jueves, 12 de marzo de 2015

Cae la tarde en la calle Alhamar

Cae la tarde en la calle Alhamar. Acrílico y óleo sobre tela. 65 x 50 cm. 2015
Y las últimas luces escapan por los pisos altos, las azoteas, por el cementerio y el barranco del Abogao arriba. El cielo desparece de este a oeste.

Es la hora triste de las tardes  de febrero cuando sigue siendo día pero un día ya viejo, con poca vida que por momentos se le va.

N se han encendido todavía las farolas  y la calle apenas está alumbrada por los semáforos, por algún escaparate tempranero, por los últimos reflejos del sol golpeándose en los cristales de las ventanas.

Penumbra. La gente va y viene, los coches suben y bajan,  en la puerta del hotel turistas que se van, en el paso de peatones niños y niñas que vuelven del colegio, hay cierto escándalo en los bares de copas para trasnochadores del mediodía…

La vida como suspendida en la tarde de la calle Alhamar. La vida expectante en el día que se acaba, a la espera de la noche. Cuando llegue, pondrá en ella un pié, y cuando esté firme y asegurado saltará con todo su cuerpo para seguir andando los pasos del reloj.


Colores decaídos, luces tristes, final melancólico de la tarde. El tiempo se frena y retiene (todavía es pronto para unas cañas). Cuando llego a casa y enciendo una lámpara, mágicamente se reanuda. Pero esa es ya otra historia y cuento.














martes, 17 de febrero de 2015

Camino de Ronda, con atasco, en los años ochenta

Atasco en el Camino de Ronda. Acrílico y óleo. 50 x 65 cm. 2015
Conforme se van haciendo años aumenta el pasado y con él la cantidad de artefactos, ideas y momentos acumulados. De cuando en cuando me da por ordenar o recuperar el trastero de los años vividos. Cada vez que lo hago hay más donde revolver. En cada cajón que se abre, en cada caja, carpeta o papel aparecen cosas, recuerdos  y cada vez es más divertido trastear porque hay más cosas donde revolver. Así pueden pasar horas.

Hace poco le tocó el turno a mis archivadores de negativos fotográficos. Cientos y miles de imágenes guardadas y ordenadas con el cuidado del que a veces soy capaz.  La cosa digital ha convertido en muy pocos años a los carretes de película fotográfica, como a los discos de música o las cabinas de teléfono, en objetos de arqueología técnica. Totalmente en desuso, los tenía escondidos en lo hondo del cuarto de los trastos, del trastero de la memoria.

Repasando distraídamente las imágenes de los negativos encontré unas fotos nocturnas del Camino de Ronda. Están hechas una tarde-noche de enero de 1988 con mi cámara Pentax recién comprada así un poco en plan experimental, sin saber mucho lo que hacía. Salieron lógicamente movidas y desenfocadas, sin apenas detalles reconocibles más que los faros y los pilotos traseros de los coches. Cuando las llevé a revelar y las vi,  las deseché de inmediato. Por eso las tenía olvidadas.

Ha sido ahora, al volverlas a ver tantos años después que me he dado cuenta de que tienen su aquél. Hay luces blancas y rojas, verdes de los semáforos, reflejadas todas en el asfalto de la calle. Se intuyen los luminosos y los escaparates. Una perspectiva achatada por el uso de distancias focales largas crea una escena en diagonal y le da compás a la sucesión de faros y farolas. Y además de parecerme, ahora, una composición interesante, me trajeron el aroma de aquella calle junto a la que viví buena parte de aquellos años ochenta y en cuyo entorno anduvo buena parte de mi andar de entonces.

Por aquellos años no existía más que esta avenida para cruzar Granada. Para ir o  venir a o desde cualquier sitio había que pasar por ella. Era a la vez travesía y barrio, servía lo mismo para el tráfico de doméstica proximidad que para el transporte pesado de paso. Por eso, a la fealdad de los edificios que desparramó la especulación de los chicos del Régimen, sumaba un tráfico denso, permanente, lento, maloliente y ruidoso: coches, taxis, autobuses, camiones, motos, más coches, furgonetas, más coches y camiones… Se le hubiera podido llamar el atasco que nunca duerme.

