechando nuestros paseos, los perros y yo vamos rastreando rincones con la intención de identificar entre los jardines, entre las casas, las tapias y los solares baldíos, algún resto de aquellos años exclusivamente agrícolas. En una de esas y abriendo hueco en la valla vegetal del dicho campo de golf, llegamos a descubrir que lo fotografiado por los americanos no eran naranjos sino olivos. Quedan algunos, con el mismo marco y disposición, formando bosquecillos en mitad de la hierba. La prueba indubitable de que lo son se consigue mediante la comparación de las ortofotos de 1956 y 2004: los árboles que se ven por el agujero son los mismos que ya existían en esa primera fecha y son, basta con mirarlos por el hueco de la cerca vegetal, olivos. Resulta sorprendente pero en aquel rincón entonces remoto y lejano, vecino cercano de África, existía ya entonces una plantación casi intensiva, muy moderna. Cultivos entonces sorprendentes y avanzados, muy distintos de los tradicionales olivares extensivos de secano. Explotación puntera nacida a su vez de una tradición industrial metalúrgica desparecida y absolutamente discordante con lo que hoy es la comarca entera.

Mimosas en la ribera del Benabolá



Las cosas han cambiado y mucho. Calles, edificios, jardines (que no huertos), apartamentos, centros comerciales y academias de español para extranjeros se adueñan con avaricia desenfrenada del espacio. Como reservas indias, algunos rincones junto al río Benabolá mantienen suspiros de vida no salvaje pero sí natural.


Llegaron las mimosas a la Costa para trabajar como plantas ornamentales en los jardines de las nuevas casas ricas que se estaban sembrando.  Un trabajo poco cualificado consistente en florecer en marzo, hacer masa verde durante el resto del año y poco más. Ayudadas por el viento (que no es de ninguna parte) acabaron por saltar las cercas y comenzaron a colonizar los suelos pobres que ninguna planta autóctona quería (ya hemos contado su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico). Tanto se extendieron que a día de hoy marzo y abril son meses absolutamente amarillos en las cunetas, en los descampados y en algún jardín olvidado (ya, por asilvestradas y comunes, no se cotizan en las lujosas mansiones). Paisajes saturados de amarillo desplazan a los paisajes de colores locales durante el final del invierno y el principio de la primavera.


Mimosa en flor

Enfrente de mi terraza, en la ribera del Benabolá, sobrevive uno de esos pocos rincones libres y abiertos. Algún chopo, algunos pinos, muchas zarzas. Todo muy racial. También grandes eucaliptos (estos ya forasteros) y mimosas, muchas muchas mimosas. Por eso la primera primavera es también aquí  tremendamente amarilla, toda plagada de mimosas en flor. Entre ellas y las zarzas de la orilla sobrevive un olivo solitario y abandonado que apenas ha empezado a mover la savia. Está como acobardado entre tanto amarillo. Un olivo hoy abandonado que seguramente formaba parte de aquella plantación modelo guardada en la memoria del Vuelo Americano de 1956. Fue la vanguardia tecnológica del olivar  y hoy malvive extranjera en su propia tierra rodeada de infieles. No sigamos. No hace falta aclarar más adónde nos lleva este camino. Pero, aunque ignoremos los posibles matices políticos del asunto, no podremos evitar toparnos con su triste estampa de olivo abandonado, triste y asfixiado. Las fotografías que adjunto dan fe de su  estado.

Mimosas, olivas, pinos, eucaliptos
Más mezclas












El olivo es un árbol humilde, trabajador y sufrido, resistente a la sequía y a los malos propietarios. Tiene muchas virtudes y algún que otro defecto. Por ejemplo, es bastante huraño y no soporta la cercanía de otros árboles, de cualquier otra planta que sea algo más que una hierba... Le tiene pánico a los vecinos. Cuando un olivar se abandona de inmediato sus habitantes se encojen, se acobardan de tal manera que  hasta una simple zarza les puede. El olivar abandonado en muy poco tiempo se disuelve y desaparece. Cualquiera que haya salido un poco al monte lo ha visto alguna vez.

