lunes, 6 de junio de 2011

El otoño en el chopo de la alberca

El otoño en el chopo de la alberca. Acrílico y óleo. 65x50. 2011



Otoño en el chopo de la alberca tres punto cero. Paint y Photoshop. 65x50.2012


El chopo de la alberca de Lacra


Hoja del chopo de la alberca



El otoño en el chopo de la alberca llega tarde, bien entrado noviembre. Llega tarde y se junta con el invierno de manera que no es raro que las hojas muertas caigan encima de las primeras nieves. Pero lo frecuente es que caigan unas sobre otras en el rincón del jardincillo debajo del chopo.  En la humedad de la umbría las hojas se amontonan y se van deshaciendo. El  chopo viejo lo podaron a media altura porque cada vez tenía más ramas secas que se empezaban a desmoronar. Aunque no ha vuelto a ser lo que fue rejuveneció y sigue siendo el que manda en su rincón. Todavía sobresale a cualquier vecino. 

Hojas en la nieve



Otras hojas caen dentro de la alberca y se amontonan flotando. Según que haya mucha o poca, el agua refleja el cielo o refleja el fondo verdoso. En cualquiera de esos dos reflejos nadan las hojas que no encontraron el camino de tierra firme: renegridas las que murieron hace mucho, rojas y ocres las siguientes, amarillas y naranjas las recién caídas, algunas verdes, de un verde suave y apagado que desentona del resto de las náufragas.  

El otoño de las aceitunas es morado brillante, azul casi negro, granate profundo. Los vientos de octubre han tirado algunas que manchan los suelos entremezclándose con piedras, hierbas  y algunos musgos alimentados por los rocíos y las escarchas. El otoño  llega con el humo de las lumbres de las primeras cuadrillas trabajando en los olivares.  

Hojas en la alberca
El chopo viejo asomándose a la alberca













Aceitunas acabando noviembre
Desde la alberca, por debajo del chopo viejo se ve Larva. Se ven olivares que bajan hasta el Guadiana Menor, retorcido en lo hondo de su llano, protegido por paredones rojizos y oxidados, por ramblas de sal, por barrancos pardos, verdosos. Algunas nubes se enredan en Sierra Mágina mientras los aviones no paran de pintar rayas de tiza en el cielo. Es grande el horizonte, muy grande. Pero lo es más el chopo viejo. A pesar de estar cortado, manco, mutilado. Y no es casualidad que entre sus ramas y sus brillos dorados de otoño haga un hueco al Mulhacén y a las nieves, a los picos y  laderas de su corte. Son dos vértices de primer orden de la red geodésica vital. De la mía.

El Mulhacén desde la alberca de Lacra

Nota aclaratoria final: Esta cosa empezó en la fecha que tiene. Pero se fue prolongando con sucesivas versiones, tal como se ve por la última, que es de este año 2012.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El sol desaparece sobre Baeza

Puesta de sol en Baeza. Óleo sobre lienzo. 55x46. 2001

Puesta de sol en Baeza. Excel, Paint, Photoshop. 2011





Recuerdo que hace ya demasiados años era costumbre en las tardes de verano subir al bar del Mirador para ver la puesta de sol. El espectáculo era, sigue siendo, bastante espectacular como suele ocurrir en casi cualquier sitio donde haya un horizonte a poniente y un sol muriendo. En esas tardes bochornosas las calimas brillan con tonos violentos y calientes. La luz redonda y enorme del sol tiembla rompiendo la geometría perfecta de su figura.  Mientras la temperatura de la luz elimina los matices y deja sólo la pura idea de fuego apagándose.



Entonces, en aquellos años,  las sillas y las mesas eran de esas de tijera, de madera, creo recordar que pintadas en verde. Los botellines de cerveza de aquellos chatos del Alcázar con el Castillo de Jaén serigrafiado en blanco. La tapa, garbanzos tostados o cosas parecidas, antípodas de cualquier sofisticación o exceso actual. Nada mas irse el sol empezaba a oscurecer y desde el río subían olores de huerta recién regada, de tamo y paja trillada. Por la carretera aquella tan modesta de entonces  subían por pares los faros de los coches que llegaban al pueblo, de los "lanrover" que volvían del campo. Por la parte de la Sierra apenas luces o ninguna, a veces un punto lejano y tenue de alguien bajando del Chorro. Desde el interior del bar se escapaba  el sonido metálico y chillón de Radio Jaén, del cante y de la copla.