Pero no dejaba de ser el lugar donde pasaba buena parte de mis días y lo recuerdo con cierto cariño. Y además es que tenía su aquel. Conseguía cierto aire urbano, de vida industrial y acelerada que en otras partes de la ciudad por sus encantos universales o por su carácter de pueblo grande en muchos de sus barrios, faltaba. Recién llegado yo de mayores lugares era lo más parecido que encontré a mis escenarios perdidos. Y siendo entorno urbano no dejaba de ser barrio en el que recaló parte de la avalancha rural de esos tiempos que se mezclaba con toques del carácter local y que daban como resultado paradojas tales que llamarle Redonda, por su original función de circunvalación o ronda, a la calle más larga y recta, casi la única larga y recta, de Granada.

Por todo eso cuando encontré los negativos me gustaron y disfruté recordando los buenos momentos, que no los malos, de aquellos años.






lunes, 2 de febrero de 2015

Piscina en invierno

Piscina en invierno con limonero. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm  2013

Piscina en invierno, brillo frío del agua en un día húmedo.

Mosaico de agua bailando, reflejos moviéndose y como fuera de contexto, el amarillo del limonero.

Una piscina en invierno sola y vacía. El aire agita las palmeras y empuja a los cipreses.

Paredes azules, formas azules en el jardín vacío.

La melancolía de las cosas fuera de lugar, la sorpresa de la libertad

Una piscina en invierno.

Contrapunto ácido amarillo.

Teselas de agua reflejando el gris del cielo.


Paisaje vacío agua reflejando el frío del cielo, sol tibio, estampa fuera de (en otro) contexto.


diluvio 1

diluvio 2

la playa fuera de (en otro) contexto 1

la playa fuera de (en otro) contexto 2

limonero

sol tibio de invierno

martes, 9 de septiembre de 2014

Muy Nombrada Ciudad de Granada

Muy Nombrada Ciudad de Granada. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm  2013

La estampa de hoy es una vista de la muy noble, leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica ciudad de Granada. Una vista ideal, imaginaria pero muy real, desde la terraza de mi casa cuando vivía en el centro del triángulo formado por el campo de futbol, la cárcel y la plaza de toros. Imaginaria porque mi terraza daba a izquierdas  y esta es a derechas. Real porque es muy parecida a lo que se vería desde esa terraza a derechas.

Está pintada bastantes años después de abandonar aquel barrio. Hace unos meses, revolviendo papeles, me encontré con un dibujo que hice en aquellos años. Era el apunte de la vista de la que hablo. Una imagen muy evidente y convencional: La Alhambra (en la terraza real no se vería porque estaría tapada por la muralla exterior y san Nicolás) bajo una sierra que brilla a contraluz como flotando en el cielo. Pero además, los edificios altos, los bloques de pisos feos de los sesentas y setentas, los tejados y azoteas del barrio... semáforos, antenas, alguna farola, algunos cipreses. Una estampa real, imaginaria pero existente y viva.

Pocas veces he pintado algo de Granada. Me ha siempre que como las fotografías de la Alhambra, si salen bien parecen postales ajenas y profesionales y que sólo si salen mal parecen de uno. Es por eso que he pintado pocas escenas incomparables, pocas torres, pocos muros blancos, rojos y ocres, poco paisaje patrimonial. He preferido hacerlo con los vasos de vermú, con las cañas de cerveza y los reflejos de las farolas en los charcos en noches oscuras de lluvia con luces doradas y artificiales.

Llegué a  Granada hace ya muchos años cuando tenía apenas veintipocos. No fue una llegada fácil, más bien abrupta y traumática. Salí de Madrid por la parte moderna y progre y entré en Granada por la parte digamos, administrativa. La cosa estudiantil y el desenfreno de gentes diversas, que tan nombrada hacen a la ciudad, para mí no existieron. Sí lo hizo  por el contrario el punteo y cuadre de documentos.

Esa parte administrativa de la que hablaba, tenía su parte siniestra de gente gris de aspecto y de alma represiva. También su parte popular de zoco y mercado, de bullicio y trapicheo, de puestos de fruta y verdura a la venta en los callejones, olor de hierbas más o menos curativas, más o menos medicinales. Clientes y gentes de vidas exageradas cada uno en su cosa: pobres demasiado pobres, pescaderos con escamas en las manos y en los billetes, locos muy locos, viejos totalmente solos. A menudo las letras no se sabían leer y sólo se utilizaban para  pagar. Un mundo de sabor fuerte y especiado, algo oriental. Digan lo que ahora digan los recuerdos, a mí no me gustaba aquello. Demasiado sabor, especias a espuertas, sabor demasiado empalagoso, fuerte y duro, todo a la vez.