Mimosas escondiéndose detrás de los eucaliptos


Como decía, pocos años después del Vuelo Americano la zona sufrió una inaudita marea constructiva. Las casas y los jardines sustituyeron a los cultivos. Tantos jardines caros se plantaron que las plantas autóctonas fueron incapaces de llenarlos, incapaces de aportar el toque exótico que necesitaba algo tan exótico por aquí como son los jardines con césped. Se importaron toda clase de extravagancias. En http://floracostadelsol.blogspot.com.es se puede leer y aprender sobre las plantas nuevas y también sobre las antiguas.


En esta guerra, perdida de antemano, los olivos casi desaparecieron. Hoy, hay que buscar sus restos con métodos de prospección arqueológica vegetal. Pero quien realmente desplazó y aniquiló a los olivos fue el P.G.O.U. Fue la especulación quien acabó con el campo, fue el dinero quien abandonó almendros, olivos y viñas como abandonan los amos crueles a los perros viejos. ¿Que culpa tiene de esto la mimosa? Seamos serios. A los olivos primero los diezmó la construcción y luego su carácter huraño les hizo retraerse aún más. No supieron o pudieron adaptarse a los pequeños huecos vegetales, superpoblados de plantas venidas de todas las partes. Pero esta situación la provocó el P.G.O.U. no la provocaron esas nuevas plantas. Con los olivos de la costa acabó  el abandono y el dinero.


Por mi parte sólo me queda añadir que yo las cosas ya las conocí cambiadas, como son ahora. La mezcla de ahora me parece lo natural. No añoro pasados tiempos supuestamente mejores.  Y siempre me han gustado las fronteras y las líneas de contacto. Y bien está que así sea.

Un mes después, las mimosas sin flor. La oliva punto de florecer


(ha llegado mayo, las mimosas ya no son amarillas que son masas verdes de filodios y ramas sin flor. El olivo acosado y perdido, que parecía asustado y sin futuro, se está cuajando de flor. Flor pequeña y trabajadora, productora de aceituna y aceite, hija de Grecia y Roma. Es tanta la flor que su color sin lujo destaca sobre la mimosa desnuda, sobre el pino y el eucalipto. ¡Árbol admirable! Como los perros lame la mano que le pega, esa mano que lo dejó abandonado. Esa misma mano que, ahora, culpa a la mimosa)


Arriba, vuelo americano de 1956, abajo, misma zona en 2004 (Sigpac)

lunes, 2 de abril de 2012

Nuevas tardes de verano y reivindicación de sus frutos.

La tarde en la piscina. Óleo y acrílico sobre lienzo. 73x60. 2011

Piscina de Lacra. Óleo sobre lienzo. 60x50. 2002

     Luna en el Cerro Vitar. Óleo sobre lienzo. 61x46. 2002

  Amanecer de verano en Lacra. Óleo sobre lienzo. 61x48. 2001



Los recuerdos guardados en un cajón se sacan, se miran, se enseñan y  se vuelven a guardar.



Unos se guardan simplemente dejándolos en  el cajón, otros dentro de una caja, algunos muy delicados se envuelven en una tela o cuando menos en una bolsa de plástico. Hay quien tiene la costumbre de secarlos entre las hojas de un libro que, cuando años después se hojea, deja caer al suelo los recuerdos  olvidados, aplastados en dos dimensiones.



Los recuerdos van envejeciendo cada uno a su manera.  Algunos como el vino tinto pierden color, otros como el blanco lo ganan y los hay también como el rosado que con el tiempo se estropean. Los recuerdos, de cuando en cuando, se sacan, se miran, se enseñan y se vuelven a guardar. En cada ocasión se ven de una manera distinta y producen una emoción diferente. Las maneras y las emociones se adhieren a él formando sucesivas capas y estratos de la memoria. Es por esta estratigrafía  sedimentaria que los recuerdos se mueven y cambian. Cuanto más se recuerdan más cambian.



