lunes, 15 de octubre de 2012

Parra, pino y peral





Parra, pino y peral. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2012




Mañana de fuego, tarde de incendio. Neolítico y pintura fosforescente.
La mañana había empezado suave y agradable pero el horizonte gaseoso y difuminado por la calima anunciaba un mediodía de fuego.


Me había levantado al alba para marcar las lindes conflictivas y los árboles que viven salidos de de la formación. Con estas marcas se registran las irregularidades catastrales que en un lugar tan antiguo como el pago de Lacra son la norma ancestral. Y digo lo de un lugar tan antiguo, sin entrar en mayores alardes eruditos de historia local, porque cuando hicieron los hoyos para poner plantones, justo alrededor de la casa, encontré en los montones de tierra pequeños pero muchos fragmentos romanos de "terra sigillata" y de cerámica decorada a peine, estilo que se supone muy ibero. Las discusiones, los disgustos, las peleas por árboles, descolocados o no, por turnos de agua para el riego y por cosas así, se han sucedido desde entonces (desde antiguamente) con la misma regularidad con la que llegan las noches largas en junio y las noches cortas en diciembre. Ese “antiguamente” no se queda en época clásica pues desde que se inventó la agricultura y con ella las lindes y los riegos, ya se discutía de esos asuntos por aquí. Algo más recientemente, en el siglo XVI, las ordenanzas excluían este pago de la jurisdicción general del alcalde de las acequias, mandando que se siguiera en él el uso que desde antiguo se seguía. Mi  madrugón estaba, pues, sobradamente  justificado. Las marcas de pintura fosforescente en los  troncos de las olivas no eran otra cosa que una consecuencia pura y dura de la revolución neolítica, madre de linderos y parcelas, trimestre de primer curso intermedio entre el paleolítico y las distintas edades metálicas  protohistóricas. Aquel neolítico que tan poco estudié en los primeros meses de 1978, lo revivía ahora con un bote de espray treinta y tantos años después (miles de años después).

-no haré aquí erudición como arriba he prometido y no hablaré de la calzada que proveniente de Basti y Acci, pasando por Céal y camino de Túgia y Cástulo cruzaba estos términos. No hablaré de la alberca de Aguas Calientes similar a la de Fuente Grande en Alfacar, ni de la necrópolis de muertos enterrados cara a levante que encontraron en el último arreglo de la carretera, ni siquiera del fuste semienterrado que en el cortijo viejo servía de "majaero" de esparto. No hablaré de tantas otras cosas interesantes y curiosas que aquí estarían de más pero que no lo estarían en una tarde oscura de invierno, con vino, frente a la lumbre-
"Sigillata" y cerámica decorada a peine

Sigo con el marcaje y la delimitación territorial. Antes de llegar al olivar viejo se había acabado el bote de pintura. Como eso fue justo cuando empezaba a pegar el sol, aproveché y di por acabada la "peoná". Sin pintura y con calor lo único razonable era sentarse a la sombra, tomar un café, pensar en nada, sufrir moscas y tábanos y mirar sin ver los brillos  y destellos que saltaban empujados por el viento entre las hojas del techo vegetal. Eso hice.
Reflejos y destellos
Más reflejos y destellos


En el rincón de la mesa y las tumbonas y las sillas que sirvió de refugio contra el calor y la falta de pintura, hay un peral que trasplantó mi padre hace ya mucho rescatándolo de un bancal de secano donde malvivía. Aunque hubo quien dijo que no saldría adelante y que no valía un duro, el "peralillo" se aferró con rabia y coraje a su nueva vida y tierra y hoy florece cada año. Cada año da peras repartidas en armoniosa aparcería natural entre bichos y humanos. Este peral es un ejemplo de superación personal muy valioso en tiempos de turbación.