No recuerdo si el sol se ponía exactamente encima de Baeza (imagino que no). Pero el resplandor del cielo descansaba sobre el perfil oscuro y casi horizontal de la Loma. En un extremo la silueta negra de la catedral de Baeza conquistaba la escena a pesar de su pequeñez. En mi recuerdo (imagino que recreado), el sol siempre desaparecía guiándose por la flecha de la torre.


Baeza desde Toaires
Hace muchísimos años que no subo por allí al caer la tarde en verano. No he subido por muchas razones entre las que no es la menor que ahora las tardes son muchísimo más calurosas o eso me parece a mí. Hoy en día a esas horas el ambiente es sofocante. Mi cuñado Salva dice que se debe a que ya no riegan las calles al atardecer. Yo creo que también influye el riego del campo y de las huertas que se hace por goteo y no a manta como entonces. Este es desde luego un debate que merecería tiempo y abundancia de opiniones y que, por supuesto, requeriría que llenaran bastantes veces.



Aunque la Loma, la catedral y el sol siguen en su sitio yo no he vuelto por allí . Desde el mirador nuevo que han hecho en la carretera de Huesa, encima de Toaires, la vista es parecida. No es necesario volver a los escenarios de juventud. 



En el 2001 pinté una primera versión de este ocaso resaltando la silueta de la torre y también las casas de Baeza, Úbeda y Torreperogil y además, la luna levantándose en el otro plato de la balanza. Hace un par de semanas hice una  segunda versión, ya muy moderna y digital, donde el dibujo no es más que lo que rodea y acompaña al sol y a la catedral de Baeza. Será melancolía o como dice mi prima Rosi, la búsqueda irreflexiva de lo que sabemos que ya no encontraremos nunca: el pasado.

sábado, 14 de mayo de 2011

Iconografía de la Virgen de Tíscar


Virgen de Tíscar. Cera y óleo sobre papel. 65x50. 1990


Cuando un primo mío armado de caña y cigala decía aquello de “Dios no existe pero la Virgen de Tíscar sí”, estaba expresando una verdad fácilmente contrastable al menos por lo que toca a la Virgen. Y es que se la puede ver en cualquiera de sus numerosas procesiones, en Tíscar y en Quesada. Se la puede ver también en las miles de estampas, fotografías enmarcadas, grabados más o menos antiguos, medallas, estadales y recuerdos de quincalla: navajas, mecheros, dedales, cajas metálicas de plástico que sirven para nada y cosas por el estilo. Lo de Dios es por el contrario bastante opinable y ahí no entro.
Principios s. XX

La imagen más difundida en estas representaciones es un fotomontaje con la Virgen en el cielo y abajo una vista de Tíscar, la clásica, desde la carretera por encima del Vadillo. Es una Virgen voladora que a los habituados no nos sorprende pero que a los neófitos quizás si. 

No siempre ha sido esta la norma. En los grabados antiguos y en las primeras fotografías la Virgen no volaba y apenas se acompañaba de algún ángel. Fue tras la Guerra cuando, después de un primer momento de indefinición en el que la Virgen Nueva intentó imitar a la Antigua, adquiere  personalidad propia y comienza a volar. Pongo aquí algunas reproducciones que reconstruyen la historia. Podemos apreciar como en los tiempos modernos los iconos han vuelto a la estampa clásica, sin vuelos,  abandonando esa muy  antigua tradición de casi cincuenta años. Eso sí, ahora se añade a la estampa, como detalle moderno y rompedor, un giro de cuarto de perfil.
Años 40
50, 60 y 70


La cosa de las tradiciones tiene estas paradojas. Que a pesar de ser modernas lloramos su desaparición como si fueran, que lo son, ejemplo y muestra del pasado que se nos va. Hace ya un tiempo, en la Lonja y el día de la Traída, con la Virgen encabezando al público extasiado, se entretuvieron en quemar un bonito castillo de fuegos artificiales amenizado con fondo musical de 2001(Sí lo de Odisea en el espacio). Faltó que apareciera un ovni con don S. Kubrick a los mandos para completar tan pío espectáculo. Pues seguro que si como temo se han venido repitiendo estos años parecidas escenas, se habrá constituido finalmente en costumbre antigua hasta el punto que en ese día, esperemos próximo, en el cual felizmente se suprima, llorarán por las esquinas y en la revista de las ferias los inevitables defensores de las nuevas costumbres y tradiciones locales de toda la vida.
Tiempos modernos