Entré, como digo, con el pié cambiado y así sigo ahora que ya casi me voy. Porque aunque a los bares y trasnoches terminé incorporándome, lo hice por la citada vía administrativa. Algún intento de pasarme al otro bando hubo pero ejecutado sin determinación. Alguno hubo resuelto en amores que caros hubieran salido a todos si no hubieran, abruptamente, acabado.  Pero lo voy a dejar porque no quiero que esto sea, o que parezca, una enmienda a la totalidad, rencorosa, con el pasado.

Ni me gustan ni aprecio las postales perfectas. Esas pinturas realistas de paisajes que no existen. Limpios de mancha y defecto, con luces pretendidamente, bonitos edificios y calles sin mezcla alguna de cables, señales de tráfico, bloques de pisos amontonados, sin ruidos desagradables ni olores a humo. Son estampas inexistentes, frías y plastificadas. Son como la pornografía profesional, sin morbo porque sólo lo tiene lo posible que a su vez siempre es defectuoso (por eso es que existen con gran éxito las fotos amateur.

Desde que sale el sol hasta mediodía, por la cara de levante, los contraluces borran los medios planos. Sólo se distinguen las formas y colores que están inmediatas o muy cerca de los ojos. Detrás de ellas grandes espacios etéreos y plateados difuminados por el resplandor del sol. Flotando encima, la Sierra. Pero existen los pelos y el que repara en ellos no come tocino. Existen las antenas y los cables, los semáforos y las farolas, las baldosas baratas y mal colocadas en las terrazas de edificios altos y feos, el martilleo de las voces y los ruidos de las gentes en sus coches que van y que vienen. Hay barrillo cuando llueve y en las aceras chicles pegados y algún gargajo.

Como sucede en todas las autobiografías, el lema de Granada es exagerado y bastante mentiroso. Intenta dar la mejor imagen de sí misma aunque no sea la imagen completa o cierta. Cuando me casé, tuve ocasión de comprobar que en las escaleras del convento desamortizado hoy ayuntamiento está escrito el tal lema. Dice "muy noble, leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica ciudad de Granada". Es el equivalente antiguo de esas fotos de facebook en las que todos intentamos  parecer quien nos gustaría ser. Aquí ocurre lo mismo. Porque lo de grande es relativo y depende de con quien se compare. Leal, es lo que decimos todos, leales y sinceros. Noble, de aristócratica es cosa que de nada sirve ya hoy día. Celebérrima, algo exagerado, lo cambiaría por célebre, mas sobrio y ajustado. Nombrada, vale, bien. Pero desde luego lo que es pasarse unos cuantos pueblos es apellidarse heroica. Lo podría negar y decir Farax Aben Farax recordando cuando entró al Albaicín en 1568 y le cerraron puertas y ventanas diciéndole aquello de "sois pocos y venís presto". O con mayor autoridad el general Horace Sebastiani, comandado por la Armee Imperial du Midi para ocupar Granada. La única resistencia que encontró fue la de los ricos lugareños que se resistieron, durante casi diez minutos, a poner la parte que les exigió el general para terminar las obras del teatro municipal. Fueron derrotados a pesar de su arrojo y el teatro se inauguró en 1810 con el patriótico nombre de Napoleón, más tarde Cervantes cuando la cosa de la "liberación" y la vuelta de S.M. Fernando el Séptimo.


Entré en la muy nombrada ciudad con el pie cambiado y a eso achaco que treinta y tantos años después siga llevando una vida apartada. Será está la explicación o quizás habría que buscarla en mi falta de talento social o en cualquier otra razón o en varias o en todas juntas. Ya da  igual. Me parece más interesante discutir si los brillos del vaso de vermú o las gotas de rocío en la caña helada de cerveza casan mejor con una interpretación cubista o quizás con otra expresionista, averiguar porqué cada vez hay más palomas y menos golondrinas o aclarar porqué se permite el pestazo a mantequilla de algunos establecimientos de comer al paso.


domingo, 3 de agosto de 2014

Paseos de atardecer por la playa. Autorretrato con Lobo.