A todo lo dicho se suma que el pasar de los años hace que cambien la forma y tamaño de los recuerdos de manera que las aristas se suavizan, los huecos se rellenan y los llenos se vacían. A veces el disgusto se vuelve gozo y en otras se borran sólo los berrinches (es lo que pasa cuando es inminente la llegada de la vejez y el recuerdo en cuestión se asocia a tiempos de piel más tersa). Quiero decir que en todo esto interviene también la manipulación interesada  y el auto-engaño o ambos dos.

Ocaso de sol
Orto de luna





Hay un momento en las tardes de verano, justo cuando empiezan a irse las avispas pero aún no han llegado los mosquitos, después del ocaso de sol y antes del orto de luna, en que el aire solano que sube del Guadiana chico, cesa. Dejan de escucharse los pájaros, no se mueve una hoja. Pareciera como si el motor de las horas se hubiera parado. Es entonces cuando la luz en fuga se satura de colores irreales. Es entonces cuando se hace invisible la calima y amaina el fuego inodoro, incoloro, de la tarde. Cuando despiertan los aromas dulzones de las hierbas secas y los tamos: detrás de alguna de las primeras sombras alguien está regando y la tierra mojada reparte esencias azules por el olivar que se esconde entre las medias luces. A esta hora, en este momento, en la tregua del viento, en el relevo de tarde y noche, nada se mueve, nada grita. El silencio y la calma serían totales si no fuera por el rugido de las hélices de un avión militar volando y por el crujido de las hojas y de los tallos que quiebran  los saltos del gato (está cazando bichos en el interior de la madreselva).



En una entrada de hace meses (abajo está el enlace) me refería a un momento de las tardes de verano en Lacra que si bien es temporalmente vecino del momento suso mentado, es por muchos conceptos su antípoda. Es ese otro la media tarde del calor, de la luz blanca requemada, de las plagas de bichos. Hacía entonces especial mención a las avispas, tábanos y moscas. Contaba en dicha entrada que al intentar pintar una idea o cosa me salía otra distinta a la buscada, produciéndome la frustración consiguiente. Identificaba el origen del problema  en que por culpa del calor y de los bichos no era posible la concentración. Por todo ello renegaba de las pinturas pintadas en aquellas tardes  y anunciaba que las quitaba de la circulación, que en su lugar ponía un dibujo digital, liviano, de Sierra Mágina, para salir del paso. Todo eso ya lo he contado antes.


Masas de color
la calma




Las pinturas, recuerdo de aquellas tardes de verano, las tengo guardadas en el cajón escondido de las paredes de mi dormitorio en el cortijo de Lacra. Mi madre cree que las tengo allí por no querer que alguien las vea y las quiera llevar. Se sorprendería si supiera que están allí dejadas, abandonadas, porque en su día renegué de ellas, de las avispas, del calor, de los tábanos y de las demás desgracias. 

De cuando en cuando aparezco por allí y me las encuentro debidamente colgadas. Cada vez que enciendo la bombilla saco los recuerdos del cajón. Encima de la pintura ha caído polvo y han caído nuevas  miradas que la cubren de capas nuevas. Guardadas en el arca de las paredes del dormitorio, solas y a oscuras casi siempre, han evolucionado. Una, vino blanco, ha cogido color. Otra, tinto, lo ha perdido. Creo que ninguna es rosado.

Avión militar de hélice
Bicho cazando bichos





Han cambiado las pinturas porque ha cambiado el recuerdo de aquellas tardes de verano. Ha crecido y envejecido, ha dejado atrás los tábanos, el sudor y las moscas implacables. Han muerto las avispas, han muerto los malos bichos y han dejado cadáveres huecos pegados al envés de las hojas de oliva. Al encender la luz de la habitación el recuerdo se deslumbra y se asusta. Hay que manejarlo con cuidado porque es extremadamente frágil y se cuartea con facilidad. Ya tiene una esquina doblada, hacia la parte de abajo le han salido unas manchas oscuras de hongos microscópicos que la humedad ha criado.