Peralillo
Hojas del peralillo



Allí, en el dicho rincón, viven también tres generaciones de parra (en la pintura sólo vemos a la abuela de ellas porque es la más fotogénica, pero hay además hijas y nietas). La sombra que dan las parras es, digamos, medianeja, regular por irregular. Y es que ningún año están al cien por cien de su rendimiento potencial. Unas veces porque el granizo temprano  agujerea las hojas, otras por un ataque de hongos mal defendido y en algún caso, sospecho, que  por error o experimento fitosanitario fallido e inconfesado. Es su sombra irregular y "arroalada", es un damero de piezas claras y oscuras que se desplazan con el sol, de manera que te duermes con la cara a resguardo y al despertarte la recuperas abrasada. Tampoco las uvas que dan estas parras son buenas. No le gustan más que a las avispas.  Y sin embargo, aún con todos estos defectos, las parras no dejan de ser otro ejemplo edificante pues son una familia unida que salta por encima de las diferencias generacionales y que unida trabaja en producir uvas y sombras, aunque sean regulares y malas.
Tres generaciones de parra
Las parras


De todos los árboles y plantas de porte que hay en el rincón son los más altos dos pinos nuevos. Paradójico que los más jóvenes sean los más crecidos. Es algo así como esas generaciones jóvenes de ahora que ahítas de leche y pasteles son mayores que sus padres y mucho más que sus abuelos. Con estos pinos no hace falta buscar más para encontrar moraleja o ejemplo a imitar. Acreditan, por si hiciera falta prueba, que quien come mejor crece más, que quien puede levanta peso y que la igualdad de oportunidades es algo muy relativo. Sigo. A estos pinos  precozmente altos y para que no siguieran creciendo, mi padre les cortó las guías. Decía que de esta manera crecerían a lo ancho y darían  más sombra. Decía también o principalmente, que no llegarían a sobresalir lo bastante  para ser detectados por los satélites en las ortofotos. De esta manera siempre se los podría cortar sin trámite o permiso de ente alguno, a voluntad y sin engorros administrativos (otra cosa es para qué querría cortar unos pinos ya criados y que a nadie ni a nada estorban. Imagino que se trata de una suerte de individualismo anarcoide y rural que seguro que viene también del neolítico).
Pino
Pino visto desde la tumbona


Juntos, todos los árboles de este rincón sí que consiguen formar un hueco de sombra agradable, un refugio que protege del fuego que en forma de viento solano se adueña de cada mañana de verano. Un hueco y un rincón refrescado por el azul de la piscina-alberca y por las gotas de  rocío artificial en la lata de cerveza (una libélula disfrazada de azul patrulla siempre arriba y abajo las hondas azules del agua. A tanta velocidad corre que sólo el azar puede retratarla). 

Conforme andaba la mañana se amontonaba más y más calor, arrastrado desde el cielo desbordado de sol. Aquella primera hora casi al alba, cuando con la fresca marcaba las olivas con pintura fosforescente, no parecía ya cosa del  hoy sino del ayer.  Y entre el calor, los brillos, los reflejos y las aguas de baño y de boca, por encima de las plantas bajas y por debajo de las altas (entre medias) a la altura de las latas de cerveza, se veía entre los olivares borrosos y entre la luz blanca del mediodía, una plantación moderna de placas fotovoltaicas. Habiendo empezado como he empezado con la cosa de la antigüedad, con la cerámica ibera y romana y con la revolución neolítica, estas  hileras de árboles metálicos podrían haber dado pié a muchas y muy acertadas reflexiones sobre el tiempo y la historia, sobre la evolución del mundo. Podían haber dado pié al ejemplo de que hace no tantos años aquí no había ni luz eléctrica.  Pero hoy ya no va a ser. Porque hace demasiado calor y es hora de comer y luego de siesta.
Libélula azul
Plantación de placas fotovoltaicas


(posterior)

A la tarde, con la modorra del sueño recién dejado, volví al rincón de las parras, a los pinos y al peral. Aflojaba ya el sol camino del horizonte pero el fuego del mediodía parecía haberse vuelto incendio: cielos rojos, humos grises, olor a quemado… Sin duda otro incendio acababa con árboles que yo ya no podría ver de nuevo crecidos. Mi padre regaba los arriates entre "terra sigillata", vasos decorados a peine y olivares viejos. Le comenté la desgracia y sin volverse a mirar me sacó del error: “Estarán quemando rastrojos, aunque esté prohibido. Si fuera un incendio ya estarían revoloteando los helicópteros”.
El supuesto incendio de aquella tarde

Y así acabó el día, con sencillez, con poco dramatismo y ninguna grandiosidad, sin posibilidad de oda al incendio de nuestro mundo ni a la pérdida irreparable de paisajes centenarios: no era más que la normalidad de algún otro individualista anarcoide rural venido directamente del neolítico (¿o esta rebeldía será mas bien paleolítica y nómmada?)