La Virgen que encabeza la pinté en 1990 en el mes de enero. En plena ola de frío, cuando vivía en Agustina de Aragón en una casa perfectamente climatizada y con una magnífica calefacción en verano y aire acondicionado en invierno. La Virgen la copié de un grabado antiguo, 1904, que no recuerdo de donde saqué ni donde está. Es uno de esos grabados de la Virgen un poco infantiles e ingenuos que han sobrevivido en cortijos y  rincones perdidos. A cera y a lápiz le añadí el Santuario tal como era moda hasta esos años noventa y también le puse un par de ángeles, chico y grande. Para darle más vuelo a la estampa, claro.

Cabecera de un folio de la Posguerra


Completo el estudio iconográfico, mediante el que acredito suficientemente mis conocimientos de Historia del Arte, con un retrato de la Posguerra en el que observamos una Virgen “comentada”. Y también adjunto  la fotografía de uno de esos grabados perdidos en lugares olvidados de los que hablaba antes. Está bién acompañado: cartones de ducados, botellín del Alcázar, banderines de fino Quinta, botellería de anís, "coñada" y güisqui nacional, servilletas enrolladas en un vaso de caña de cerveza… Obsérvese abajo a la derecha un cartel (puro marketing de vanguardia en aquella época y lugar) anunciando ricas raciones de queso. Por cosas del encuadre (la fotografía no era digital y se disparaba sólo una vez) nos quedamos sin saber el precio de tan acreditado plato.


Bar de la esquina de la Plaza. Noche de la Fiesta de Tíscar. 1987

miércoles, 11 de mayo de 2011

Valle del Genal en otoño


Valle del Genal en otoño. Acrílico y óleo sobre lienzo. 61x50. 2008

La cosa del otoño. El que no sabe es como el que no ve. Tantas veces se pasa cerca de un lugar, de una persona, de una cosa sorprendente, interesante, o agradable y que por desconocimiento no vemos, que si nos obsesionáramos en evitarlo, además de no lograrlo nos agobiaríamos. A la vuelta de una esquina, detrás de una sierra, tras una expresión dura, seca o anodina se esconde la persona, la cosa que sólo un  instante inesperado, una situación azarosa o un conocimiento fortuito revelará.  Y eso puede suceder más veces que días tenemos. La sorpresa, si la buscáramos, terminaría siendo rutina.

Viene todo esto a cuento de que a muy pocos kilómetros de los sofisticados excesos, las apátridas costumbres y las ostentaciones a menudo horteras de la Costa, hay pueblos con teleclub de los tiempos de Licinio de la Fuente. Pueblos con gente  del campo, que tienen iglesias con santos de escayola pintada y lanrover moviéndose por las calles con las ruedas perdidas de barro. Y que tienen además castaños, mas castaños en el rincón de cualquier barranco que los que se ven en una comarca entera de otras partes.

Y en las semanas apropiadas de cada otoño según el tiempo, el calor y el frío, los castaños se ponen de ocasión con hojas doradas, amarillas y ocres. Millones de hojas que agonizan. Tantas que saturan el paisaje, lo convierten en irreal, fabricado artificialmente, pintado sin reparar en gasto y color.

Entre los castaños de las laderas hay manchas de encinas, de olivos, de verdes oscuros y apagados, de hierbas pardas, de matorrales rojos.  Por encima de todo esto, tremendos peñones calizos y pinos grandes y viejos en la Serranía. Y en medio de tanto color, más color aun en los nombres de los pueblos, que en esta excursión de noviembre de 2008 fueron Igualeja y Pujerra, viéndose al otro lado del barranco Cartajima, Parauta y seguramente algún otro que mi mala cabeza no dejó recuerdo…

lunes, 2 de mayo de 2011

Ribera del Benabola


Río Benabola. Óleo sobre lienzo. 73x60. 2011


El río Benabola es casi siempre un regato medio seco. Cuando llueve lo hace con mucha intensidad de manera que su cauce se vuelve torrencial. Los patos, galápagos, ranas, alguna garcilla y demás vecinos salen a disfrutarlo las pocas veces que, entre un exceso y otro, está tranquilo. Se tumban al sol encima de alguna piedra, nadan, corretean, buscan que comer.  En las orillas y en el pequeño descampado hay mimosas, plátanos de sombra, acebuches, cañas, algún pino y muchas hierbas y zarzales. También una planta que no se como se llama y que es una rara mezcla de palma y de higuera (con el tiempo supe que se llama ricino).