Autorretrato en la playa con Lobo. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm  2014


No me gusta la playa en temporada. No me gusta el calor ni el gentío ni la luz incolora de las tardes de verano. Por eso mis paseos de playa son de invierno o de otoño o de primavera temprana. Tengo dos perros. A Luci le disgusta enormemente el tráfico de vehículos y el tránsito de humanos, especialmente de humanos niños. Sólo le gusta correr por el campo, por la sierra, por los olivares y los pinares. En ámbitos urbanos pone el freno y se niega  a salir. Para llegar a la orilla del mar hay que cruzar calles, carreteras,  la A-7. Por eso no me acompaña. Los paseos de playa al atardecer, a veces al amanecer (tiene la misma luz pero volteada horizontalmente, el sol en levante) los hacemos Lobo y yo, solos. Lobo es un todoterreno al que le dan igual los ruidos, los coches y los críos, sólo le interesan los olores y las discusiones con los otros perros. Yo creo que es feliz paseando conmigo. Al menos me lo parece así.

Lobo mirando sus propias estrellas en su cielo

Lobo en la playa al tardecer

Lobo corriendo por la playa al amanecer

La foto original del autorretrato


En algún sitio he leído –alguna lectura barata de Internet seguramente- que el objetivo del Expresionismo alemán fue potenciar el impacto emocional distorsionando y exagerando los temas. Representar las emociones sin preocuparse de la realidad externa, sino de la naturaleza   interna y de las impresiones. La fuerza psicológica y expresiva se plasma a través de los colores fuertes y puros, las formas retorcidas y la composición agresiva. No importa ni la luz ni la perspectiva, que se altera intencionadamente. No lo he entrecomillado porque he adaptado alguna cosa y porque no tomé referencia de la cita. Esto es la misma cosa que ya me había encontrado antes en la conocida historia que García Lorca cuenta de Pastora Pavón, Niña de los Peines. Cuenta que un "hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva París! como diciendo: <<Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. NOS IMPORTA OTRA COSA>>". Dicho de mejor y mas hermosa forma que lo dicen las frases de arriba, es la pura idea de expresionismo (el flamenco tiene una mitad cubista y otra expresionista). Lo traigo a cuento para quitarle a Expresionismo el apellido alemán que es algo que  hace muy poco romano en estos tiempos.

El cielo del atardecer

El sol despidiéndose en las ventanas

Camino de la playa sobre la A-7


La Concha desde la playa

Al fondos los edificios, delante el mar


Mis paseos de atardecer  -a veces de amanecer-  por la playa, cuando no es temporada alta, son paseos expresionistas. Lo son porque están armados con  luz  a veces contrastada a veces difuminada, acompañados por el sonido mecánico de las olas y sazonados con el movimiento rítmico de las teselas  que forman el horizonte de alta mar (las nubes corren perseguidas a duras penas por el sol viejo que se va, a veces por el sol niño del amanecer). Estas entradas sensoriales sólo son la cápsula que protege sin provocar alteración lo que realmente importa: las ensoñaciones, reflexiones, fabulaciones, planes de deseo, disección de oportunidades perdidas, errores auto-explicados, sueños eternos nunca cumplidos... Lo que voy pensando mientras camino o de otra manera dicho, los trabajos de la cabeza autónoma del cuerpo que anda defendida por las cosas del atardecer, a veces por el amanecer. Le he preguntado a Lobo si a él también le ocurre lo mismo pero no me ha contestado, me ha mirado con melancolía y ternura, con un punto de preocupación.

Este de hoy es un autorretrato paseando por la playa al atardecer, con Lobo a mi lado. El sol se arrastra por los suelos exagerando y alargando las sombras. Las luces son rojas y calientes, aunque sea invierno. Las olas golpean sin parar la fragua de arena y detrás del mar las primeras luces se encienden en las ventanas y en las calles, oscurecen las primeras sombras en las sierras. Es un autorretrato en la playa de piedras donde desemboca el río Guadaiza, en San Pedro Alcántara, debajo de La Concha y de Sierra Blanca. Las estrellas del cielo a estas horas no se ven pero aquí las pinto porque representan los trabajos de mi cabeza, mis sensaciones, ilusiones y preocupaciones. Algunas no son mías son de Lobo.