La mesa debajo de la parra cuando sale el sol.
50x65. Photoshop. 2012.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Antes llovía más


Gingkgos y chopos en el parque FGL una tarde lluviosa de noviembre.
Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011

Antes, hace apenas dos años, llovía más, hacía menos calor y cuando decía de nevar, nevaba.

Antes era mejor la fruta, eran más sabrosos los tomates y los melocotones, hasta los pepinos lo eran. El otoño era otoño, había primavera, el verano era verano y no fuego, el invierno era invierno con escarcha y con hielo.

Hace apenas dos años existían los convenios y el futuro estaba arriba y no abajo, apenas se hablaba de los alemanes, nadie hablaba de lo que iba a ser de nosotros.

Antes había tormentas en septiembre, llovía en octubre y noviembre y con las primeras torrenteras de frío llegaba diciembre. Ahora parece que ya no.




Estas son reflexiones de supermercado o barra de bar, tranquilamente contradecibles con la opinión contraria que tanto vale, esa que niega aquello de que en cualquier tiempo pasado lloviera más (idea despachada bajo la marca blanca de las viejas ideas de progreso ilimitado).

Lo cierto es que se suele percibir el pasado como algo bueno que se ha perdido (ahí, por ejemplo, el milenarismo). Quizás porque con el tiempo se tiende a olvidar lo malo y a magnificar lo bueno. Quizás también porque conforme pasan los años el tiempo corre más y va dejando cada vez más espacio detrás y menos delante: antes llovía más porque se añoran las cosas de cuando había poco vivido y mucho por vivir.
Lluvia a izquierdas
Lluvia a derechas


Si lo miramos desde el punto de vista del progreso sin fin, nadie negaría que con respecto al pasado esta vida de ahora es mucho más confortable. Existe, por ejemplo, el paracetamol que no es chica cosa en muchas ocasiones. Y no solo eso, las nuestras eran, hasta ahora, de las escasas generaciones que no habían conocido una guerra y ahora cuando la están conociendo es guerra sin sangre ni vísceras,  etérea, virtual, financiera, que se maneja a base de conceptos que compran y venden futuros. Algo que si no fuera tan atroz rozaría lo poético. Pero podríamos, alguien podría, replicar  que la resistencia al dolor es mucho menor y que hoy te matan sin morir, te paralizan con un índice o una cotización y hasta que te mueres estás sufriendo que te han matado. En fin, no se...

Antes nevaba más
Tormenta

Discutir si antes llovía más o menos es  conversación de velatorio, propia de esos momentos en los que gente casi desconocida tiene que convivir un buen rato sin tener que compartir o que decirse. Es conversación pareja a esa otra de que no somos nada, de que cuando mejor estaba el pobre, cuando por fin hubiera podido  disfrutar, llega una enfermedad o una guerra financiera y de un día para otro le cambia la vida, se la destroza, la altera radicalmente. Trata esta segunda conversación de los grandes cataclismos de la historia (con esos sucesos se ganan la vida la Historia y sus trabajadores). El común suele ignorar, u olvidar, que los grandes cataclismos son como los grandes temporales, que tardan más o menos pero que siempre vuelven, o llegan, llevándose el polvo de ese verano que nos parecía ya eterno. Normalmente los que lo ignoran son los que al final se mojan.

De hace dos años, de una tarde lluviosa de noviembre 2010 en los aledaños de la Huerta de San Vicente, poblado de ginkgos, wasingtonias y otras rarezas modernas, es la pintura de arriba. Aquella tarde sí que llovía.

Aclaración final. Hoy ha empezado a llover. Pero eso no quita que antes, hace dos años, llovía más de lo que parece que va a llover este año (ojalá me equivoque).

Tarde-noche de lluvia vista desde mi bar favorito (uno de ellos)










lunes, 10 de septiembre de 2012

Postal de Quesada. Vista parcial.


                                            Postal de Quesada con luna llena. Photoshop. 65x50. 2012

En las tarjetas postales era frecuente que en la descripción, junto al nombre del pueblo o ciudad, se añadiera “vista parcial”. Pongo como ejemplo dos estampas viejas sobre las que se escribió a mano y con letra muy redonda “Quesada. Vista parcial” y “Quesada. Vista parcial del jardín”. 