La ribera va cambiando con las meses.  Lo hace más por las mudanzas de luz de las estaciones que por las propias de las plantas que más o menos, siempre están igual. Todo el año hay amarillos, ocres, verdes claros, oscuros, brillantes y mates, verdes azulados, verdes plomo, verdes negros, ordenados caóticamente, entremezclados. Lo que va cambiando es la luz.



No es que sea especialmente bonito el Benabola ni más llamativo que otros muchos arroyos, barrancos o ríos,  pero está frente a mi terraza. Lo veo cuando salgo a regar las macetas, cuando salgo a mirar si llueve o si relampaguea, hace sol, calor o frío. En las noches de verano cenamos a la vista de nuestra selva doméstica de enfrente. Cuando no pasan coches el croar de las ranas se impone al silencio de la noche. En invierno, en el no invierno de aquí, las orillas se saturan de colores nuevos, húmedos y brillantes. Por las mañanas, al  amanecer, el sol se abre paso entre las ramas y deslumbra a las gotas de rocío. Por las tardes, al anochecer, la luna nace por la misma parte que lo hizo el sol y hace juegos de luz y sombra con los troncos y las hojas.



De tanto mirar al río y de tan continuo verlo me es ya familiar, de la casa. Por eso lo he pintado. No he pintado el agua pero he pintado las plantas de la ribera. Seguramente que esta no sea más y sí sea bastante menos que otras riberas famosas, pero es la que hay enfrente de mi terraza. Y aunque tampoco produzca vinos de especial calidad sí se los encuentra de muchos y variados tipos, de todos los precios, colores y sabores. Solo es cuestión de comprarlos.

Pongo aquí alguna foto del río, de la ribera, de los vecinos y de la luna. El vino ya lo he dicho: en el supermercado frontero.


lunes, 25 de abril de 2011

Grillo cojo




Grillo cojo en los dompedros. Cera y óleo sobre papel. 65x50. 1990


Una tarde de verano andaba yo con mi Pentax recién estrenada haciendo fotos. En aquellos veranos Lacra se llenaba de dompedros. Tan prolíficos que casi no dejaban crecer otras plantas. Andaba yo haciéndoles fotos “experimentales y artísticas”, comprobando si estaban cerrados de día y abiertos de noche, si se estaban realmente cuidando de que no los cortara quien los cortaría, cuando vi un grillo. Era un grillo cojo. Resultaba conmovedor verlo aferrarse a las ramas y pasar de una a otra con alguna dificultad. Pero no resultaba triste.

Le hice una foto  y de la foto nació la pintura (que por cierto, ya me doy perfecta cuenta de que el aceite del óleo manchó el papel blanco. Entonces no se notaba y en esas edades no piensa uno en como van a quedar las cosas veinte años después.) No conservo o no encuentro las fotos de aquella tarde.

Pero pintarlo fue sólo una excusa para buscarle compañía a lo que le escribí al grillo que andaba cojeando por los dompedros:

Un grillo cojo en los dompedros,
un grillo disminuido asomado al vacío.
Un grillo aferrado a unas hojas
y debajo,
desenfocados,
insondables abismos
nada espectaculares, cotidianos.

Un grillo cojo.
Un grillo verde.
Un grillo rojo,
disminuido,
tullido,
impedido,
perdido.

Un grillo rojo cojo,
atacado,
acosado,
nunca derrotado.
Un grillo.
Cojo.

Es un grillo que no manda,
ni con el calor  ni con el frío progresa.
Un grillo sin triunfo.
Acapara dolor y ánimo en sus entrañas.
Todos los que están lo quieren hacer leña.

Es un grillo cojo.
Pero que anda.