Esta creo que es del amanecer

Piedras de la playa

Seguro que el amanecer

Seguro que el atardecer

Las palmeras corriendo hacia el agua y el sol


Resumo y acabo. Ahora resulta que como me ha pasado en tantas ocasiones soy un vanguardista de hace CIEN AÑOS. Cien años después he descubierto aquellos descubrimientos de entonces. Paseando con Lobo por la playa, casi cien años después he comprendido aquello del ¡Viva París! Soy un auténtico vanguardista del pasado. 

Cuando he intentado explicarle todo esto a Lobo, me ha mirado con ojillos de pena pero enseguida ha vuelto a sus propias estrellas, a los excesos de comida, los ladridos a los mirlos negros, a oler las esquinas, a intercambiar gruñidos con los perros de marca con los que se cruza…

La tarde va pasando y cuando se encienden las farolas y ya sólo queda oscuridad paradójicamente desaparecen las estrellas. Volvemos a casa y a la nada poética realidad.

Por cierto que aquella otra cosa a la que se refería el hombrecillo del aguardiente es la misma de la que hablaba Juan de la Cruz: "Por toda la hermosura nunca yo me perderé sino por UN NO SE QUÉ que se alcanza por ventura". Lo digo por lo de quitarle fuerza al apellido alemán.



Desembocadura del río Benabola

El atardecer en barca

Jebel Musa y costa de Yebala

En el paseo voy dejando el sol a mi espalda

Se van encendiendo algunas luces

Se va apagando el día

Un mundo y el otro

Columnas de Hércules 

























domingo, 15 de junio de 2014

LUCI CAMINO DEL CERRO DEL SOL

(Amanece en la Dehesa del Generalife)

Amanece en la Dehesa del Generalife. Photoshop. 65 x 50 cm. 2014
Casi no es aun de día (desde luego no ha salido todavía el sol aunque sí que está, porque se le ve reflejado en el filo del cielo de levante, encima de la Sierra) y con esta luz azul y fresca del amanecer ya estamos de caminata por la Dehesa del Generalife Lobo, Luci y yo.




Es demasiado temprano y sólo los viejos y los suicidas andamos por aquí a estas horas. Los suicidas porque si en su desgracia triunfan, allí están inmoviles  al alba y los viejos porque cada vez mas nos gusta aprovechar estas horas primeras en las que el mundo sale de la oscuridad con un nuevo día por delante, entero.

Cuando amanece parece que existe el futuro y una nueva vida. Por eso me gusta madrugar.

En estas excursiones siempre nos gana Luci. Tan tímida, tan miedosa, revive cuando dejamos la calle y pisamos la tierra y el campo. Salta y corre, va y viene, ríe, chilla y ladra: es una perrilla que no parece ella, que la han cambiado.




El brillo del horizonte se ilumina reventón, ya se oye como el sol se acerca (en nada saltará por encima del Veleta), ya estamos dando al barranco por donde va el Darro. Es heroico y famoso el paisaje: con el fondo difuso de la Vega y los montes que la cercan, las casas y cosas de Granada: el Palace, el alminar almohade de San Juan de los Reyes y el zirí de San José, la casa del Almirante de Aragón, los balcones y los altos miradores, el vía crucis y las cruces devocionales camino del Sacromonte, la ermita del Santo Sepulcro, las antenas militares, la cerca de Don Gonzalo y las cuevas, San Miguel en el Aceituno y un tren en la estación (desde aquí no distingo si llega o si sale). En el poniente del amanecer el cielo se estratifica en bandas azules, grises, rosas y de luz clara.

Es, como digo, un paisaje muy nombrado y comercialmente potente este del amanecer en la Dehesa del Generalife. Pero en realidad no son estas vistas las que pinto, que no hace falta porque estarán siempre ahí. Los que no estaremos somos nosotros y por eso aquí a quien retrato es a Luci y a nuestro nuevo día por delante.

(Tan retraída y triste con la gente cuando salimos al campo es otra y salta y corre, se revuelca en los olores del suelo y en el barro de los charcos,  va y viene, ríe, chilla y ladra: es una perrilla feliz y por eso sale aquí, en el borde del barranco, junto a la Alberca Rota, desde donde se escucha el Darro y martillos de fraguas imaginarias en las discotecas del camino del Monte.

N.B. Lobo no sale aquí porque ya salió en un autorretrato de atardecer en la playa junto al río Guadaiza (donde a falta de día por delante soñamos  con estrellas de colores).