Aclarar en el título que una postal es una vista parcial resulta de una inutilidad grande porque las postales siempre lo son. Hasta las que se llaman vista general son en realidad una vista parcial. Las fotografías sólo tienen dos dimensiones y reflejan  el punto de vista desde donde se hacen. Son siempre la imagen de uno de los lados de la cosa, de una parte de ella, nunca son el todo. En las postales y en todas las demás cosas las vistas siempre son parciales. Sólo los fanáticos piensan otra cosa.



La primera postal de Quesada que yo recuerdo sería de finales de los años sesenta o de muy primeros de los setenta, por ahí. Era una vista primaveral del pueblo con la sierra al fondo, hecha más o menos desde el puente segundo. El verde propio de la estación,  la impresión poco definida  y de color sobresaturado, le daban un aspecto de paisaje atlántico absolutamente impropio e irreal. Un paisaje casi protestante.

Hoy en día, en plena orgía digital, cuando hay tantas imágenes como palabras hay y cuando casi valen lo mismo de poco las unas y las otras, algo tan simple como la foto de un pueblo puede no parecernos gran cosa, incluso puede parecernos nada. Entonces, cuando sólo abundaban las palabras pero no las imágenes, sí lo parecía. Y mucho. Chocaba y sorprendía que una tarjeta postal en color, algo entonces casi exclusivo de las capitales de provincia, pueblos grandes y rincones de especial relevancia turística, se hubiese dedicado a cosa tan perdida y poco relevante como el pueblo de uno: tan propio y doméstico, tan fuera del mundo exterior que sólo a los directamente concernidos nos podía interesar. Que la placenta materna justificase una postal a todo color resultaba muy chocante. Y más chocante aún que se pusiera a la venta, a disposición del turismo, como si en Quesada por entonces hubiera turismo…

Recuerdo percibir aquella postal como una señal débil pero cierta de que también mi pueblo  se movía. Nada comparable a como se movía y progresaba a velocidad pasmosa el mundo de fuera, pero se movía. A paso de tortuga, claro, como se mueve el tiempo en la infancia, pero Quesada se movía. Y no era ese el único indicio. Empezó por entonces a circular un tríptico turístico editado en alemán por el Ministerio de Información y Turismo del señor Fraga. Tenía su correspondiente Virgen de Tíscar en lugar preferente (se conoce que para sorprender a los luteranos…) y una foto del ayuntamiento viejo hoy reliquia arqueo-fotográfica porque tardaron nada en demolerlo.



Pero no quedaba ahí el progreso. Si las postales y los trípticos asombraban, las contadísimas ocasiones en las que Quesada salía en el blanco y negro de la televisión provocaban el pasmo definitivo. Años y años quedaron tan grandes sucesos en la memoria y en las conversaciones. Recuerdo sobre todo aquella vez que salió Quesada en la serie “Los Ríos”. Al parecer motivó un famoso telegrama institucional a la institución de un pueblo cercano (me da igual que el telegrama existiera o que fuera sólo un buen chascarrillo del autor). Definitivamente algo se movía en Quesada. Porque además de las postales, de los trípticos y de los documentales con telegrama, el movimiento se tocaba y pisaba en algunas calles, de las más principales, en las que se estaba sustituyendo el empedrado basto de piedras gordas por un moderno piso de fino y suave cemento. Nuevo suelo que inmediatamente quedaba personalizado por gatos, perros y otros bichos. Antes de que fraguara, cuando todavía estaba blando, dejábamos concienzudamente nuestras huellas en el cemento.

De aquella postal de la que hablo sólo tengo el recuerdo. La he buscado  en páginas y colecciones web sin resultado. Sí he localizado la gemela que se hizo y que, no podía ser de otro modo, era  una vista de Tíscar. Es de la misma factura que la otra, igual de verde y saturada de color. Sirva aquí la una para recordar a la otra.


La postal gemela
Las postales, además de la vista parcial de un espacio son también la vista parcial de un momento.  Pero lo son de momentos muy  rebuscados y compuestos, de momentos públicos pensados desde la cuna para ser vistos por todos. No tienen mucha vida las postales, la verdad. Sirven apenas para conocer el escenario donde suceden o han sucedido las cosas. Sirven para comprobar si aquel edificio estaba todavía o ya lo habían demolido (lo frecuente en Quesada), si los pinos hoy crecidos ya estaban plantados o no. Para eso sí pero para recordar la vida, no. No era habitual fotografiar la vida. Tampoco había mucha de ella en las fotografías privadas pues, hasta la revolución digital con su abaratamiento de costes, lo normal era reservar el gasto para las fotografías familiares y los viajes (en los que se intentaba imitar, con menos medios y más gasto, el arte profesional de los fotógrafos de postal). No se hacían  fotos en las que se viera la vida. Entre otras cosas porque si alguien lo intentaba, como era cosa tan rara la fotografía, la vida se paraba y quedaba quieta  para salir bien con lo que dejaba de ser vida.
Vista parcial desde la Cruz