Granada, noviembre del 90.

miércoles, 20 de abril de 2011

La cafetería del TALGO

Atardecer desde el tren. Óleo sobre lienzo. 61x50. 2002



Los viajes en tren Madrid-Granada tenían el inconveniente de la duración, más de seis horas, pero también tenían sus cosas buenas. Como el poder levantarse, estirar las piernas, tomar un café y fumar un ducados tras otro. Ya lo he contado antes. Mientras viajaba, corría por las ventanillas el paisaje y las  ruedas metálicas golpeaban rítmicamente sobre los raíles. Poco antes de llegar a Linares-Baeza me levantaba para hacer un descanso un tomar algo. En Linares-Baeza cambiaban la locomotora eléctrica por otra de gasoil, más apropiada a la montaraz vía de la parte final del trayecto.


El TALGO en Larva desde la 
alberca de lacra   
Según la época del año cambiaba la luz de la tarde. En cada viaje anochecía en un sitio distinto. Los días de invierno apenas pasado Aranjuez. Los días de verano cerca de Larva, entre los espartizales  y los pinares  extraviados en barrancos resecos, desnudos, salpicados de sal. Me atraía el tren y sin necesidad de ir yo dentro. Muchas tardes, en el cortijo de Lacra, con  calor y avispas, subía a la alberca vieja para verlo pasar a lo lejos, al otro lado del Guadiana Menor. La cámara digital de la que disponía por aquel entonces no tenía teleobjetivo y por eso una vez se me ocurrió sustituirlo por el siguiente método chapucero: coloqué los prismáticos de mi padre delante del objetivo aguantándolos con una mano mientras con la otra sujetaba la cámara y disparaba. Salió alguna foto de milagro, mala y borrosa y con unos inoportunos cables de tendido eléctrico por medio. Pero aunque mala tiene la luz y el color de esas tardes de verano perdiéndose el sol tras Sierra Mágina. Y además conseguí  que el TALGO se viera, o intuyera, como una raya brillante, fugaz estrella de la tarde de agosto. Una raya renqueante que se arrastraba por las cuestas  retorciéndose en las curvas de la vieja y bastante abandonada vía.



El campo, la cafetería y yo.
Fuera de los extremos de invierno y verano, lo normal era que el café  en la cafetería del tren entre Madrid y Granada coincidiera con el atardecer. De pie, me apoyaba en la barra auxiliar pegada a la ventana, fumaba, removía el café y miraba abstraído como el campo manchego, cerca ya de Sierra Morena, pasaba veloz y corría en dirección contraria. Moría el sol y las sombras se alargaban subrayando con un trazo largo los pocos árboles, olivos y encinas, del paisaje. Los montes se diluían en el horizonte. Si era otoño las hojas de las viñas formaban  un bosque infinito y bajo que se deshacía en rojos y dorados. Si era en primavera,  los trigos ya adultos pero aún  brillantes y húmedos, se alternaban con viñas recién brotadas,  salpicadas de verdes recién paridos.


Intenté algunas veces fotografiar estas cosas de las que hablo pero los reflejos del cristal impedían el empeño. Alguna foto de las que hice quedó graciosa,  como aquella de los prismáticos, pues al mismo tiempo que el reflejo la arruinaba me acreditaba como su autor en una especie de autorretrato involuntario.


De estas tardes de tren regresando a Granada, de su recuerdo  durante el resto de la semana, surgió la idea que traigo hoy. Como ya era normal en aquella época, la trabajé primero con Paint y luego la estudié y probé hasta conseguir la versión que finalmente  llevé al lienzo. Creo que no quedó mal.


domingo, 10 de abril de 2011

La Concha


Concha. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x54. 2010.
Vidriera de la Concha
Pintar algo de Marbella y pintar la Concha no es muy original. Es como ser de Quesada y pintar una Virgen de Tíscar (que también lo he hecho) Digamos que es una obviedad tal, que la haces y la Posteridad inmediatamente te borra de su lista y se olvida de ti. Evidentemente para siempre jamás. Es tan poco original que hasta en un restaurante obsoleto y destartalado cerca de casa le tienen hecha una vidriera. Paseando a los perros por su trasera, entre mierda y mierda, le hice una foto con el móvil. Aquí la pongo.

Pero a pesar de todo lo dicho, lo cierto es que desde que empecé a tener una relación más cercana con Marbella, siempre la tengo delante: Paseando por la playa, en la terraza, en el Lago de las Tortugas, de día y de noche, al ir y al volver. Igual que la Virgen de Tiscar en Quesada pero sin cofradía.