Bicho muerto





Realmente no se si es que el recuerdo ha ido cambiando hasta convertirse en este otro tranquilo y sereno del momento en el que la tarde se va y la noche viene. No se si ha cambiado o si al ir desapareciendo aquél viejo ha ocupado este su hueco este nuevo. No lo se.  Pero ha pasado y donde estaba el uno ahora está el otro.  El efecto ha sido inmediato, han quedado reivindicados los frutos de aquellos veranos. Existe vida más allá (un rato después) de las avispas,  de los tábanos y de las moscas.

último rayo de sol en el peral
último rayo de sol en el muro de adobe



domingo, 19 de febrero de 2012

Cara norte de la Sierra de las Nieves

Troncos de encinas dando al norte en la Sierra de las Nieves. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2012





Pinsapos en la niebla. Sierra de las Nieves escondida detrás de la niebla en un invierno seco. Colores verdes y amarillos brillantes, en la parte que da al norte, del tronco de las encinas.


Detalle
Otro detalle













El pasado dos de enero, día de la Toma de Granada, tras muchas ocasiones perdidas en dudas y perezas  me arranqué y subí a la Sierra de las Nieves. Abajo en la playa hacía un día estupendo, sin viento, con mucho sol. Al igual que en el romance la mar estaba en calma y seguramente la luna estuvo crecida la noche anterior. Subí a la Sierra de las Nieves buscando ver, tocar y fotografiar pinsapos en libertad. Árboles, abetos, de extraño aspecto que se refugian en los rincones más profundos de las sierras de esta parte del mar de Alborán. Árboles de rareza legendaria, que se prodigan poco, y que poseen la aureola y el prestigio de  los mitos escondidos apenas entrevistos.

Vista norte-sur del encinar



Iba en busca de pinsapos en libertad. Aunque abajo el día amaneció espléndido,  arriba la niebla mezclada con gotas de humedad y un poco de frío gris, tapaba los relieves, las crestas, las más altas sierras. El paisaje disimulado y escondido, unido a la compaña que me acompañaba (poco montañera y no me refiero, a los perros, que sí lo son) a lo que se añadió por mi parte una evaluación apresurada y errónea del estado de la pista (sin asfaltar pero razonablemente buena) convirtió lo que se pensó como excursión en un simple paseo. Y fue motivo también de que el itinerario que debía internarse adentro se quedara en la cubierta más superficial del lugar.

Detalle (desenfocado) del norte
Detalle del norte













Este invierno ha llovido poco y ha nevado menos, han sido escasas las nubes. Ya es mala suerte que en año tan escaso me encontrara un día así, nublado, con niebla. Si hubiera estado claro aún desde las afueras hubiera alcanzado a ver los picos más altos, los hubiera fotografiado y  hubiera podido ver aunque fuera  desde lejos, algún pinsapo,  razón última que me movía.



El paseo corto y epidérmico se adentraba en un bosque de encinas bastante bien conservado, denso y al que  la poca luz gris de la niebla le daba su punto misterioso cubriendo de oscuridad las espesuras  más protegidas. Por la parte de los troncos y de las ramas que daba al norte, por esa misma parte en los matorrales y en las  piedras, las humedades de los inviernos criaban musgos y líquenes: abrigos de texturas suaves o duras pero de colores brillantes, esmeraldas, amarillos, grises chillones,  pardos encendidos.

Pinsapos en la niebla I



Pocos pinsapos en este rincón, apenas alguno recién nacido por inseminación artificial, protegido de los bichos por un corralillo de palos y alambre. Alguno que otro un poco más crecido pero todavía juvenil y con espinillas, la voz del aire entre sus ramas soltando gallos. Pocos pinsapos por allí, pero las encinas se amontonaban y a cada paso aparecía otra con el tronco recubierto mas espectacularmente que cualquiera de las que había tres pasos atrás. Las humildes encinas, olvidadas y eclipsadas por la fama de los abetos, gritaban y gesticulaban con sus colores llamando la atención del caminante, como los perros desesperados en la perreras cuando intuyen que alguien se acerca a las jaulas para adoptar. Y yo sin hacerles caso porque en este momento  todavía andaba buscando a los otros.