Son escasas las imágenes en las que se ven gentes ajenas a la foto, dedicadas a sus propios asuntos. De Quesada y de cualquier otro pueblo más que escasas casi inexistentes. Aunque alguna hay que circula por páginas especializadas en las que la gente cuelga sus recuerdos. Algunas he visto en esas páginas, magníficas y  totalmente casuales que casi huelen como olía el Jardín y la Explanada en verano, cuando regaban al caer la tarde y pasaban las bodas en comitiva de a dos camino de la iglesia.

Yo también hice alguna de estas fotos digamos costumbristas. Traigo de muestra esta de la Explanada en una tarde lluviosa de diciembre del ochenta y siete. La hice desde el balcón de mi tío Carlos y mi  tía Carola,  tomando café junto a mi padre  creo recordar que en visita de enfermos.

Explanada
Foto con vida. Vaho en los cristales de la puerta
 del Marisol



En fin. Hace ya muchos años que paseo poco por el interior de Quesada, que me muevo más bien por su periferia. No hago estampas desde dentro pero sí las hago desde fuera, del pueblo visto desde la sierra, desde el campo, desde ángulos raros y desde todas las distancias. Busco perspectivas curiosas, sorprendentes, insólitas. O eso creía yo que eran las que conseguía, porque junto a la revolución digital, llegó el senderismo, el biciclismo y el montañismo. El trasiego y el bullicio son continuos hasta en las veredas más perdidas. Hay gente por todos sitios. Hay gente encaramándose a las más altas peñas, encontrando los más secretos rincones. Gente fotografiando desde lugares inverosímiles. En cualquiera de las aplicaciones que juntan cartografía y fotografía se pueden encontrar por cientos sus frutos. Las perspectivas que yo pensaba raras e incluso extravagantes han quedado en corrientes y demasiado vistas. Hasta en las cosas más propias y reservadas como es el pueblo de uno, he quedado rebasado y al nivel de un vulgar aficionado.

Para consolarme he puesto arriba una postal que he hecho este verano y que aunque es digital no es fotografía sino pintura. Representa una noche de luna llena. No sería capaz de asegurar si representa sólo el recuerdo de una noche concreta o por el contrario es el recuerdo de cualquiera de ellas o incluso, el de todas a la vez las noches de luna llena sobre la Atalaya. Da igual.

Advertencia final: existen postales de Quesada bastante más antiguas y por eso más sorprendentes que esta de la que hablo, pero como no es este lugar para alardes de erudición me remito  a donde sí tienen cabida:
http://historiadequesada.blogspot.com.es/2012/09/album-de-postales-de-tiscar.html


La torre de la iglesia desde la carretera
Quesada vista desde Úbeda




Otra vista de la torre de la iglesia,
desde la Vega
El humo de las chimeneas
 una mañana de diciembre


domingo, 15 de julio de 2012

El cielo se cae sobre nuestras cervezas

Árbol de la calle Mulhacén al final del invierno. Acrílico y óleo sobre lienzo. 50x65. 2012



En la terraza de un bar de la calle Mulhacén, en Granada. Mediodía de domingo en un invierno menguante. El  sol crecerá en unas pocas semanas y será sol de primavera, pero ahora es todavía un crío y se esconde entre las cornisas y por los tejados, cruza la calle a la carrera mirando a cada lado en cada esquina. Cuando el sol sea mayor y fuerte, en verano, no tendrá rival ni enemigo que con él pueda, pero ahora es todavía un niño indefenso y débil y recela de todo y de todos. Son los últimos días del invierno y las yemas del árbol han empezado a parir hojas pero desde aquí, desde la mesa en la terraza del bar, apenas se distingue algún movimiento en las ramas; sólo se alcanza a ver un árbol desnudo en la mañana clara de febrero.