Se ve desde todas partes y eso es porque desde arriba se ven todas esas partes. No lo he visto pero me lo han contado y lo he visto en fotografías ajenas. A pesar de mi interés por subir creo que hay un paso delicado en la senda y como tengo un  poco de vértigo  me da miedo. He tenido pesadillas tremendas de que se me caían los perros por el despeñadero. Como si puestos a imaginar no fuera cien veces más fácil que rodaramos mi barriga y yo.










Aunque a la Concha no, al pico Juanar sí he subido y como las vistas deben ser relativamente parecidas, traigo aquí un par de ellas.
La Concha desde la Cruz de Juanar
El Mulhacén y el Veleta desde
la Cruz de Juanar



Esta imagen de la Concha que cuelgo hoy es de la cara suroeste. Cuando caen la tarde y el sol, se descubre una composición de formas piramidales, unas de luz y otras de sombra, que se agrupan en pirámides de superior nivel hasta formar la gran pirámide que es la Concha. Una compleja estructura aunque parezca una sencilla montaña a la que apenas se mira.

N.B. 3 años después, sí conseguí, por fin, llegar a la Concha





jueves, 7 de abril de 2011

El Estrecho


Atardecer en el Estrecho. Óleo y acrílico sobre lienzo. 2009. 55x46.


Las pocas cuantas veces que he cruzado el Estrecho ha sido en invierno y de noche. En una de esas ocasiones había tan mala mar y dentro del barco era tan insoportable el ambiente por el olor a vomitonas recocido en la calefacción, que hice el viaje fuera, en cubierta. Fuera a pesar del viento, de la lluvia, de la oscuridad que salpicaba espuma por todos lados en una noche absolutamente negra. De manera que la imagen que guardo del interior del Estrecho, sin necesidad de añadir imaginación,  es la de mar tenebroso, el fin del mundo que marcó Hércules con sus columnas para que nadie tuviera duda de que más adelante, ni se podía ni debía pasar.



Monte de Muza
Desde fuera del propio Estrecho, desde fuera de sus aguas, las ocasiones han tenido más luz y menos mareo. No procede aquí glosar la cosa del cruce de civilizaciones, de los abismos culturales y de las migraciones de pájaros y personas. Y no lo haré, claro. Porque lo que me atrae de este Bósforo rural antípoda de aquel urbano, es el trasiego interminable de barcos de todos los tamaños y pelajes: petroleros, submarinos y portaviones, cargueros, ferris y pesqueros ordenados en fila, guardando su derecha en la angosta travesía. Me atrae la orilla vista desde la otra y aquella desde esta, las Columnas avisando de los abismos, el monte de Tarik y el monte de Muza, Ceuta y Gibraltar intercambiados...
Tánger
Ceuta











Desde aquí (también desde allí) se ven tan claramente las casas, las piedras, los lugares del contrario, que imagino que en las varias guerras pasadas, en la de ODonnell marchando contra Tetuán o en  la del Protectorado, se podrían distinguir ´desde los miradores de aquí las batallas y las explosiones. Podrían distinguir las luchas aquellos  que no cruzaban y se quedaban tras la barrera. Como podrían distinguirlas desde los barcos, cruzando, los soldados de S.M. Los que volvieron y los que a la fuerza para siempre se quedaron.

Columnas de Hércules
Punta Europa y costa de Marruecos
desde Nueva Andalucía











Varias calles de Quesada tenían o tienen, no se ya, nombre de muertos locales en Marruecos. Ignoro, claro, si alguno de ellos cruzó por aquí. Si así fuera, el o los difuntos ilustres, con calle a su pesar, estarían recién salidos del pueblo del que jamás habían salido. Pobres y con hambre, seguramente mareados, verían el humo de las bombas desde el mareo de la travesía y  las vomitonas. Pobre gente cruzando a la tierra de gente pobre y con hambre para morir sin saber porqué. El problema que tienen los muertos al servicio de S.M. es que no se pueden cagar en los de S.M. porque ellos ya lo están y los muertos no cagan. Y los demás nunca nos hemos preocupado de hacerlo en su nombre.