Casi acabando el paseo, culminando su trayecto circular, cuando ya no lo esperaba, por fin entre las niebla ví algunos pinsapos de los de verdad.  Estaban lejos. Como son muy recelosos, a la menor señal de peligro escapan y se esconden en los pedregales más cerrados, en los pechos más escarpados. Escapan al menor ruido, al más pequeño olor y sólo vuelven a confiar y salir a los claros del monte cuando se recupera el silencio y la calma. Acallando las pulsaciones y latidos acelerados, gastando todo el sigilo del que fui capaz, conseguí verlos a lo lejos, entre la niebla. Me pegué al suelo y casi sin moverme, dando la cara al viento para que no descubrieran mi rastro, los fotografié. Apenas se distinguen los detalles pero las siluetas no defraudaban nada, siluetas elegantes y esbeltas, sobresaliendo a todo árbol, a toda planta, gigantes verticales camuflados en la niebla. 

Pinsapos en la niebla II
Pinsapos en la niebla III








Me arrepiento de no haber avanzado un poco más, de no haber subido unos cuantos kilómetros más. Que pena no me hubiera acercado lo suficiente para distinguir sus piñas, las agujas rollizas de sus hojas. Tendrá que ser otro día.



Los pinsapos de linaje noble y antiguo acaparan toda la atención del caminante. Y sin embargo en esta parte de la Sierra son las encinas, pobres y discretas, carne de chimenea, de horno de asadero, las que juntándose por miles y millones las unas a las otras hacen legión y todas las legiones juntas hacen bosque. Habitan muy por debajo de los vértices afilados de los pinsapos y allí  abajo los troncos de las encinas se visten de carnaval. Por la cara que da al norte adornan sus disfraces con penachos de plumas, con  telas de texturas suntuosas y colores extravagantes, brillantes, preciosos.

Norte en las ramas I
Norte en las ramas II








No ha llovido mucho este invierno, nubes hemos tenido las precisas, pero precisamente ese día la niebla tuvo que esconder los picos y las rocas de la Sierra. Esa cancela de niebla que cerraba el horizonte y que impedía mirar arriba es la que consiguió que me fijara en la inmensa manifestación de encinas a mi alrededor.



Como no pude ver el perfil de la Sierra de las Nieves he pintado su cara norte buscándola en el tronco vivo de las ignoradas encinas.

La poca nieve de este año




Detalle chico
Detalle grande


jueves, 19 de enero de 2012

Perfil de la Sierra de Quesada



Perfil de la Sierra de Quesada. Acrílico y óleo. 65x50. 2011


Hay poco que decir aquí. El Perfil de la Sierra de Quesada. Uno de mis perfiles de nación, el de levante, en Quesada. El otro, el de poniente, es el Cerro de la Magdalena, extraña mezcla de cementerio, restos argáricos y antenas de televión y telefonía, lo más viejo y los más nuevo. Pero a poniente la Sierra ni es vieja ni es nueva. Siendo siempre, en cada estación de cada año se hace nueva. 


Un perfil es una línea elástica que se deforma y cambia según se vea desde un poco más abajo o desde un poco más arriba, más a la derecha o más a la izquierda. Según el sitio desde el que se mire cambia. Pero aún  cambiando, sigue siendo reconocible. Reconocible para quien lo conoce, para quien ha construido todo o parte del recuerdo de su vida con ese perfil.



Un perfil y un paisaje son cosas distintas. El paisaje es un espacio compuesto por árboles, montañas, valles, regadíos y secanos, mares y cielos. Un perfil, por el contrario, es el icono que sirve de símbolo a una vida, o a un trozo de una vida.


Del perfil  de levante en Quesada podría decir muchas cosas. Decir el nombre de cada una de sus líneas y a cada una ponerle una historia. Son ya tantas cosas las que viven bajo este perfil que es difícil, ahora, escoger alguna. Son tan antiguas estas cosas que, fuera de las mas remotas, empieza a ser dificil recordarlas. Es tanta la gente que viene, que va, que fueron, que empiezan a ser más las lágrimas que las palabras. 


Creciendo bajo el Perfil