Este invierno ha sido como el otoño. El  año pinta como el pasado e incluso peor. Ando con los de mi cofradía todo el día procesionando  la Gran Vía arriba la Gran Vía abajo. Y tanta caminata,  tanta reivindicación cansa (físicamente). Cansa, es verdad, pero también lo es que toda movilización tiene su recompensa. Y la tiene no porque más tarde o más pronto se alcancen los fines buscados (lamentablemente parece que no van por ahí la cosas ahora) sino porque en su final, la caminata se riega con una cerveza y con una conversación. O con dos o tres o más cervezas y dos o tres o mas conversaciones.



El árbol en febrero
El árbol unas semanas después















Una vez más hoy domingo hemos corrido la Gran Vía y antes de volver a nuestra iglesia, como el día estaba tibio y claro, nos hemos sentado en la terraza del bar que hay en la calle Mulhacén esquina con la mía. El sol infantil que antes decía, se va confiando conforme avanza la mañana y ahora juega y alborota aprendiendo su oficio como todos los cachorros, jugando a deslumbrar y a cegar. Juega a saltar haciendo brillos y destellos, desde las ramas del árbol hasta la farola. Revolotea tropezando torpemente con los cristales de las ventanas. Y mientras juega el sol, del cielo blanco de la mañana de febrero caen gotas de luz que salpican la piel,  la mesa, las aceras, los pasos de cebra... Gotas de sol que juegan picoteando la copa de cerveza y persiguiéndose en el rocío del cristal, en el dorado de la cerveza.



Ha sido este un momento, un rato, feliz en un invierno triste. Hemos hablado de todo, de comida y de sexo, de fotografía y de imprenta, de noticias de lo que ha venido y de temores por lo que vendrá. También, claro,  de la reivindicación.  Con el alcohol y con tanta conversación los brillos y los destellos han aprovechado para hacernos nidos de golondrina en los ojos... Una  mirada que estaba aburrida corre a unirse a los alborotos del sol niño, que se dedica a  molestar con sus gritos a las sombras, a las viejas luces frías de los caracierzos de las calles transversales.  Tropel de voces, algarabía de luces. La humedad heredada de las pasadas escarchas apura sus horas en la penumbra de los rincones. Otra caña. Otro trago amarillo y blanco, amargo y frío. Otra palabra, otro argumento, otra tapa, otra risa, otro comentario, otro chisme, otro trago amarillo y blanco, amargo y frío.


Caña
Cañas












Lo malo de los momentos (felices) es que apenas duran un instante, que son pequeños y que ocupan poco espacio. Por el contrario, su recuerdo es grande, se estira como un chicle y puede alargarse tanto que no tenga fin. Por eso es que la vida es en su mayor parte pasado envuelto en una fina capa de presente. El futuro no está en ella porque es lo que no existe, lo que ni siquiera se sabe si vendrá. Efectivamente, la vida es casi en su totalidad pasado y el pasado  no es otra cosa que la acumulación de antiguos presentes. La vida es como los troncos de los árboles, anillos que se van superponiendo protegidos por la piel, corteza.



Son, estas, reflexiones profundas y de mucho juego (especialmente para alguien que estudió la carrera del pasado) pero ahora me resulta imposible  seguir desarrollándolas porque he vuelto a mandar que llenen. Y hemos vuelto a la luz lánguida de un invierno triste en el que el mundo se está hundiendo mientras nosotros charlamos, bebemos, reivindicamos, discutimos, reímos, amamos… Nos llenan mientras el sol crío sigue jugando a reflejarse en el plástico de la mesa y a molestarnos con sus reflejos. Un aire frío, duendecillo viejo de enero, escapa con pasos nerviosos resguardándose bajo los balcones, muy  pegado a la pared. El cielo es blanco. Mediodía de un domingo de febrero. Estamos en la terraza de un bar de la calle Abul Hasan Ali Ben Saad, Muley Hasan o Muley Hacén, sultán de Granada y sultán de la red geodésica. El solecillo juega, nosotros bebemos, hablamos. Y mientras, el cielo se está cayendo sobre nuestras cervezas.


Cielo blanco
Calle Mulhacén



El sol escondido en las ramas

Farola y ramas desnudas




miércoles, 13 de junio de 2012

Lluvia de lunas (Perseidas lunares)



lluvia de lunas sobre el cerro Vítar y silueta de oliva de sombra. Photoshop, Paint. 65x50. 2012



Se acerca el chubasco. El cielo se dobla y retuerce encima de nosotros. Pronto caerán las primeras lunas, gotas de luz seca empapando la noche, gotas de luna, aguanieve de estrellas.
 