Retomo el hilo que me voy. A levante de Gibraltar siempre hay muchos barcos como aparcados. Desconozco la razón. Imagino que lo hacen por ahorrar las tasas de puerto o algo así de poco recorrido poético (aunque sí paisajístico). La vista que traigo hoy es un atardecer en el Estrecho con el sol arrastrándose por el agua y las bandas de niebla a media altura cruzando de un mar al otro. No recuerdo bien desde donde la vi. Puede que desde la carretera de Ronda a través del tele de la cámara. O puede que la imaginara juntando jirones de memoria, de varios momentos y de varios miradores. No lo se. Pero me da igual. Porque vista, soñada o imaginada la imagen es real y se la dedico a mis paisanos difuntos que murieron en guerras absurdas defendiendo a S.M. y a los que pagaron con la placa de una calle. Las placas de las calles, que se sepa, nunca quitaron hambre.



martes, 5 de abril de 2011

La Telefónica desde Vázquez de Mella

Plaza de Váquez de Mella. Óleo. 65x50. 2002


Muchos sábados bajábamos en el autobús 27 hasta Cibeles. Dábamos un paseo haciendo hora para la cena y recalábamos en el bar XXX, en la calle Clavel, para tomar una o dos cervezas. Ese sitio me gustaba porque tenía mesas en los ventanales y se podía ver pasar  a la gente, a los guiris con una guía  en la mano buscando donde cenar paella, a los taxistas encabronados con los coches aparcados en doble fila que complicaban el tráfico, cosas así. Se podía disfrutar tranquilamente del transcurrir de la vida sin levantarse de la silla. Una afición a la que los antiguos sin televisión eran grandes aficionados, especialmente las tardes y noches de verano en los pueblos.

Desde allí, camino del restaurante, había que cruzar la Plaza de Vázquez de Mella como se llamaba entonces, hoy de Pedro Zerolo. No tenía ni tiene mucho de especial pues por más que la remocen y hagan hoteles caros, no pierde el aspecto de solar sin edificar, que es lo que fue, donde cada fachada  es de su padre y de su madre, casas pensadas para calles estrechas en las que nunca  se las va a ver juntas y de frente.

Pero lo bueno es que por una esquina se asomaba la Telefónica, edifico que siempre me atrajo y más en aquel año en el que descubrí las andanzas de Arturo Barea durante la Guerra, cuando ese primer rascacielos  se llenó de reporteros como los que vemos ahora en los telediarios y convertido en observatorio, continuamente bombardeado por los rebeldes desde la Casa de Campo.  

Por la noche el reflejo de la luz de la calle, el reloj iluminado en rojo y las balizas aéreas del remate, le dan un toque de torre de catedral tecnológica y laica siglo XX. Su vista desde esta plaza tiene  la gracia de ser una perspectiva de costado, casi de espaldas, distinta a las habituales. Por eso y por otros muchos recuerdos, me gusta.






domingo, 3 de abril de 2011

Montes con almendros



Montes con almendros. Oleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2011.

A finales de noviembre, camino de Marbella y al pasar Casabermeja, donde la autovía entra enroscándose con el río  en el barranco del Guadalmedina, me dí cuenta de que por allí ya estaban en flor los almendros. Blancos y rosas alternándose por los paredones de los montes. Las muchas lluvias del invierno habían convertido el paisaje, de natural reseco, en otro húmedo y verde. Enseguida me di cuenta de que tenía que hacer algo con eso. El tráfico y la falta de apartaderos me impidieron parar y hacer unas fotos con las que fijar el recuerdo.

Cuando llegué, a falta de imagen apunté las palabras que me pudieran ayudar más tarde a recordar: Pino, encina, algarrobo. Rojo, ocre, tierra húmeda. Hierba mojada, flores blancas y flores rosadas. Cielo blanco, azul claro muy difuminado manchado en alguna parte de gris.

Por esas web busqué  fotos de la zona pero todas eran de verano o de primavera, muy verdes pero sin almendros en flor o muy áridas, amarillas con apenas alguna hoja con algo de verde.Y estaban tomadas desde lugares altos, sin esa hondura que se ve junto al río, desde la autovía agobiada por paredones de tierra  que impiden cualquier horizonte excepto el vertical. De manera que tuve que hacer las cosas como antes, con un lápiz y un papel (que no conservo). Luego a Paint para los sucesivos borradores. Aquí pongo alguno. El resultado, el que veis arriba.