Las lunas son como la Virgen, es una aunque luego cada pueblo tenga la suya. Incluso algunos, si son grandes, tienen dos o más. De ambas.



luna, lucero y chopo
luna y oliva





Cada pueblo tiene su luna predilecta porque hay muchas de ellas donde escoger. Además de las cuatro que hacen  cada una de las fases, hay muchas otras. Las hay tempranas que llegan en plena tarde bastante antes de que lo haga la noche. También tardías y perezosas, que remolonean con descuido sin salir hasta que las sorprende el sol del nuevo día. Hay lunas grandes y gordas, bien cenadas y lustrosas, que casi no pueden levantarse del suelo y arrastran la barriga redonda y dorada por el horizonte. Las hay pequeñas y muy brillantes, que vuelan y saltan con agilidad en lo más alto de la noche. Las hay fugitivas, que escapan con sigilo escabulléndose entre las negruras por el barranco abajo. Y poderosas, que amanecen sentadas en los tejados de sus cortijos desde donde dominan los valles y campiñas que les pertenecen. Hay lunas pescadoras que viven de los peces del mar y las hay labradoras que aran surcos de luz entre las camadas de olivares. Hay lunas forasteras que asoman su melancolía a las cunetas de las carreteras  y las hay familiares, que cada mañana dan los buenos días a las calles que se desperezan. Las hay de invierno y las hay de verano, las hay de todas clases, formas, colores y olores. Hay tantas y tan variadas que cada pueblo tiene la suya de igual manera que tiene la suya cada hora, cada noche, a veces también cada día. Hay muchas y muy distintas aunque, como la Virgen, todas sean una.
 


luna camuflándose en las luces de la noche llena
luna entre las nubes y los pinares de la sierra













Ni dos ni tres veces han sido las que a principios de agosto he querido ver llorar a San Lorenzo. Y siempre con poco éxito, no lo voy a negar, pues apenas he conseguido ver alguna lágrima suelta pero nunca, ni por asomo, esas barraqueras que cuentan que han visto los que saben del cielo. Una vez me invitaron a ver llorar al Santo en una casa de las afueras. Casa bien situada y suficientemente lejana de la civilización lumínica urbana. Me dieron de cenar y de beber y luego una tumbona para tenderme y ver el espectáculo con comodidad. Era una noche de agosto en la que no se movía una hoja y... me quedé dormido. Porque yendo a por estrellas encontré paz  y como me gustó, me quedé con ella.
 


Luna de Benabolá
luna remolona de la mañana













Algunas veces no he tenido ni la oportunidad ni las ganas de salir al campo en las fechas oportunas. En otras también pocas lágrimas encontré aunque ahora no recuerde la razón del fracaso. Pero no siempre ha sido así, alguna vez he rozado el éxito. Hará como un par de veranos la cosa empezó bien. Era el sitio y el momento indicado cuando, de pronto, cayó una lágrima y luego otra. Parecía que se arrancaba por fin a llover. Y cuando ya tocaba con las manos el premio tantas veces buscado, entonces, por detrás del cerro Vítar, asustada no se si por mis pasos o por los pasos nerviosos de los perros, levantó el vuelo una luna menguante que casi de inmediato se escondió en lo más espeso de las siluetas del campo. Fue apenas un suspiro. Sus alas apenas rompieron el silencio durante unos fugaces instantes pero fueron lo bastante. Hubo luz y ya no hubo estrellas. Sólo ese vuelo imprevisto y corto fue el recuerdo de aquella noche. Buscando estrellas me topé con lunas.
 


luna artificial de exterior
luna artificial de interior











lunas artificiales de barra de bar



Me he topado con pocas estrellas fugaces pero con muchas lunas. Las he visto saltar, volar y esconderse y he coleccionado sus luces, las sombras que fabrican sus luces. Es por todo ello que he pintado una lluvia de lunas. Son lunas perseidas  estas porque son lunas de verano. Porque yendo a por lágrimas me encontré con ellas. Son lunas de mi pueblo (cada pueblo tiene la suya y en el caso del mío, varias) Es una tormenta lunar de verano sobre el cerro Vítar.


Son muchas, aunque como las vírgenes todas sean una, pero aunque sean una el que sabe de lunas a cada una por su nombre la conoce.
 

¿Sol o luna?
Silueta de oliva movida por el aire y detrás una luna